Festividad e individuo
La existencia humana “hace” tiempo. En el desenvolvimiento cotidiano de nuestras actividades constantemente nos movemos desplegando una temporalidad que liga nuestro pasado inmediato a nuestro futuro más próximo. En esta medida, el presente no es sino la articulación inestable que de modo permanente habitamos pero que, sin embargo, nunca podemos “atrapar”. El segundo mismo en que pensamos lo presente, eso que era presente ya es pasado.
Nuestra vida diaria por lo demás nos impone una serie de tareas que es necesario cumplir progresivamente. El despertar está seguido por ciertos rituales de aseo, de un desayuno más o menos confortable y, después, de una jornada laboral o diferenciada. En ese día, el presente nuevamente parece reducido a ser el puente milimétrico entre “lo que ya hicimos” y “lo que tenemos que hacer todavía” y, así, la conciencia misma de nuestra identidad se afirma. Somos siempre ese individuo que cumple tarea tras tarea, jornada tras jornada, año tras año. Pero como el presente, que se disuelve entre las manos, nuestra identidad difícilmente puede, en la marea del tiempo cotidiano, “atraparse” a sí misma.
Las festividades, por otro lado, pequeñas como un cumpleaños o enormes como un carnaval, subvierten la experiencia de ese tiempo inasible. Ingresar por la puerta de un “boliche” y sentarse en la mesa de los amigos o las amigas para beber, comer o bailar colectivamente hace que el registro regular del tiempo, que engancha tarea con tarea, se “quede en la puerta”. Sentados ahí, con los compinches, la familia o la comunidad, el presente adquiere un valor en sí mismo, nos permite olvidar (¿o perdonar?) nuestro pasado y por un momento dejar el futuro entre paréntesis. Es, en sentido físico, como si la pequeña burbuja del presente se extendiera hasta formar un horizonte gentil que engloba nuestras conversaciones, danzas o juegos.
En esos momentos, es extraño, pero adquirimos (al menos por un momento) una idea clara de quiénes somos. Y lo hacemos porque dejamos de cumplir un conjunto de tareas que normalmente creemos que “nos corresponden”. Pasamos a cumplir otras, eso es seguro, en la mesa del juego de la fiesta y de la alegría, pero en ese espacio “nos recuperamos” en los otros, reconociéndonos en sus gestos y en la impresión que les damos. Paradójicamente el perderse a “sí mismo” parece ser un requisito del encontrarse en y con la comunidad. La puerta a ese ejercicio de extravío es lo que llamamos fiesta.
SIN ASIDEROS
OSCAR GRACIA LANDAETA
Filósofo
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