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  • Diario Digital | martes, 19 de octubre de 2021
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CUENTO

KISKITA - Un día en la vida de la Perla del Valle

KISKITA - Un día en la vida de la Perla del Valle

Todos los días la Perla del Valle despierta comprometida para conquistar una vida más llevadera, plena de optimismo, y vibra enternecida. Es el valle de la ternura en territorio boliviano. Nace el alba y los animosos gallos le saludan tiernos y blandos. Los lugareños que no pierden nunca su buen humor, afirman: Qué bonito canta el gallo pero más bonito canto yo, porque cuando canta el gallo yo ya canté. Nace el sol exhibiendo un panorama geográfico de belleza transido de bondad. Se vive un estado de gracia. Resplandores que vibran en sonidos trémulos. Un tajamar vigilante que contempla el cielo diáfano que rodea a la Perla del Valle. Se ha dicho que Dios ha creado Punata para distraer su eternidad.  

Los sonidos urbanos despertaron al Enano Abrelatas que tiene sueño pesado. Llegaba compacto Crucito a la Plaza principal, como un príncipe del Medioevo, cargado en una carretilla timoneada por su mujer, la hermosa Churkutoro. Desde su casa de las afueras del pueblo transportaba aquella humanidad inválida de piernas, para depositarla en el centro de la Plaza. Crucito tenía su lugar de sacrificio donde se ganaba la vida de profesional lustrabotas y la Churkutoro tenía la obligación al amanecer de trasladar a su consorte a la Plaza y al atardecer de retorno a su hogar. Dormían juntos y no tenían hijos. Usaba Crucito para defenderse del sol una Cachucha, especie de gorra con visera dura que tenía una parte cilíndrica de poca altura, y sobre ella otra más ancha y plana. Y siempre llevaba consigo un paraguas tamaño familiar que le servía para las lluvias de fin de año.

Chola apetecible, Churkutoro era guapa, de generosas tetas y excelente trasero, como ejemplar chola oriunda del valle, educada desde siempre por la cultura del maíz. Crucito satisfecho con su destino de inválido. Nunca quiso que se lo llamara discapacitado. El hombre en su mundo nunca ha sido discapacitado, afirmaba. Rostro agraciado y bien engalanada su compañera usaba las mejores polleras y mantas; los faluchos de oro más seductores y caros colgaban de sus orejas. Por higiene nunca usó la ropa usada y barata de la ayuda americana: con olores imperceptibles de gringos y gringas inmolados por enfermedades secretas. Las mujeres del valle atormentadas por la envidia colosal tipificada por el español Miguel de Unamuno, estimaban que tuvo suerte Churkutoro de haber cogido al ex combatiente de guerra, donde perdió sus piernas ametrallado por los paraguayos de Boquerón. Valluna inteligente y ejecutiva, llevaba minuciosamente la contabilidad de las labores de Crucito y le proveía de vestimenta sobria y comida tradicional de primera, especialmente laguas de maíz, chakes de trigo y habas pejtu. Gracias a Dios Todopoderoso tenía bien ganado su salario del día dando brillo a los zapatos de la gente decente.

El Enano Abrelatas que dormía en el quiosco abandonado, estaba pendiente de las noticias que le llegarían del exterior. Gnomo, medio hombre, al caminar oscilaba de forma compasada con un movimiento de vaivén, era analfabeto funcional pero de entendimiento despierto, un actor potencial en papeles dramáticos de pequeños seres atormentados. Activo Piki Chaki, ya tenía su trayectoria realizada en giras de circos ambulantes, tentando suerte de ser contratado por el magnate enano de USA, Tyrion Lannister, y actuar en el cine y la TV universales. Quería unir su vida futura, favorable o adversa, a Tyrion que había sufrido los peores acontecimientos, se había casado con una prostituta que fue violada delante de él por los policías de Manhattan que la arrestaron. Culto y hedonista, el enano Tyrion Lannister era el protector de infelices disminuidos. Tiempo oscuro aquel en que se estimaba al enano un ser castigado por Dios para recordarle su humanidad física.

