“Hijo de hombre”: entre la denuncia y la aventura
El escritor paraguayo Augusto Roa Bastos alcanzó gran notoriedad con su primera novela en 1960. Se titulaba “Hijo de hombre” y en ella narraba las trágicas vicisitudes de unos personajes marcados por la dura supervivencia, la superstición, la religión, la guerra, la explotación, durante las tres primeras décadas del siglo XX. Lo narrado se sucedía en diez capítulos aparentemente independientes, pero que tejían un entramado fascinante de personajes que entraban y salían en distintas etapas de su vida, enmarcados en distintos momentos de la historia de Paraguay.
Sabida era la afición de Augusto Roa Bastos por el cine; de hecho ya había sido guionista en algunas películas cuando en 1961 se dispuso a adaptar su propia novela para el cine. En esa labor le acompañaron Emilio Canda, guionista de varias películas de Joselito, y Antonio Cuevas, más conocido posteriormente como productor en España de las películas de Manuel Summers. Juntos acometieron la adaptación, pero centrándose solamente en un capítulo (Misión) y parte del anterior (Destinados), centrando la trama en la peripecia de los aguadores durante la Guerra del Chaco que enfrentó a Bolivia y Paraguay entre 1932 y 1935.
Sin apenas entrar en consideraciones sobre las causas de esta guerra (la posibilidad de encontrar petróleo en el Chaco boreal no fue la única, aunque sin duda importante, causa), la película “Hijo de hombre” (1961, que tiene como títulos alternativos como “La sed” y “Choferes del Chaco”) opta por mostrar la lucha del hombre ante unas condiciones extremas. No solo por la guerra, sino también por la escasez de agua en ese territorio. Los conflictos políticos fraguados en las altas esferas no tienen aquí cabida, solo importan las consecuencias para los desafortunados que tienen que arrostrar la lucha desde el terreno, cuando de lo que se trata es de sobrevivir durante la peligrosa misión encomendada por sus superiores. La película es una denuncia de la guerra como suele suceder con las películas bélicas, pero tiene también un aire de aventura, aunque sea trágica, que necesitaba de un director eficaz, capaz de transmitir con fuerza las intensas emociones de los personajes. El director argentino Lucas Demare (Buenos Aires, 1910-1981) era el adecuado. (...)
La épica enmarcada en un escenario natural hostil, el desierto del Chaco (aunque la película fuera rodada en Río Hondo, en el Chaco santiagueño de Argentina, no el Chaco boreal donde trascurre la novela), es transmitida al espectador con una fuerza estremecedora y un realismo que van más allá de la representación fílmica ordinaria. El calor, la sed, se hacen físicamente presentes. El sufrimiento y las dificultades trascendieron incluso al equipo de rodaje. Quizás ahí se encuentre el secreto de su veracidad. Y en la pasión de Lucas Demare, capaz de seguir rodando aunque corriera el riesgo de infestarse la herida producida en su pie con un arma de fogueo, aguantando a base de penicilina y calmantes. (...)
Pese al atractivo comercial que podía tener el argumento, similar a la famosa “El salario del miedo” (Henri-Georges Clouzot, 1953), la carrera de esta película fue desafortunada. Coproducida por dos grandes empresas en sus respectivos países, Argentina Sono Film (Argentina) y Suevia Films (España), no logró el éxito esperado en ninguno de los dos lugares.
*Tomado de portalguarani.com