Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 22 de mayo de 2022
  • Actualizado 06:48

Todo lo sólido se desvanece en el aire

Favio Javier Sandoval López
Psicólogo
favio.javier.sandoval.lopez@gmail.com.
Favio Javier Sandoval López Psicólogo. / [email protected]
Todo lo sólido se desvanece en el aire

En el mundo moderno existen premisas que tratan de conciliar la dimensión onírica con la llamada realidad efectiva. La más común es aquella que reza “esfuérzate y haz tus sueños realidad”. A pesar del imperativo exitista que encierra esta máxima, el ejemplo muestra como la sociedad impone ajustar el sueño con la realidad. Cabe subrayar que los sueños impulsados por la civilización se construyen como bellas armonías prefabricadas: ¿qué pasaría si en vez de que los sueños se hagan realidad, se materializarían nuestras pesadillas?

Recuerdo un cuento de Borges, “Las ruinas circulares”. El relato constaba de una premisa básica: un hombre sueña con otro hombre con tanto éxito que ese sueño empieza a existir en otra región. Creo que es algo similar, solo que, en nuestro caso, hace poco más de un mes la posibilidad de que este sueño se haga realidad era imposible. Quién en su sano juicio hubiera concebido un panorama como el actual: confinamiento mundial, mercados y comercios cerrados, calles vacías, ejércitos resguardando las calles, avenidas y autopistas de las principales ciudades del mundo, y un pánico generalizado entre la población. Hace un mes, estos eran elementos propios de muchas malas películas de acción, hoy son nuestra realidad. Se acuerdan que, en diciembre del año pasado, mientras nos reuníamos en copiosos banquetes familiares y descorchábamos el champagne para desearnos prosperidad, algún segmento breve del informativo daba cuenta de una extraña pulmonía que estaba afectando a una desconocida región China. Resulta que hoy, esa pequeña afección se ha convertido en nuestro día a día y ha puesto en jaque la forma que teníamos de vivir en el mundo y de relacionarnos entre nosotros. La pesadilla se hizo carne. 

Por eso se me impuso el nombre de este escrito “Todo lo sólido se desvanece en el aire”, que en realidad es el título de un libro de Marshall Berman. Este autor perdió a su esposa y a su hijo en un accidente y, a manera de duelo, escribió esta obra que examina la noción de modernidad. De alguna manera, quizás para el autor su propio mundo se desvanecía y la obra es un testimonio escrito de eso. Que no se entienda mi intención como un robo, sino como una evocación: en estos días parece que nuestra cotidianeidad, que se jactaba de ser sólida, en realidad era un castillo de naipes a la espera de un soplo para caer. Pienso en la soberbia de algunos gobernantes mundiales, quienes al inicio se burlaban de esa “gripecita” y semanas después afirmaban con tono serio y una solemnidad calculada, que la humanidad no vivió una crisis así desde la Segunda Guerra Mundial, el conflicto que destruyó Europa. Recuerdo también cómo los expertos afirmaban con datos que la mortalidad de la infección rondaba el 3%, y que otras infecciones eran más letales; hoy, esos datos se modifican diariamente, pues en algunos países, ya no es un 3, es un 6 o un 8, y los muertos son tantos, que las funerarias no dan abasto. ¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Nuestras vidas son tan frágiles, que algo minúsculo las puede derrumbar desde sus cimientos?

Todos estos asuntos competen a lo más íntimo del ser humano. El psicoanálisis es una exploración de esa intimidad, por lo cual, trabajo esto mucho antes de que nos demos cuenta que era así. No me refiero a la predicción de la pandemia, sino a la fragilidad de nuestra existencia. Por eso, Lacan habló del declive de las representaciones que sostenían a la sociedad y de la rápida pérdida de substancia de la existencia, cada vez más superficial. Lo que antes era permanente, hoy se ha vuelto tan escurridizo como el agua, se ha “liquidificado”.

Suena como un rumor por la ciudad la canción “Resistiré”, y evidentemente, resistiremos, pero: ¿Qué quedará luego? Algunos hablan de un cambio radical de las estructuras, de un mundo más solidario, mejor. Yo soy pesimista. No creo en la capacidad de epifanía de las personas ¿De repente, de manera abrupta, aprenderemos de nuestros errores? ¿Y la capacidad del ser humano de repetir, de tropezar dos veces, infinitas veces, con la misma piedra?

El coreano Byung Han Chal, tan citado en este tiempo, hace referencia a una carta de Blanchot en la que el escritor francés cuenta la experiencia del abandono de Dios, y sentencia que tuvo que reconocer, con lágrimas en los ojos, ese infinito vacío que nos rodea. Este es el tiempo en el que los dioses nos han olvidado. Este es  el mundo donde lo sólido se desvanece en el aire.