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  • Diario Digital | miércoles, 03 de junio de 2026
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La revolución chola: Las mujeres de pollera resisten de pie

Lloraron la caída de Evo Morales. Protestaron. Las desalojaron de las plazas públicas. Nada pudo silenciarlas. Con las revueltas populares y las políticas de inclusión de los últimos años, las mujeres indígenas y mestizas de la zona andina ganaron un protagonismo inédito. No han logrado erradicar, sin embargo, la discriminación histórica, a lo mucho la han neutralizado o vuelto menos pública. 

CORTESÍA
CORTESÍA
La revolución chola: Las mujeres de pollera resisten de pie

Segunda parte

TRENZA INDUSTRIAL                             

Hace ya tiempo que la ropa de chola ha dejado de ser el secreto mejor guardado de la moda nacional. Los ostentosos y coloridos diseños de polleras han saltado en los últimos años de las fiestas patronales a las pasarelas internacionales. Agatha Ruiz de la Prada, una de las diseñadoras más aclamadas en España y Europa, ha llegado cuatro veces a Bolivia para declarar su amor por los “trajes de cholita”, que han inspirado colecciones que ha presentado por doquier. La última vez que visitó La Paz, invitada por el Bolivia Fashion Week en 2019, salió a agradecer al público que asistió al desfile de sus colecciones vestida con un sombrero de copa, una pollera y una manta fucsias, un atuendo que exhibió pese a caminar con    muletas.

Al tiempo que Ruiz de la Prada predicaba la vitalidad estilística de la chola aymara, la diseñadora paceña Eliana Paco llegaba, en 2016, a la Semana de la Moda de Nueva York, donde exhibió polleras, mantas y blusas confeccionadas con aguayo, bayeta, sedas, encajes, pedrería y lentejuelas. Dos años más tarde, la diseñadora y orfebre Ana Palza y el arquitecto Freddy Mamani, creador de los “cholets”, fueron invitados de la Fundación Cartier, en París, para intervenir en la exposición “Geometrías del Sur: desde México hasta la Patagonia”. Para la ocasión, Palza diseñó 46 trajes de cholas, mientras que Mamani convirtió uno de los espacios del recinto parisino en una réplica del salón de baile de un “cholet”, el nombre con el que se conoce a los edificios de estilo kitsch neoandino, principalmente levantados en El Alto por la llamada burguesía aymara, desde donde se han vuelto internacionalmente célebres por sus fachadas multicolores de motivos andinos.

La moda no es la única manifestación del boom actual de la chola boliviana. Las polleras vienen ganando un espacio estable en las pantallas, dentro y fuera de Bolivia. En el cine han inspirado películas documentales de repercusión internacional. A las cholas ‘cachascanistas’ (que hacen lucha libre) y a las escaladoras están consagrados los largos “Mamachas del ring” (Betty Park, 2009, EEUU) y “Cholitas” (Jaime Murciego y Pablo Iraburu, 2019, España), que han pasado por festivales internacionales, aunque el primero sin estrenarse en el país y el segundo, mucho después. Sí se han visto en Bolivia los reportajes y documentales periodísticos que les han dedicado las cadenas internacionales CNN y DW, amén de la colección de artículos de medios extranjeros que explotan el filón exótico de exhibir a mujeres con vestimentas tradicionales repartiendo patadas voladoras a diestra y siniestra o escalando hasta los 6.961 metros del Aconcagua, en la Argentina.

En la televisión, su éxito no es menor. En Bolivia, las cadenas más grandes han vuelto una marca de estilo la inclusión de presentadoras cholas —o con ropas de cholas—, comúnmente en programas de entretenimiento, gastronomía y, en menor medida, periodismo. Esto es resultado de un proceso que se encaminó en los sesenta, con la incursión de Remedios Loza en la radio y televisión, pero que se ha afianzado en la última década como correlato del protagonismo político que han ganado las cholas y otros sectores populares con Evo Morales (y su partido) en el poder. Afuera, el hito más reciente lo produjo la plataforma Netflix, con la serie documental Street Food (2020), cuyo episodio final, “La Paz, Bolivia”, lo protagoniza doña Emi, una mujer de pollera que prepara rellenos (empanadas de papa con guiso en su interior) en un puesto callejero   paceño.

En los departamentos con más valles, como Cochabamba y Chuquisaca, las cholas han encontrado en la música y el baile una vitrina generosa para hacerse visibles y ganar dinero. El movimiento de huayño zapateado o huayño cumbia, que fusiona música andina con instrumentos electrónicos y ritmos tropicales, ha subido a escenarios de Bolivia y de países vecinos a cientos de grupos abanderados por jóvenes cholitas que, con polleras cortas y blusas escotadas, cantan y bailan en conciertos de gran arrastre. La pulsión musical de las cholas vallunas no es algo nuevo ni mucho menos; sí lo es su aprovechamiento estratégico de géneros más urbanos y, sobre todo, la notoriedad conquistada en las grandes ciudades, en particular, en las zonas habitadas por migrantes de las zonas rurales.