El pigmeo de la Perla del Valle era la antítesis del gigante Manuel Camacho de Jaywayku de Cochabamba que medía 2.40. El voluntarioso Enano se ganaba la vida haciendo mandados de comerciantes y tenderos, especialmente turcos, judíos , croatas y peruanos.

La Plaza embellecida por plantas y flores ya se hallaba animada. Cerca a la hora 11 era celebrada la aparición de aquella chola tímidamente vanidosa, apodada Kiskita, en las puertas abiertas de la Iglesia, amiga íntima de la rubia apodada “la Lidia Gueiler”, chotachola de Sunchupanpa. Esperaba Kiskita los acontecimientos del día vestida elegantemente con pollera oscura y blusa blanca. Usaba trenzas largas y cubría su cabeza un fino velo bendito que usaban las señoras gordas de las tradicionales cofradías religiosas. Según las circunstancias utilizaba porciones de mistura que secretamente llevaba en el sobaco, al lado de su monedero. En la Iglesia rezaba con unción, incitaba su alma a la virtud y perfección. Le agradaba el instante en que el padre de la Iglesia paladeaba su clarete y limpiaba el vaso de cristal que había utilizado con extrema delicadeza, en lo íntimo reclamando el “repete”, como decía en su lenguaje vernacular el escritor kuchupunateño Jesús Lara y Lara.

A la salida de la Iglesia en pleno mediodía, cuando el sol picaba con sus rayos infernales, Kiskita hambrienta y sedienta ya estaba formando cola en las huestes de creyentes que acompañaban el rito pagano de la Misa a la Mesa, para participar del conjunto de reglas establecidas. La Perla del Valle nunca fue una ciudad en decadencia víctima del judaísmo que crucificó a Jesús. En aquella ceremonia, como de costumbre, Kiskita había degustado de su plato favorito: el picante cusqueño convertido en plato típico punateño. Los sendos vasos del prodigioso vino de maíz bebidos por la libre, acababan con la formidable resistencia de las creyentes y solícitas amistades y de Kiskita.

Si bien Kiskita era la primera en llegar a la celebración de la Misa a la Mesa, también era la última en marcharse. Noche cerrada, era un espectáculo verla Chancachanca y con Muyumuyu en la Calle Ancha diciendo desatinos, su macaneo agresivo de falsedades como en cualquier ordinario Takipayanaku de la que ningún vecino decente se libraba. Su apócrifo repertorio no se agotaba nunca, eran los censurados anales históricos del pueblo. Tenía grandes recursos porque era chola sabelotodo, como “la Lidia Gueiler” de Sunchupanpa. Denunciaba: Fulano de tal es un nuevo-rico, durante la guerra del Chaco los capitanes y coroneles le llenaron sus alforjas de dineros mal habidos; las chotas fulana y zutana que pasan de honorables señoras satisfechas tuvieron hijos para una colección de vecinos notables llevados por instintos pecaminosos hasta decir basta, sus hijos acusan testimonio de varios apellidos; hijas de cholas Khachiuyas, empleadas domésticas, Lampachakis, generalmente de baja condición social, usan apellidos de sus patrones, y ellas astutas y ambiciosas Gustus doctorniyoj. Etcétera, etcétera.

Un día en la Perla del Valle era la eternidad que encierra los tiempos.

