Opinión Bolivia Ramona

  • Diario Digital | miércoles, 03 de junio de 2026
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Memoria, mujeres y dictadura: tres miradas

‘La casa del sur’ (Carina Oroza, Ramiro Fierro), ‘Aún estoy aquí’ (Walter Salles) y ‘La llamada’ (Leila Guerriero), dos películas y un libro, convergen en este texto. Los filmes siguen en cartelera de cines cochabambinos y bolivianos
‘La casa del sur’, ‘Aún estoy aquí’ y ‘La llamada’, dos películas y un libro, convergen en este texto. Los filmes siguen en cartelera de cines cochabambinos.
‘La casa del sur’, ‘Aún estoy aquí’ y ‘La llamada’, dos películas y un libro, convergen en este texto. Los filmes siguen en cartelera de cines cochabambinos.
Memoria, mujeres y dictadura: tres miradas

Dicen que las comparaciones suelen ser odiosas. Es verdad. Pero, no menos cierto es que las comparaciones son inevitables. “Conocer es comparar”, reza una máxima de uso relativamente común y que ha bautizado algún libro. Comparamos, luego pensamos. Digo esto a manera de preámbulo, cuando no de descargo, de lo que sigue: una aproximación a dos películas y un libro que abordan tópicos comunes, aunque desde miradas disímiles. Las películas son La casa del sur (2021), coproducción boliviano-colombiana dirigida por Carina Oroza y Ramiro Fierro, y ‘Aún estoy aquí’ (2024), largometraje brasileño de Walter Salles. El libro es La llamada (2024), relato de no ficción de la periodista argentina Leila Guerriero. 

La elección de los filmes y el libro no es del todo casual. Las tres son historias reales, dos de ellas tamizadas por el formato ficcional cinematográfico, que comparten sujetos, hechos, tiempos e intereses. Sus sujetos son mujeres. Sus hechos son la violencia y la sobrevivencia a sus estragos. Los tiempos son los años de las dictaduras en Sudamérica (los 70 y 80 del pasado siglo). Los intereses apuntan a los roles de la memoria en la construcción de la historia y la sociedad contemporánea. Al margen de ello, su convergencia en este texto se debe a algo tan silvestre como que las vi y leí prácticamente durante los mismos días.

La memoria como anécdota

Comienzo por La casa del sur porque es la primera de estas narraciones que terminé de ver. Si bien se estrenó hace una semana y media en cines bolivianos, su lanzamiento oficial data de 2021. No obstante, sus primeros pases fueron de acceso limitado y solo en este 2025 ha tenido chance de llegar al público masivo (es un decir). Con base en la memoria familiar de Oroza, la historia discurre en dos tiempos, el presente y los días de la “última” dictadura militar en Bolivia (¿la de García Meza?). Su espacio central es una casa o, más bien, una hacienda del sur boliviano (Tarija, el Valle de la Concepción), de la que se desprende el título de la película. Sus protagonistas son dos mujeres, una tía y su sobrina: la primera, una niña en el pasado y una videobloguera culinaria en el presente; la segunda, una joven cantante de fama en el pasado y una anciana convaleciente en el presente. 