Internet es otro territorio en franca conquista de las cholas. Una investigación de este año del Laboratorio TecnoSocial identifica alrededor de 39 influencers indígenas-populares en Sudamérica, algunos de ellos bolivianos. Aunque, en rigor, debiera decirse algunas de ellas, porque de los 25 con más seguidores, 23 (72%) son mujeres. La mayor parte, 60%, se mueve en YouTube, apunta el informe “Creadores indígenas-populares de contenido digital”, de Camila Jiménez. En cuanto a los contenidos, se impone un esquema similar al de la televisión: la comedia, la música y la cocina suman 68% de la oferta total.

CHOLAS EXTREMAS

Julia Quispe, de treinta años, chola aymara, escaladora, nació para domar montañas. Es de Chucura, una comunidad a 32 kilómetros de La Paz, que atraviesa el sendero de excursionismo Camino del Inca y conduce al Huayna Potosí, uno de los picos más altos de Bolivia (6.088 MSNM). Desde chica ayudó a su papá, que trasladaba en llamas las cargas de los turistas que hacían trecking. A la muerte de su padre se hizo cargo del negocio familiar y, tiempo después, se casó con un guía de montaña de su zona. Se especializó en cocinar para los excursionistas, a quienes acompañaba hasta el campo alto previo a las cumbres del Huayna Potosí, el Illimani, el Sajama y otros picos. La pollera, su vestimenta de diario, nunca le dificultó subir o bajar de las alturas, ni siquiera cuando, en 2016, finalmente se atrevió a alquilar casco, soga, arnés y crampones (las garras metálicas que se adhieren a los zapatos para recorrer la nieve y el hielo) y se lanzó a la conquista del Illimani (6.439 MSNM), su primera cumbre. “Ya he subido tres veces sola al Huayna Potosí y diez al Condoriri (5.648 MSNM)”, me cuenta Julia, sin asomo de arrogancia, como quien enumera sus trabajos previos, unos minutos antes de enfilar hacia el Mururata, su octava cumbre. “Ahora ya me contratan de guía”, dice con orgullo, mientras su hija Judith, de trece años, se abraza de su cuello. Ambas llevan las polleras y los cascos con los que escalarán.

Alicia, hermana de Julia y esposa de un guía, fue la primera chola en alcanzar la cima de una montaña boliviana, el Huayna Potosí, en 2015. O, al menos, la primera en publicar su hazaña en Facebook. Las fotos que compartió levantaron revuelo en los medios. El atrevimiento contagió a otras mujeres de la zona, hermanas, hijas, sobrinas y amigas, quienes entendieron que escalar sin quitarse sus tradicionales polleras, que las calientan del frío glaciar andino, pero pueden dificultar algunas maniobras, cotizaba bien en los medios. De ahí en más tuvieron un ascenso más expedito que el que hacen a las cimas nevadas: llegaron reporteros extranjeros, documentalistas, el histórico ascenso al Aconcagua de 2019, charlas ted, murales con sus rostros y un lugar de privilegio en la historia reciente de las conquistas de las cholas bolivianas. Mientras el sueño de escalar el Everest sigue intacto, intentan ganarse la vida sin dejar de recorrer las montañas. Su más reciente hito fue guiar a una pareja para casarse en la cima del Illimani. El novio subió con esmoquin, la novia con vestido y velo blancos, mientras que sus guías asistieron a la ceremonia con polleras, siempre más visibles que las calzas y polainas especiales que llevaban por dentro.

A 453 kilómetros del Illimani y cuatro mil metros más abajo, en Cochabamba, las Imilla Skate se transforman en cholas; son un colectivo de patinadoras cochabambinas a las que en septiembre de 2020 no se les ocurrió una mejor forma de homenajear a su ciudad que recorrer sus avenidas en patinetas vestidas de una manera insólita para el deporte urbano: tocadas por sombreros de paja, embutidas en blusas bordadas y domando unas polleras empeñadas en bailar con el viento. Su video de presentación lo grabaron durante los días de confinamiento por la pandemia de COVID-19, con la ciudad desierta de vehículos y unos pocos peatones que, a su paso, intentaban retener el espejismo de unas cholas patinadoras, tomándoles fotos y videos como posesos. El ruido que hicieron en redes fue tal que medios locales e internacionales se lanzaron a cazarlas. Y descubrieron que, si bien ellas no eran mujeres de pollera en su día a día, sí creían que al vestirse como tales para hacer lo que más las representa, patinar, rendían homenaje a sus madres y abuelas cholas.

Eso mismo me explicaron un domingo de inicios de agosto en que se citaron para entrenar en el Parque Urbano Ollantay, al sur de Cochabamba. Las Imilla Skate —una mixtura anglo-quechua que podría traducirse como “chica patinadora”— fueron llegando una a una, casi todas con ropa deportiva. Aunque el grupo reúne a casi una veintena de veinteañeras, ese día se reunieron ocho. Se organizaron en grupos para cubrirse de los ojos curiosos mientras mudaban de ropa; ya en parejas, se sentaron para peinarse y hacerse las trenzas.