Las magníficas que no habían tenido acceso a la judicatura de “doctores”, habían desembocado en una espiral volante de adulterios “eclesiásticos”. Vertiginoso caudal de amancebamiento. Tener dos o tres amantes no estaba mal visto, dependía de los bolsillos del patrón. Desde siempre el clero alto y bajo se hallaba sexualmente predispuesto a mostrarse accesible al proceso de alumbramiento liberal. En la Perla del Valle no existía el Santo Oficio de la Inquisición. La cholada engolosinada permitía la cohabitación ilícita de los sacerdotes con el nombre de Contubernio, alianza vituperable, cuyo origen había sido dado en Roma. Los clérigos tuvieron batallones de hijos naturales desde la época del indio Waman Poma de Ayala, autor de Nueva Crónica y Buen Gobierno e ilustrador que inmortalizó la imagen de las grandes pasiones del alma humana: una inmensa canasta de mimbre repleta de hijos procreados por frailes. No ignoraba Kiskita a los curas de apellidos tradicionales que se habían dado un formidable hartazgo de hembras nativas y sus consecuencias habidas los hijos naturales a quienes calificaban de “mis sobrinos” o “mis ahijados”. La teología del deseo in fraganti. Los mestizos Kowi peloraska uya, nacidos con pelos de conejo en el rostro de moros proliferaron como cobayos silvestres, sin control. Los distinguidos sacerdotes criollos precursores del mestizaje, según Kiskita, habían sido los Jiménez, Quiroga, Urquidi, Claros, Ardaya, Delgranado, Anaya, Ferrufino, Rosales, Capriles y pare de contar. Aquella comunicación erótica indo-hispana, fue entendida como deseada históricamente y a la vez prohibida moralmente. El celibato no era más que el amor libre en la soltería sacerdotal. En los tres votos religiosos: Pobreza, Obediencia y Castidad, el voto tres fue siempre el conflictivo, difícil de resolver o entender.

Conoció Kiskita la vida y milagros del último santo padre de la diócesis que dejó de existir –a quién le sobraba el superávit del dinero acumulado en la catedral metropolitana de Cochabamba- y antes de marcharse a la diestra del Señor, hizo inversiones justas y correctas: dejó a cada uno de sus “sobrinos” legítimos, una casa solariega en los mejores barrios aristocráticos de Cochabamba y a su entrañable viuda que lo amó tanto por entre todos los peligros, en las puertas de Tolata una estatua de bronce, con la apostura altiva y simpática como fue en la vida terrenal, semejante a los solemnes obispos de Florencia. Este clérigo que fuera eterno futuro obispo o cardenal, resistido por los envidiosos colegas frailes urbanos por culpa de su amorosa concubina, y ahora con un autohomenaje permanente de bronce, había superado con su vida la ficción de las novelas de Botelho Gozalvez: La historia gris del Tata Limachi. O el Manchay Puytu de Taboada Terán.

En la Perla del Valle las concubinas de los clérigos eran llamadas Mulas y nunca las aludidas se sintieron desconcertadas y ofendidas. Eran verdaderamente consortes eternas y leales, desconocían el matrimonio como el divorcio, la injusta separación de cuerpos. Los sobrinos y ahijados nunca fueron dejados de la bendición de Dios. ¡La felicidad está en nuestras mismas manos!, argüían las Mulas del valle nuestro, poco comunes, dignas de ser narradas sus vidas por las mejores plumas del mundo. Un Balzac, un Flaubert, un Lamartine, un García Márquez. Por ejemplo, la fabulosa carpintera Carolina María de Jesús, casi similar a la del Ayaqhatati Quintanilla de la novela El signo escalonado. Oriunda de Santa Ana de donde provenían las mujeres más lindas, garlopa en mano Carolina María de Jesús construía ataúdes de primera, segunda y tercera clase. La categoría de primera era para la gente decente, la segunda para los cholos que están al sol que nace y la tercera para los indios. La valerosa y esforzada progenitora de “sobrinos”, hizo estudiar a todos los vástagos del padre santo y egresaron de universidades y también de institutos privados de chóferes del aire, es decir aviadores de primera, que cada fiesta patronal sobrevolaban en el espacio aéreo de la Perla del Valle haciendo piruetas con sus Mustang, que no eran precisamente de madera maciza confeccionados por la puta madre. ¡Ay, mamacita, Carolina María de Jesús!

