Límites
En un espacio anterior dialogábamos que, para que exista la confianza y creamos en las personas, tendrían que existir los límites. Pero, ¿cómo determinarlos?, ¿cómo hacer que las personas reconozcan los mismos? San Agustín nos ayuda en ello a través de su máxima expresada como “ama y haz lo que quieras”, entendiendo que el amor nunca ha de buscar el mal.
A lo dicho se suma San Juan de la Cruz con su frase “al atardecer de la vida seremos juzgados en el amor”, pues parece ser que, nuevamente, es justamente el amor el que nos vuelca a reconocer a un alter, a un distinto a mí, por lo tanto, y como también decíamos en otro espacio, una persona querible.
No obstante, aunque pareciera que el tema de los límites se halla superado, cabe el preguntarnos, ¿tiene un límite el mismo amor como límite? La respuesta es un rotundo SÍ, puesto que el amor puede proponer cosas, nunca imponerlas, así como la persona que es sujeto del amor, está en libertad de aceptar o no el mismo y sus propuestas para humanizarlo.
De este modo, nos damos cuenta que el amor como límite es también un fruto de la voluntad, que tiende al ser querido y, volitivamente (sintiendo esa decisión voluntaria), ofrece todo a la persona a quien ama. Y, más allá de si ello es aceptado y querido por el alter, hemos de comprender que no podemos vaciarnos (volcar todo el amor) a los demás si es que primero no lo volcamos a nosotros mismos.
Lo dicho al final del párrafo anterior es importante pues, y un poco contrariamente a la máxima que dice “nadie da de lo que no tiene”, parece ser que, en realidad, deberíamos formularla como “nadie da de lo que no es”, pues para comprender al otro como querible, debo ser querible y quererme yo. Así, la frase de San Juan de la Cruz tiene un mayor significado, pues de lo que se nos examinará es de si nos dimos lo mismo que deseamos para el otro.
Naturalmente, parece que, cuando yo me amo, también establezco límites de aquello que deseo permitir que me ocurra y ocurra con los demás. Así, parece que, al menos por un momento primero, evitamos que se nos cosifique/utilice, retomando nuestra categoría de sujetos y no objetos.
Pero, y ante esto que se va diciendo, ¿qué opinamos?, ya que es claro que en la vida vamos conociendo personas que permiten ser cosificados y tratados como tal, o algún momento lo hemos vivido o estamos viviendo nosotros.
Mgr. Rodrigo Alvaro Montes Rondón
Docente Carreras de Filosofía y Letras y Teología Pastoral
Universidad Católica Boliviana San Pablo – Sede Cochabamba