El relato nace con la vuelta de la sobrina ya adulta a Tarija para vender la casa familiar. Triquiñuelas picantes mediante, la mujer queda atrapada por la memoria de esos años y días en que, mientras su madre era detenida por colaborar con subversivos, debió sobrevivir cobijada por su tía a la violenta toma militar de su casa. No me voy a detener mucho más en los pormenores de la trama ni en la valoración de su acabado técnico y formal. Bastará con decir que La casa del sur es una película que, pese a sus esfuerzos por articular un fresco familiar emotivo, cae en su propia consigna-trampa: promete algo que no cumple. Así como la protagonista vuelve obligada por la falsa noticia de la muerte de su tía, la cinta se anuncia como una indagación íntima de la memoria sobre las dictaduras, cuando su retrato de época está apenas dibujado, torpemente dibujado, y acaba convirtiendo la memoria en poco menos que una anécdota. Nunca llegan a entenderse las pulsiones reales, políticas o no, de la madre secuestrada por el régimen militar. Tampoco quedan claras las ideas de la tía y la sobrina en torno a las violencias de las que son objeto. Lo que hay es una cantante angustiada por su hermana y su sobrina, enfrentada a un violador en potencia. Si no fuera que el hombre lleva uniforme militar, casi podría pasar como la historia de un crimen sexual en cualquier tiempo y lugar. El contexto no aparece porque, al parecer, no importa, o no importa tanto. En su intento por despolitizar la narración, Oroza y Fierro la despojan de su carga histórica, la “deshistorizan”. 

Fuera del relato histórico, La casa del sur tampoco cumple lo que promete. Un rato promete ser una versión boliviana de Julie & Julia, mezclando “sabores bolivianos” (la expresión no es casual) con cocina del primer mundo, en un recetario debidamente tecnologizado. Al otro rato coquetea con el humor de café concert que ha patentado cierto (mal) cine boliviano. Antes o después se propone ser una postal turística del paisaje vitivinícola en el que está enclavada la casa. Pero, llegado el momento, se queda a medias de estos y otros caminos. Lo que queda es la sensación de que estamos ante una película que parece un ensayo, un ejercicio en borrador de la o las varias películas que pudo haber sido y no fue. Un viaje fallido al pasado, que apela a la memoria como una excusa y se pierde en sus propias indefiniciones. La enésima prueba de que cine y dictadura derivan en una combinación condenada al descalabro en la tradición cinematográfica boliviana.  

La memoria como trinchera

Aún estoy aquí (Ainda Estou Aqui) se estrenó en Bolivia la misma semana que La casa del sur. Llegó precedida de los laureles conquistados (y por conquistar) en festivales y premiaciones: mejor guion en Venecia, Globo de Oro a mejor actriz en película dramática (Fernanda Torres) y tres nominaciones al Oscar (mejor película, mejor película internacional y mejor actriz principal). Llegó, también, precedida del inmenso éxito de público que ha alcanzado en Brasil (ha llevado más de 4 millones a las salas), donde ha reanimado el debate sobre la memoria histórica, la violencia de las dictaduras militares y la impunidad de los verdugos, todos asuntos de primer orden que vienen siendo minimizados por Bolsonaro y la extrema derecha en el país vecino. Y, obviamente, llegó precedida del prestigio de su director, Walter Salles, un nombre imprescindible del cine brasileño contemporáneo, autor de filmes internacionalmente celebrados como Estación central (1998) y Diarios de Motocicleta (2004).

Mentiría si dijera que esos pergaminos no inciden en la recepción de una película de estas características. Porque, se quiera o no, inciden, condicionan su visionado, pero lo hacen para bien y para mal. Hay una legitimación previa ante la que es más fácil rendirse que pelear. Hay unas expectativas elevadas a las que cuesta satisfacer. Y hasta cierto punto, Aún estoy aquí puede no resultar tan efectiva, o complaciente, en su recapitulación de los horrores de las dictaduras en los años del Plan Cóndor. Como en La casa del sur, su historia tiene en el centro a las mujeres, en este caso, a una en particular, la esposa de un ingeniero y político brasileño secuestrado y desaparecido por el gobierno de facto, a principios de los 70. Aun siendo víctima en carne propia del confinamiento y la tortura, la mujer ocupa en la trama el lugar de la memoria, la memoria obstinada que le concede una razón, y no cualquiera, para seguir viviendo. Primero espera por la vuelta de su marido, luego lo busca vivo o muerto, finalmente se resigna a su desaparición; pero, eso sí, nunca olvida: pelea hasta el final de sus días para mantener viva la memoria de un hombre hasta conseguir lo único que le queda, el reconocimiento de su muerte a manos del régimen militar.

