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  • Diario Digital | jueves, 04 de junio de 2026
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Oppenheimer y el posmoderno Prometeo

Oppenheimer y el posmoderno Prometeo

A Robert Oppenheimer se lo ve perturbado en la nueva película de Christopher Nolan; en su mente, ve y escucha lo que nadie más; su cuerpo se estremece. También el suelo inerte se sacude en Jornada del Muerto; y luego es el mundo el que se conmociona con la noticia de un destello cegador en el cielo de Hiroshima, una desmesurada bola de fuego y la nube con forma de hongo más colosal que se hubiera alzado por los aires. 6 de agosto de 1945: Little Boy (así bautizaron a la bomba) mató a 66.000 personas en el acto. “Es una muestra del poder divino” dice el físico teórico estadounidense en la película, el mismo hombre que vuelve a estremecerse ante el poder de su engendro, un arma inaudita usada para disuadir a Japón de continuar haciendo la guerra contra los Estados Unidos.

En la película, no falta quién compara a Oppenheimer con el titán Prometeo, quien robó a los dioses el fuego para dárselo a la humanidad. Cabe traer a la memoria la célebre novela de Mary Shelley, cuyo título completo es “Frankenstein; o El moderno Prometeo”. En esta ficción, el científico Víctor Frankenstein solo empieza a dimensionar las consecuencias de su trabajo cuando, horrorizado, ve levantarse de la camilla a la criatura más poderosa: El Monstruo.

La literatura primero, el cine después, insisten en llamar Prometeo a quienes, por un medio u otro, le proporcionan a la humanidad el control sobre una fuerza antes ingobernable: el fuego (en la mitología griega), la muerte (en la novela de Shelley) y la energía de una estrella en su último estertor (en la película de Nolan).

Robert Oppenheimer fue, quizás, el moderno Prometeo de la realidad operatoria, distinta de la ficción. Sin embargo, ya es Historia. En nuestros días se sabe decir que vivimos en la posmodernidad y, si es así, el posmoderno Prometeo ya tuvo ocasión de estremecer a la humanidad con su ofrecimiento, una criatura de un poder tal que deja perplejo y temblando (sea de miedo o emoción) a cualquiera que se atreva a abarcarla con una mirada realista. La criatura de poder inconmensurable no es otra que la Inteligencia Artificial (IA).

El nuevo Prometeo está, de nueva cuenta, en Estados Unidos (bien podría ser el laboratorio de investigación OpenIA), país que ya no tiene como adversario a Japón ni a la Alemania nazi, sino a China, aunque los dos Estados no se encuentren (aún) en franca guerra. Si ya se ha utilizado la IA dentro de las dinámicas de esta confrontación por la hegemonía mundial, es solo un tema menor; pero cuando el país norteamericano bloqueó la venta de tecnología para IA a China (en 2022 y otra vez en 2023) quedó claro que ambos Estados corren ya la carrera por el control del nuevo poder prometeico, como lo hicieron estadounidenses, nazis y soviéticos durante la Segunda Guerra Mundial.

Ya no cabe engañarse sobre lo que la IA representa en términos de poder: puede (o podrá muy pronto) inventar e implementar nuevas maneras de curar al mundo o destruirlo. La IA es El Monstruo y, como en la novela de Shelley, tiene un lado virtuoso que la humanidad tendría que saber aprovechar.

Aquí es cuando me viene a la mente el discurso ‘Los pilares de la paz’, pronunciado en 1946 por el entonces primer ministro del Reino Unido, Winston Churchill. En aquella ocasión dijo que “la vieja doctrina del equilibrio de poder” entre Estados era “perjudicial” e instó a los distintos gobiernos del planeta a comprometerse con una institución mundial, las Naciones Unidas, que buscara el mantenimiento de la paz. Deseaba poner coto al monstruo que Oppenheimer había creado, redirigir su poder (la energía atómica) hacia otros usos, además de la seguridad y defensa.

De igual manera, es ahora menester convocar a líderes de todo el espectro político, de las empresas tecnológicas, comunidad científica, universidades y sociedad civil en general, para que articulen una innovadora, incluyente (empezando por reunir a Estados Unidos y China) y dinámica estructura mundial que promueva los buenos usos de la IA (en medicina, pedagogía, industria, etc.) y evite que se la use para engañar masivamente, desestabilizar gobiernos, provocar guerras y acabar con la vida en modos hasta ahora inimaginables.

Como humanidad, estamos ante una decisión importante: o nos reunimos, tal como lo proponía Churchill, para dar saltos de gigante en términos de organización y progreso; o la IA podría caer en las manos equivocadas y convertirse, sin duda, en lo que más tememos, el arma definitiva.

FORO

JUAN CARLOS ZAMBRANA GUTIÉRREZ

Escritor. Licenciado en Relaciones Internacionales

juancarloszambrana.g@hotmail.com