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  • Diario Digital | sábado, 02 de julio de 2022
  • Actualizado 15:36

El secreto del retrato

Luis Darío Salamone, Psicoanalista.
Luis Darío Salamone, Psicoanalista.
El secreto del retrato

Cuando nos sacamos una foto, cuando a alguien nos hacen un retrato, difícilmente estamos contentos con el resultado. Al parecer buscamos que allí se encuentren las perfecciones de las que carecemos. Parafraseando a Freud, se busca una imagen que tenga las perfecciones que le faltan al yo para llegar al ideal. 

Para Lacan, la imagen que proyectamos de nosotros mismos implica una falta. Miller nos dice que el secreto del campo visual, de la imagen, es precisamente la castración. Cuando nos retratamos preferimos que la imagen se encuentre velada. 

Los arreglos personales y los maquillajes tienen ese objetivo. Buscan solucionar esa falla que se nos presenta en nuestra imagen para procurar agradarle al otro. Las aplicaciones que retocan la imagen, como Photoshop, buscan profundizar en la solución del tema. En general, cuando el sujeto está conforme con el resultado obtenido después de las transformaciones, la foto dista lo suficiente del retratado a punto tal de que otra persona, que solo lo conocía por fotos, difícilmente podría llegar a reconocerlo. Incluso, esa diferencia notable, lejos de permitirle al retratado lograr su objetivo, solo sirve para condenarlo a la desilusión del otro. 

Alguien me decía que su estrategia consistía en lo contrario. Sacarse una selfie en la cual se viera desfavorecido para que, en el momento del encuentro, el otro quede gratamente sorprendido. 

Una página de la historia de la pintura nos ofrece un hermoso relato para que comprobemos cuán poco realista solemos ser cuando le pedimos a alguien que nos mire como nosotros queremos que lo haga. El pintor regresó de Ámsterdam habiendo cumplido su sueño de estudiar con el maestro Pieter Lastman. En pocos meses había logrado prestarle más atención a los rasgos de la cara y perfeccionar el claroscuro; su maestro le había mostrado efectos lumínicos sumamente originales y le enseñó la virtud de contrastar los retratos con ambientes crepusculares que le otorgaban un tinte de dramatismo a la obra. 

Sintió que se encontraba preparado y abrió su estudio en Leiden. Una tarde, un burgomaestre de una población flamenca aledaña le pidió que lo retratara. El pintor trabajó durante días. Le solicitó a su cliente que no mirara el retrato hasta que estuviera concluido. 

Cuando llegó el momento de mostrárselo el hombre se disgustó de sobremanera, ya que él se consideraba mucho más apuesto. Le pidió que lo retocara porque el resultado era en verdad muy poco realista. El artista le pidió que, por favor, volviera por el cuadro en algunos  días. 

Cuando el burgomaestre regresó al estudio del pintor, al entrar, le llamó la atención una moneda de cierto valor tirada en el piso. Se agachó disimuladamente para recogerla, pero sus dedos se cerraron inútilmente sin poder tomar el objeto, solo atraparon el aire. En verdad se trataba de una moneda que había sido pintada por Rembrandt en el suelo. Cuando el artista le entregó el retrato a su modelo, el hombre que se había quejado de la falta de realismo del mismo, lo tomó y se lo llevó sin decir absolutamente nada. 

Fue en esa moneda, en ese objeto caído, donde comprobó que la ilusión de perfección es algo imposible de atrapar, y que algo que puede ser una imagen valorada, no suele ser más que un espejismo.

NOTA: Para cualquier consulta o comentario contactarse con la responsable de esta columna, Claudia Méndez Del Carpio (psicóloga), al correo electrónico [email protected] o al celular/             

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