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LECTURAS SUTILES

El silencio es un adorno de la mujer

Lic. Gisela Calderón Practicante del Psicoanálisis.
Lic. Gisela Calderón Practicante del Psicoanálisis ldsalamone@gmail.com Buenos Aires- Argentina
El silencio es un adorno de la mujer

“El silencio es un adorno de la mujer”, extrae Aristóteles de Gorgias el sofista. Fue la visión que influyó en ciertos pensadores y que hoy podríamos tildar de misógina. Sin embargo, detenernos a extraer los detalles no deja de ser algo interesante. El silencio como adorno de la mujer fue considerado una virtud femenina, en apariencia, algo resultaba enigmático o incomprensible.

¿Qué sería esa virtud del silencio que se asoció a la modestia? Esta virtud con la que se intentaba hacer hablar a lo silencioso de la mujer es una cualidad en la que la ostentación queda reducida. Lo curioso es que, entonces, esa virtud no era digna del hombre porque se lo consideraba inmaduro y, por lo mismo, resultaba engañado en más de una ocasión.

Si una mujer era capaz de no ostentar eso le ofrecía seguridad al hombre, para quien el engaño es difícil de digerir ya que, en apariencia, es quien se ubica en un lugar activo y efectivo de dones. Sin embargo, la virtud del adorno o velo lo acercaría a los sabores de lo femenino, a los encantos de transformar cualquier cosa insignificante en algo bello. ¡El silencio se llega a saborear de manera exquisita! Esa alteridad podría traducirse, para el hombre, en una ostentación de la impotencia. 

El adorno, en esta especie de forzamiento que proponía el pensador, no podría haber sido la cualidad esencial “para todas”, simplemente porque no es posible universalizar. “La mujer” no existe en sentido universal, sino una por una. Este pretendido intento de capturar el ser femenino se deshace como el agua entre los dedos, y el silencio es su medio predilecto cuando desnuda su deseo. 

Con versatilidad, vitalidad y desprovisto de nombres, algo escapa a ese “para todas ellas” resultando hasta sumamente incómodo que se geste una identificación de ese estilo, en el que todas se sientan representadas hasta en su intimidad más pura, ¿sería una especie de corsé? De solo pensarlo, puede ajustar de un lado y tironear del otro, como si algo no se llegara a localizar ni a representar para estilizar; eso mismo en diversas oportunidades puede llegar a solidificar el propio rechazo que una mujer puede sentir de lo femenino que hay en ella. 

Sea como fuere, el silencio, puede resultar un adorno para “una mujer”. El engaño está en velar algo que puede emparentarse a la ostentación: un silencio pleno —entre centro y ausencia— capaz de irradiar un goce plausible de hacer de ella misma una alteridad radical.

Ese silencio que es vital y mudo —paradójicamente—, desde sus entrañas, hace nacer algo perceptible y bullicioso que ronda como una fiera enjaulada. Cuando ella se autoriza a experimentar cierto extravío que puede encapsularla en una oscilación de encanto, también reconoce su soberanía ya que defenderse de eso se torna una lucha perdida cada vez. 

El silencio es un adorno de mujer en tanto puede emparentarse a un goce de ella, una por una, que le permite habitar su propia incompletud. Es esa posibilidad de lucir adornos que puedan tocar algo de ese no todo en una mujer.

NOTA: Para cualquier consulta o comentario,  contactarse con Claudia Méndez Del Carpio (psicóloga), responsable de la columna, al correo claudiamen@hotmail.com o al  teléfono/WhatsApp  62620609. Visítanos en Facebook como 

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