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  • Diario Digital | lunes, 15 de abril de 2024
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Leila Guerriero, la dictadura argentina y una historia difícil de narrar

“La llamada” cuenta la vida de Silvia Labayru, que integró Montoneros y fue obligada a infiltrarse en Madres de Plaza de Mayo. “¿Y a vos por qué no te mataron?” era la pregunta a su alrededor apenas pudo exiliarse.
/ ARIEL GRINBERG
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Leila Guerriero, la dictadura argentina y una historia difícil de narrar

Leila Guerriero lo escribe así: “Secuestrada. Torturada. Encerrada. Puesta a parir sobre una mesa. Violada. Forzada a fingir. Al fin     liberada. Y, entonces, repudiada, rechazada, sospechosa”. ¿Cuántos cross a la mandíbula de los que Arlt les pedía a los libros entran en un párrafo?

El 29 de diciembre de 1976, quince o veinte días antes de irse de la Argentina, Silvia Labayru tenía 20 años y estaba embarazada de cinco meses. Andaba, como ella misma reconstruye, “con una pistola en el pantalón y una pastilla de cianuro en el bolso”. Cumplía tareas de inteligencia en Montoneros. Llevaba el apellido de su padre militar y de su abuelo militar. Cuando sus secuestradores la metieron en la ESMA sin capucha pensó que eso de poder ver lo que estaba pasando equivaldría a no salir viva de ahí.

Fue picaneada y las descargas eléctricas en los pezones le iban a impedir amamantar a su segundo hijo, dieciocho años después del secuestro. Parió a su hija sobre una mesa rodeada de oficiales y de las dos mujeres que había pedido que la acompañaran, también secuestradas, también torturadas, también enfrentadas a la incertidumbre de si las subirían al vuelo (de la muerte) del siguiente miércoles.

Escuchó a Jorge “Tigre” Acosta, el represor que decidía sobre la vida y la muerte en ese centro clandestino de detención, decirle que para demostrar “que no los odiaba” (a los militares) y “que se estaba recuperando” (de su propia militancia) tenía que “tener una relación con algún oficial”. Entrevistada por Guerriero -durante un año y medio, en Buenos Aires y en Madrid, en casa de una y de la otra, con 0Labayru subtitula a Acosta: “Que me iban a violar y que me tenía que dejar violar”.

La violaron. Décadas después, cuando por fin los crímenes sexuales se consideraron delitos en sí mismos y no parte de la figura jurídica de “torturas y tormentos”, sería una de las primeras en denunciar esas violaciones. Sus victimarios, Alberto González y el propio Acosta, resultarían condenados. En su declaración, contó que incluso la esposa de González había abusado de ella.

Fue obligada a acompañar a Alfredo Astiz (militar argentino y uno de los represores más famosos del terrorismo de Estado ejecutado por la última dictadura cívico-militar argentina), y a hacerse pasar por su hermana, en la infiltración del marino en la organización Madres de Plaza de Mayo. Esa infiltración desencadenaría el secuestro, la tortura y la desaparición de tres de las Madres fundadoras, de las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet, y de otras siete personas, entre activistas y familiares de otros desaparecidos.

Durante su secuestro, a Silvia Labayru se le permitió salir de la ESMA y permanecer en algunas ocasiones en casa de su padre; viajó tres veces -a Uruguay, Brasil y México- a encontrarse con su entonces pareja y el padre de su hija, en alguna ocasión con el traslado y la vigilancia a cargo de su violador. Fue devuelta a la ESMA. En junio de 1978 la liberaron y    viajó a España para criar en el exilio a Vera, su hija, que había sido entregada a su familia.

