Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 13 de agosto de 2022
  • Actualizado 15:29

Bailando (El gran movimiento) en la oscuridad

Algunas impresiones en torno al segundo largometraje del cineasta paceño Kiro Russo, que está en cartelera boliviana. En Cochabamba se exhibe en los cines Center, Prime Cinemas y Sky-Box.
Bailando (El gran movimiento) en la oscuridad

De las muchas escenas de El gran movimiento que aún revolotean en mi cabeza, hay dos que martillean con más persistencia. La primera está casi al inicio y se me antoja un remanente del primer largo de Kiro Russo, Viejo Calavera (2016): Elder Mamani y sus dos compinches se meten a un boliche de mala muerte para bailar música disco, en un estado de borrachera cuasi terminal. El pasaje parece casi calcado de otro que ocurre en un local de Huanuni, el centro minero del que procede el personaje/actor de ambos filmes (Julio César Ticona). 

La segunda escena irrumpe pasada la mitad de El gran movimiento y es también nocturna, aunque ya no está rodada en interiores: tiene lugar en el mercado paceño donde Elder se gana la vida como cargador de verduras, de muebles y de todo lo que soporte su espalda. Unos corredores sucios y mal iluminados donde el joven minero vuelve a bailar, esta vez acompañado por otros cargadores y por unas gráciles cholitas que despliegan una entrenada coreografía.

No debería haber mayor misterio en torno a lo que une a esas escenas ni al porqué se me hacen tan seductoras: son escenas de baile. Una más espontánea, la otra más artificial. Una más atolondrada, la otra más profesional. Una más alcoholizada, la otra más delirante. Pero, más allá de los matices, en ambas se baila.

No pocas cosas hace Elder a su llegada a La Paz para una protesta minera: se enferma de algo, se emborracha con lo que le inviten, viaja en teleférico, pasea por mercados, conoce a su madrina, va al médico, trabaja para verduleras aymaras, agoniza donde cae. En todas las cosas que hace en la ciudad parece estar muriendo, víctima de un mal misterioso, de un desasosiego crónico, de un demonio obstinado. En todas, salvo en una: bailar. 

Elder arrastra consigo una oscuridad fecundada en la mina, de la que ni siquiera La Paz puede curarlo. Al contrario, su oscuridad minera hace metástasis una vez entra en contacto con los edificios deformes, con el estruendo vehicular, con el caleidoscopio nocturno, con el gran movimiento urbano. “La Paz está a punto de volverse en polvo”, augura Max, un curandero vagabundo que habita en los marginales bosquecillos paceños. La ciudad está a punto de explotar: lo anuncian los petardos, los gases, las balas, los truenos que se escuchan –más que ver– a la distancia. Y con ella, con la ciudad, está también a punto de explotar, de volverse en polvo, Elder. No parece haber forma de salvarlo, menos de salvar a la ciudad. 

A diferencia del Sebastián de La nación clandestina (Jorge Sanjinés, 1989), este otro Mamani, el Elder de El gran movimiento, no carga el ritual arcano que habrá de redimirlo ante/con su comunidad. Ni siquiera tiene una comunidad. Lo único que carga es una oscuridad crónica, turbulenta, autodestructiva: esa es su patria. A ella le pertenece lo poco que le queda, su cuerpo descompuesto, enfermo. Un cuerpo que, aun en su precariedad, recupera bailando. Eso es. Elder no es Sebastián Mamani: no baila para morir, no baila para pertenecer a su comunidad; baila para recuperar su cuerpo maldito o, mejor aun, baila para –cuándo no, don Jaime– “sacarse el cuerpo”. 

No parece haber redención posible para Elder Mamani, el Antoine Doinel de Kiro Russo. Tampoco parece haberla para la ciudad en estallido permanente a la que ha ido a parar su cuerpo corrompido. Solo un milagro podría salvarlos. Y un milagrero. A la espera de que lleguen (o no), deben sobrevivir a la noche: atravesar la oscuridad que les habita y la oscuridad que les acecha. No tiene sentido darle pelea, no hay forma de ganarle. Hay que emborracharse con ella. Hay que bailarla. Bailar en la oscuridad. Sacarse el cuerpo. Ejecutar el gran movimiento.