La bellísima Cecilia, la Inmaculada, era otra cosa y no se quedaba atrás para nada. Fiestera con su tracalada de amigas, bebía cántaros de chicha y bailaba cuecas hasta que las velas no ardan. Un día por celos irrefragables le partió la sólida cabeza eclesiástica de su consorte con el golpe contundente de un vaso-melgarejo, y no tuvo valor de denunciar la agresión desde el púlpito. ¡Para la jodienda no hay enmienda!, sólo atinó a decir. Intrépida mujer de cura, era una consumada Mula pistolera, de puntería afortunada. Usaba su Matamorales, que había pertenecido al ex presidente Agustín Morales Hernández, utilizada trágicamente por su sobrino coronel La Faye. La Inmaculada donde ponía el ojo ponía la bala. Cierta ocasión un músico trompetista del conjunto Bim Bam Bú, a quien no se le pagó por haber amenizado una sonada jarana, asomó por la casa de la bellísima Cecilia para hacer su cobranza legítima. Antes de llamar a la puerta de calle se le ocurrió espiar por el antiguo ojo de cerradura: curioso quería conocer la intimidad sentimental del cura con la Mula, lo sagrado con lo profano; y la mala suerte que la bellísima advirtió al fisgón. Apuntó con su Matamorales el agujero del antiguo ojo de cerradura y disparó. La bala cansada atravesó el agujero y se incrustó en la niña del ojo derecho del trompetista. Desde aquel tiempo el músico ha sido conocido por Rumiñawi, Ojo de Piedra.

Otro día, un cochero mal acostumbrado cobrador de tarifas exorbitadas, había tropezado con la valentona querida del religioso, quien reclamó de la tarifa injusta que cobraba y el tarambana se empecinó en el arancel arbitrario. La bellísima tranquilamente abrió su bolso para extraer su arma prodigiosa y le encajó sin perdón de Dios un par de confites de recuerdo imperecedero. ¡Con esto estás pagado, maestro mañoso! El cochero no dijo ni pío, porque cojeando por los balazos escapó: quería salvar su vida de esa endiablada tiradora.

En la Perla del Valle nunca hubo una mujer sentimental como Hester Prynne, quien sufriera lo inimaginable por el amor de un sacerdote, como el caso que relata el notable novelista estadounidense Nathaniel Hawthorne en su obra maestra La letra escarlata. Todo aconteció en Salem, tradicional pueblo donde hubo siempre quema de brujas.

Salem sancionó los amores prohibidos de la joven Hester Prynne haciendo que lleve de por vida la inscripción de una inmensa letra roja --”A”-- pintada en su espalda de pecadora. Durante la guerrilla del Che en Bolivia, el tribunal militar de Camiri --sin homo sapiens--, obró con severidad como en Salem: condenó al guerrillero francés Regis Debray a llevar un uniforme de presidiario con la inscripción de Bandido.

Los curas pecantes de la Perla del Valle eran dueños de la situación, igual que los de Totora o Cliza, porque habían recurrido a la divina providencia. Organizados para el amor libre se rendían incondicionalmente ante las mujeres que alentaban simpatía por su belleza física. Las magníficas de la época. Las únicas verdaderas. Las auténticas. El clérigo que vivió en plenitud estos anales de sexualidad fue el Tata Kalincho, quien manifestó con sincera franqueza que nunca jugaría su destino clerical pecando con una mujer fea. Todos los frailes de la dolce vita estaban prohibidos de infringir sus votos sacerdotales por mujeres feas. Iniquidad de afeamiento. La fealdad femenina buscó amparo fuera del radio urbano, Yanpata, Huasacalle, Camachorrancho y Rumirumi. El Tata Kalincho pecaba a sabiendas, deliberadamente, con la hermosa chola que vendía Huarapo en Tolata, a quien le había hecho alumbrar ocho veces: cinco sobrevivientes y tres fracasos. Sus “sobrinos” legítimos pertenecían a la clase clerical dirigente por vocación piadosa. Honesta legitimidad. La flauta trevesera. El misionero santificado Tata Kalincho parlaba dulcemente en Runasimi, el idioma originario quechua: Ama súa, ama qhella, ama llulla, ama llunqhu, ama qhewa. No seas ladrón, flojo, mentiroso, adulón y maricón.