Leila Guerriero transcribe el testimonio de Labayru: “Cuando llegué a España había mucha gente que no me quería escuchar, que me condenaba. Porque habíamos sobrevivido, teníamos que ser traidores. ¿Qué habíamos hecho para sobrevivir?”. Cuando llegó a España, le cuenta Labayru a Guerriero, le negaban el ingreso a reuniones de exiliados, le negaban el acceso a algunos bares, le pedían explicaciones a su pareja sobre qué había hecho Silvia para salir viva de la ESMA y le decían -él también lo había dicho- que su compañera era una traidora. Se alejaban de ella personas a las que consideraba sus amigos o compañeros de  militancia. Un analista le dijo que, para decidir si iba a atenderla o no, ella debía responderle si era servicio de inteligencia. En todas esas escenas subyacía una pregunta: “¿Y a vos por qué no te mataron?”.

Guerriero se enteró de los datos centrales del cautiverio y los primeros tiempos del exilio de Labayru a través de una entrevista hecha por la periodista Mariana Carbajal en Página/12 en 2021. Unos días después de que se   publicara, su amigo Dani Yako -fotógrafo, secuestrado, torturado, exiliado, vuelto a la Argentina a la par de la democracia, amigo de Labayru desde que el Colegio Nacional de Buenos Aires los juntó- le preguntó si había visto justamente esa nota (“¿Viste esto de mi amiga Silvia?”, escribió) y estuvo dispuesto a ser el puente para ponerlas en contacto. 

Y entonces Leila tiró de la punta del ovillo y lo que iba a ser un artículo periodístico largo para publicar en una revista se transformó en “La llamada”, un libro de más de cuatrocientas páginas pero, sobre todo, un libro de casi cien entrevistas. Editado por Anagrama, ya va por su cuarta edición en España, donde vendió más de 25.000 ejemplares, y está a punto de reimprimirse en la Argentina, apenas dos semanas después de su llegada a librerías.

“La llamada” podría ser la historia de ese año y medio en la ESMA y de los primeros meses o hasta de los primeros años de ese exilio signado por la sospecha, el desprecio y la firme convicción de que una persona puede ser acusada por no haber sido fusilada o arrojada al río desde un avión. Pero “La llamada” da cuenta de esos años y de todos los que pasaron (y todo lo que pasó) en la vida de Silvia Labayru hasta estos días.

Metiéndose con la historia de Labayru, “La Llamada” echa luz especialmente sobre dos cuestiones. La primera es que hubo (¿o todavía hay?) un “algo habrá hecho” mucho más solapado -y por eso más novedoso- que el “algo habrá hecho” que recaía en quienes fueron secuestrados, torturados y desaparecidos durante la última dictadura para responsabilizarlos por aquel destino. Se trata del “algo habrá hecho” pero para sobrevivir a un campo de  concentración.

La segunda es que, más allá de todo lo que un sobreviviente de la dictadura -y del desprecio en el exilio- tiene para contar sobre eso, también puede tener para contar muchas otras cosas porque sus años estuvieron hechos de muchas otras cosas. 

En el caso de Labayru, un brevísimo resumen: su hija, su hijo, sus nietos, su padre ya senil, sus trabajos como vendedora de publicidad de una revista y en el mercado inmobiliario, sus parejas pasadas y su pareja actual -un amor que había empezado antes del secuestro y que incluye cartas que nunca llegaron a destino-, cierto fanatismo por el Real Madrid especialmente en los años de Zidane, gatos y un perro, España y Buenos Aires, mudanzas, libros de Marguerite Yourcenar, kilómetros hechos en bicicleta y miles de kilómetros hechos en avión, clases de salsa y de bachata, amigos de los dos lados del Atlántico, la patada de un alambre electrificado en un campo de Brasil que puede devolverla a la parrilla de tortura en un instante, el sexo. La vida.

Ahora, en un bar de Villa Crespo en el que suenan canciones de Vicentico, un viernes en el que una resolana le da cierto respiro a una Buenos Aires que lleva días bajo la lluvia, Guerriero alista un vaso de soda y conversa con Infobae Leamos del libro con el que, una vez más, acaba de sacudir el universo de la no ficción. 

