Tarjeta roja al beso (no consentido)

España ganó hace una semana su primer Mundial de Fútbol femenino. Traigo el dato a colación porque sospecho que muchos no se enteraron de la hazaña de las “rojas”, que vencieron 1-0 en la final contra Inglaterra. Y aun quienes sí se enteraron, puede que ya lo olvidaran, debido al estruendo aún resonante del incidente posterior al partido en el que el presidente de la Federación Española de Fútbol, Luis Rubiales, besó en la boca a la jugadora Jenni Hermoso sin su consentimiento.

En un desenlace lamentable para una gesta tan monumental como la conquista de una Copa Mundial, el escándalo alrededor del beso, propinado durante el acto de premiación en Sídney, ha desplazado a la sombra la celebración deportiva de las españolas. Digo “propinado” porque, en la práctica, el beso ha devenido un acto más violento que afectuoso. Rubiales no le dio un beso apasionado a Hermoso; le propinó un golpe a la número “10” de su Selección y, cómo no, a la dignidad del fútbol femenino de su país.

De nada sirvieron las explicaciones que ofreció el mandamás del balompié ibérico. Ni hablar de sus disculpas, que no sonaron convencidas ni convincentes. Por más confianza que tuviera con la futbolista, el beso fue un hecho, a todas luces, forzado, que incomodó a la víctima. Ella lo dijo poco después de la final: no le gustó el gesto. Y lo que es tanto o más importante: fue un gesto sin su consentimiento, esto es, forzado. Así lo dejó en claro este viernes, poco después de que Rubiales se negara a renunciar a su cargo, aduciendo lo contrario, que fue un beso consentido.

No puede ignorarse que la controversia ha sido contaminada por la pulseta electoral que tensiona a España, donde el oficialismo pretende articular una coalición suficiente para mantener en la presidencia al “socialista” Pedro Sánchez. Este y sus aliados han condenado enérgicamente el desmán de Rubiales, a quien ya le han abierto procesos y expedientes dentro y fuera de su país. Su pelada cabeza se ha convertido en un trofeo político en momentos en que la izquierda liberal quiere contener la avanzada conservadora del PP y la ultraderecha española (Vox). Para el feminismo afín a Sánchez, la conducta del besuqueador impenitente es una batalla que no puede perderse ni quedar impune.

Sin embargo, ni siquiera esas circunstancias resultan atenuantes a la hora de juzgar la violencia ejercida por Rubiales contra Hermoso. Porque eso es, y no otra cosa, un beso no consentido: violencia. Que se lo haya dado al calor de la euforia por el título mundial no lo libera de culpa. De haber nacido de la ira o de la pesadumbre, tampoco cambiaría radicalmente las cosas. Sin consentimiento, el gesto es forzado. En otro contexto habría merecido, cuando menos, un cachetazo bien puesto. El malestar de la mujer, de sus compañeras y de una buena parte de la opinión pública vendría a ser el cachetazo del caso. Ante él, lo mínimo que debería hacer el agresor es tomarse el rostro, pedir perdón, mirar al suelo e irse a su casa a convivir con las consecuencias de sus actos.

DIOS ES REDONDO

SANTIAGO ESPINOZA ANTEZANA

Periodista

@EspinozaSanti