La imponente mujer de nombre Añuchi, animal que chilla, vendedora de rosquetes de canela, empanadas pukacapas, ankukus y pastillas de eucalipto para el romadizo, era un bocado especial. Mujer de almíbar, atraía a todos los hombres de buena voluntad, desbraguetados. Era objeto de consumo al influjo del deseo. En las noches, algunas de luna llena, después de agotar sus rosquetes de canela, tenía la costumbre consensuada de ser “arrastrada” hasta debajo del puente, donde se daban acontecimientos de realismo fundacional. Allá dormían delincuentes, allá violaban doncellas y allá sucedían crímenes espeluznantes. Era la última sucursal del infierno. Territorio libre de Dios. Debajo del puente, Añuchi tenía un descampado de uso personal y era la implacable reclamadora de suplicios. Ángel rebelde había bajado del cielo disfrazada de mujer para dejar sus huellas en el infierno del Puente de Punata.

--Oye, Kututu paradójico, me buscas solamente para machacarme con tu cosa endurecida como fierro...

--Ya sé, lo hago así porque soy transportista libre y siempre estoy con apuros de compromisos de viaje y a ti y a mí nos gusta la cosa como contar billetes de a cien, ¿no es verdad? Además, no tienes por qué quejarte de nada, te pago bien, no es de balde la cosa.

--Sí, no niego, además me gusta cómo haces, te soporto a pesar de que me dejas como coladera y tienes cara fea, negro qhari millachi. Pero las mujeres con quienes estás deben quedar encantadas, felices y agradecidas… Te digo esto porque soy sincera, tú me conoces.

--Los hombres, querida Añuchi, terminamos siempre haciendo lo que ustedes las mujeres quieren que hagamos. Las mujeres son seres extraños, autoritarios, se parecen a los indios dejados de la mano de Dios y del diablo, sangran todos los meses y nunca mueren por eso…

En la payasa boscosa del descampado reservado, Añuchi se daba sus revolcones cotidianos. “Cantar la carne sin amarla”, había dicho el poeta. De debajo del Puente después salía maltrecha, como si un tren metalero le hubiese pasado por encima, pero satisfecha y saciada en su apetito venéreo. Ganaba sus propinas legítimas. Y los curiosos no faltaban en el festín: contemplaban extasiados en vivo y directo aquellos lances de honor pecaminoso, como en la Coronilla de Cochabamba. Obviamente, eran espectadores pobres pero honrados que terminaban en la rústica pajería. ¡Al que tiene manos nada le falta! No eran estos cachimirones como en otros lugares del mundo que eran corridos a pedradas.

La inefable Kiskita sabía también de la aventura del indio Muruloqo, que quería ser leader como Francisco Chipana Ramos y fungía de esmerado guardaespaldas del General del Pueblo, quien advertía a gil y mil: ¡Cuando yo me enojo soy feroz!

Consumada la reforma agraria, el gobierno de la revolución nacional jefaturizado por el dictador civil apodado Mono, designó a Muruloqo comandante de la Central Campesina, obviamente para mantenerse en el poder frente a sus enemigos. Y el caudillo llevado por el tedio indígena nacido con la revolución nacional, se pasaba el tiempo tratando de apagar el incendio descomunal de su sed con la Buena-Punateña, en la vastedad de chicherías: Piquito de oro, Bim bam bú, Las Cañahuecas, Todos a mamar, etcétera. Atendiendo las porfiadas denuncias de las abusadas imillas del Valle Alto, Muruloqo ordenó el arresto y encalabozamiento de Huili, el galán de América, en la Central Campesina que tenía una prisión llamada Ergástula. Huili el Bigardo Punateño, con más de 360 mujeres violadas, era hijo mimado de una familia decente, azote de Dios y dolor humano. Los chicos de la familia habían acabado con la virginidad de las cholas, chotas e indias. Preso Huili se había ingeniado informar de su percance a su hermano el coronel, comandante de ejército con asiento en Tolata, quien no permitiría la afrenta de aquel indio que estaba a la cabeza de la Central Campesina. ¡Cuando el indio se refina se desatina! Con uniforme de campaña salió del cuartel de Tolata en pos de Muruloqo.