“No estaba en mis planes pensar en un trabajo de largo aliento, de hecho mi primera propuesta a Silvia fue entrevistarla para hacer un artículo. Lo que pasa es que al mes de estar entrevistándola supe que toda esa historia era irreductible a un artículo, sobre todo por la sutileza necesaria para hacer encajar todas las piezas sin que pareciera una especie de juicio moral. Así que le propuse eso a ella, que estuvo de acuerdo. Medio que me sonrió y me dijo algo así como ‘bueno, ya me parecía’”, comenta Guerriero.

En ese primer encuentro, la periodista escuchó hablar sobre la ESMA, sobre el exilio, sobre las cartas y telegramas que Silvia le había enviado en los setenta a Hugo Dvoskin, un novio al ella que había dejado no una sino varias veces (todas con el corazón roto), y que los padres de él habían interceptado para que la comunicación fuera imposible. Escuchó hablar sobre el reencuentro con Dvoskin más de cuarenta años después y de cómo ese reencuentro los hizo pareja de nuevo, hasta ahora.

Propuso que, después de esos encuentros informales, siguieran entrevistas ya formales, es decir, con el grabador encendido. Dijo algo que, casi tres años después de ese primer encuentro, cree que pudo haber ayudado a que Labayru le contara su historia: “Vamos a perder el tiempo juntas y después vemos qué”. Labayru preguntó si iba a poder leer el material antes de que se publicara y Guerriero contestó que no. Labayru preguntó si entonces ella también podía grabar las conversaciones y Guerriero contestó que sí. Y entonces se pusieron de acuerdo y empezaron las entrevistas en on. Silvia nunca encendió su grabador.

“La llamada” se llama “La llamada” porque el día que Silvia Labayru le contó a Leila Guerriero que cada 14 marzo posterior a su secuestro en la ESMA ella y su padre festejaban una especie de nuevo cumpleaños, “el de la resurrección” ese dato quedó reverberando en su cabeza. Es que el 14 de marzo de 1977, cuando Jorge Labayru llevaba tres meses convencido de que su hija estaba muerta, sonó el teléfono de su casa y alguien - el “Tigre” Acosta desde la ESMA- dijo: “Llamo para hablarle de su hija”. Formado en la marina y piloto de avión comercial, Jorge Labayru gritó: “¡Montoneros hijos de puta, ustedes son los responsables morales de la muerte de mi hija”. Esa  confusión, creyeron los Labayru después, salvó la vida de Silvia: los militares habían visto en la estirpe de su víctima algo de sí mismos. La resurrección. 

Leila Guerriero lo escribe así: “Sin él, sin lo que dijo en aquella llamada, ella no estaría aquí. ¿O sí? ¿O fue su astucia? ¿O fue su belleza? ¿O fue su familia de militares? ¿O fue que, simplemente, les dio la gana? La arbitrariedad garantiza el pavor perfecto: infinito”.

Cuando describe la hechura de su libro, Guerriero dice: “Reporteo. Reporteo. Reporteo. Escribir. Escribir. Escribir”. Y el desafío de que ese año y medio en la ESMA pudiera palparse todo el tiempo pero no lo ocupara todo.

A lo largo del libro, como un mantra, se repite varias veces un párrafo: “Después, a lo largo de cierto tiempo, nos dedicamos a reconstruir las cosas que pasaron, y las cosas que tuvieron que pasar para que esas cosas pasaran, y las cosas que dejaron de pasar porque pasaron esas cosas. Al terminar, al irme, me pregunto cómo queda ella cuando el ruido de la conversación se acaba. Siempre me respondo lo mismo: ‘Está con el gato, pronto llegará Hugo’. Cada vez que vuelvo a encontrarla no parece desolada sino repleta de determinación: ‘Voy a hacer esto, y lo voy a hacer contigo’. Jamás pregunto por qué”.l