Basado en el libro autobiográfico de Marcelo Rubens Paiva, hijo del ingeniero desaparecido y de la mujer que luchó por un certificado de defunción, el filme de Salles toma distancia de otras tradiciones cinematográficas vecinas, como la argentina y la chilena, que han convertido las historias sobre las dictaduras militares en un género en sí mismo. Aún estoy aquí es un relato clásico y austero, que evita las estridencias dramáticas y la violencia explícita que suelen caracterizar las producciones sobre las prácticas represivas de los gobiernos dictatoriales. Tampoco cae en la tentación de cargar los actos y las palabras de sus protagonistas con la grandilocuencia reivindicativa de las cintas que aspiran a la proclama política y a la romantización de las luchas armadas. Lo suyo es el paciente montaje de una trinchera a prueba de prejuicios, tiempo y muerte: la memoria. 

La memoria como problema

La llamada (Anagrama, 2024) podría parecer fuera de lugar en este recuento dominado por relatos cinematográfico. Pero, en honor a la verdad, este libro de no ficción de Leila Guerriero fue el primero de los tres que comencé, el último que terminé y el que más huella me ha dejado. Subtitulada como “Un retrato”, el de la cronista argentina es un “tour de force” a través de la historia de la dictadura argentina de los años 70, pero también una refutación de las narrativas hegemónicas en torno a la memoria histórica y un compendio de las virtudes e insuficiencias del periodismo para aprehender la complejidad de los hechos y las personas.

La retratada a la que alude el subtítulo es Silvia Labayru, una militante montonera que, a finales de 1976, embarazada y con apenas 20 años, fue secuestrada por la dictadura militar comandada por Videla, Massera y Agosti, para ser llevada a la tristemente célebre Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), donde fue torturada, violada y parió a su primera hija. El libro es lo que podría definirse como un largo perfil periodístico, en el que la perfilada reconstruye su historia en un momento dado mediante el diálogo con la periodista y el auxilio de otros testimonios y documentos. Leila lee una entrevista a Silvia y decide buscarla; se encuentran en medio de la pandemia de COVID para conversar tantas veces como sean necesarias; se vuelven casi inseparables, en persona o por WhatsApp; le hace recordar lo que, en teoría, duele recordar; le hace hablar de lo que, en teoría, cuesta hablar; la escucha y le cree, pero no siempre; duda y confronta su versión con las de sus parejas, hijos, amigos, militantes.

La indagación de Guerriero no se reduce a los meses que pasó Labayru dentro de la ESMA, sino que se extiende a sus años de exilio en España, a su convivencia con las acusaciones de colaboracionismo con la dictadura militar y a su actitud poco o nada sufriente a la hora de testimoniar los horrores perpetrados contra ella (y sus compañeros) por los represores. No es que a la periodista le anime un afán negacionista de la brutalidad de las dictaduras militares ni mucho menos. Lo que le mueve no es otra cosa que una honestidad a prueba de fuego, en virtud a la cual se abre a escuchar y escribir las miserias de los grupos de izquierda argentinos, sobre todo en el trato a las mujeres militantes que tuvieron la (des)dicha de sobrevivir a los campos de tortura. 

Volviendo al punto de partida de este artículo, La llamada se erige como un monumento a las contradicciones de la memoria histórica sobre los años de las dictaduras en Sudamérica. Si, en La casa del sur, la memoria no pasa de la anécdota descontextualizada y, en Aún estoy aquí, se forja como una trinchera para combatir los olvidos antojadizos del presente; en el libro de Guerriero, se plantea como un problema que no puede simplificarse a la manera de un panfleto, sino que debe ser revisitado desde las voces disonantes con los relatos oficiales, las voces desterradas por la corrección política. Voces como las de las mujeres violentadas por la picana de los represores, pero también por el ninguneo de sus camaradas.