El rancho en que vivía el caudillo indígena era una casona de planta baja y edificada en una corralera sombreada de árboles. Los bizarros soldados del coronel entraron en formación de combate por un portón en ruinas y se vieron enfrentados a guardias indios y un par de sabuesos de Baskerville que custodiaban. Los decentes generalmente eran ricos y en sus casas tenían indios guardias que dormían en los zaguanes. A aquellos mastines de Baskerville de agresión disponible, Muruloqo los había adquirido por instrucciones del General del Pueblo en su viaje a Alemania. Perros feroces de filiación nazi. El coronel extrajo de su cartuchera su colt 38 largo y todos los proyectiles vació sobre los enfurecidos sabuesos de raza superior. Los guardias campesinos con los pantalones mojados ante la presencia del ejército. Carajos, ¿dónde está el Muruloqo? Inspeccionó todas las dependencias de la casona disparando contra los retratos que encontraba. Los dejó maltrechos, quemados a tiros. El vecindario le informó que Muruloqo se hallaba en su paradero de todos los días: la chichería Todos a mamar, nombre dedicado a su propietaria por la monumentalidad de sus senos.

En la chichería se produjo el caos total ante la aparición de los uniformados. El estruendo de las armas de fuego. Volaron por los aires las tutumas. La tercera conflagración mundial en su versión subdesarrollada. Disparos al aire, inundación por la libre del olor a pólvora. Había quedado atónito Muruloqo ante el mar de soldados de línea. ¡Qué cojoros estos carajos Supaypaj wachaskan! ¡Los patrones de otrora! Una bala perdida le pasó rosando el rostro congestionado, se le cayó la tutuma de chicha de la boca. ¡Rosqueros del carajo mierdas! Rompiendo vasos, platos, sillas y mesas lo sacaron de la chichería al caudillo aborigen. Por las calles empedradas lo trasladaron a puntapiés hasta la Central Campesina. Abrieron los candados de la siniestra Ergástula y le dieron libertad al sufriente Huili, quien aprovechó de vengarse de su martirologio con un par de puñetazos que le ensangrentó el rostro del corpulento caudillo indígena.

Muruloqo y sus seguidores no fueron azotados desnudos en la Plaza principal por los Supaypaj wachaskan ni los marcaron con ninguna letra, como era costumbre colonial, sino trasladados en calidad de prisioneros de guerra al cuartel de Tolata. En el largo trayecto sufrieron un doloroso viacrusis, como si estuvieran ascendiendo el Gólgota para ser crucificados. La gente del pueblo se acercaba al tumulto promovido por los soldados no para reclamar por los derechos humanos sino para hacer uso de toda suerte de agresiones antiindias. No obstante de llegar maltrechos al cuartel de Tolata recibieron palizas de ablandamiento. Y después, colgados de los pies…

El General del Pueblo felicitó al coronel por tan bizarra actitud registrada en los anales del pueblo. Contento, Huili ofreció una recepción cívica en su mansión solariega. Ese día estuvo presente con su uniforme de gala el General del Pueblo.

Un par de años después, la suerte del Bigardo Punateño cambió: murió trágicamente en una emboscada en el camino de Camachorrancho, acribillado a tiros cerca del cementerio. Después de matarlo le cortaron el miembro viril y los testículos y los ataron fuertemente en el cuello como trofeo.

Reapareció al mediodía Kiskita en las puertas abiertas de la Iglesia principal con su amiga de Sunchupanpa y los mariachis de Cliza.