Solo una vez convertidas en cholas, las Imillas Skate se lanzaron de lleno a la pista con sus patinetas, desafiando sus rampas con trucos de complejidad variable, disputándose el espacio con los bikers y rollers, pagando su temeridad con aparatosas caídas. Brenda Tinta, una de las imillas patinadoras más antiguas, disipó mi temor de que fueran a romperse los huesos y me aclaró que caerse es una parte imprescindible de su disciplina. Esteffany Morales, una imilla más joven, me aseguró que todas ellas saben lo que es caerse y levantarse. Elinor Buitrago, imilla y madre, me contó que el riesgo de desplomarse es mayor cuando llevan polleras, porque no pueden ver sus pies y deben mantenerse en la tabla casi a tientas. Huara Medina, imilla y grafitera, le dio la razón a Elinor, pero no sin hacer notar una ventaja de la vestimenta de chola para el skate: “Cuando te caes, te acolchona”. Al poco rato volvieron a la pista, aún como  cholas, salvo por un detalle: las zapatillas deportivas. En vez de calzarse sandalias o zapatos femeninos planos, como lo hacen las mujeres de pollera, patinan con las Vans, Nike o Converse típicas del skating.

La elasticidad de lo cholo está reñida con el esquematismo con que, desde la política, se intenta definir las identidades bolivianas. Aun sin encajar en el discurso oficial, el auge de lo cholo en Bolivia puede leerse como indicador de un fervor nacionalista. Esa lectura tiene la antropóloga, docente y escritora de origen inglés Alison Spedding, que radica en Bolivia y lleva pollera desde 1986. La primera vez se la puso una amiga de las afueras de La Paz para que no sufriera frío en sus tierras de pastoreo, a cinco mil metros sobre el nivel del mar, y desde entonces la usa con libertad en la zona cocalera donde vive y suele quitársela en la ciudad para dictar clases. La “chola gringa”, como aún la llaman, admite que el uso de la pollera está mejor visto que hace veinte años. En los noventa, cuando caminaba con pollera por la ciudad, era común que la insultaran, mientras que hace poco, al verla recorrer una de las empinadas calles paceñas, con sus 1.80 de altura que la distinguen no solo de una chola, sino de cualquier boliviano promedio, escuchó a un hombre decirle a otro: “Mirá, una gringa de pollera, qué bien”. Cree que, si bien la efervescencia nacionalista en el país tiende a celebrar lo cholo, su uso puede cambiar como todo en la cultura popular. Lo que no cambia es el uso estratégico que ella le da a la pollera y que, entre otras ventajas, le permite sentarse y orinar en cualquier parte del campo, como lo hacen los hombres.

“MUJER VALEROSA”

Juana Machaca, de 38 años, chola vendedora de condimentos, saca de su bolsa de mercado el libro “Golpe de Estado y fascismo en Bolivia” (2021), una compilación de Jaime Choque en cuya portada aparece ella en medio de una cortina de gases lacrimógenos, gritando, apuntando con una bandera boliviana y una pequeña wiphala amarrada a la cabeza del mástil. La imagen, tomada el 13 de noviembre de 2019 por Natacha Pisarenko, de la agencia de noticias AP, se convirtió en un ícono de la resistencia popular al gobierno transitorio de Jeanine Áñez, que sucedió en la presidencia a Evo Morales el 12 de noviembre.

Natural de Viacha, a 37 kilómetros de La Paz, pero con una residencia compartida entre su pueblo y El Alto, Juana había salido el 13 a protestar contra los excesos que sufrían a manos de opositores y fuerzas represoras las mujeres de pollera que, como ella, lloraban la caída de Evo. Lo menos que recibieron fueron insultos (el “chola de mierda” que se    creía extinto). Las desalojaron de plazas públicas. Las golpizas y el encarcelamiento fueron las formas más efectivas de silenciarlas. Al momento de ser fotografiada, estaba en el Paseo del Prado paceño, frente a unas dependencias policiales desde las que les dispararon bombas de gas a ella y su grupo de manifestantes. Vestía ropa de trabajo: una pollera verde con jaspes que parecen salidos de un lienzo impresionista, una blusa de manga larga azul y un mandil celeste floreado, de los hombros a los tobillos. Es casi el mismo atuendo con el que la encuentro en esta mañana del 17 de agosto de 2021, Día de la Bandera Boliviana.

Le pido tomarle unas fotos. Acepta, solo que antes debe producir su escenografía: de su bolsa saca las dos banderas con que la fotografiaron y arrestaron el 13 de noviembre, la tricolor republicana y la wiphala andina, esa que “¡se respeta, carajo!”. Las amarra a unas rejas y se coloca entre ellas. Antes de irse, ofrece rubricar mi libreta con los timbres de sus organizaciones sociales que, a la manera de un notario, emplea para legalizar con tinta azul los documentos que suscribe. Son cuatro, casi tantos como las enaguas de una chola paceña. Dos certifican que es “maestra mayor” de la Asociación de Comerciantes Minoristas de Condimentos de Villa Remedios. Un tercero indica que es dirigenta de su barrio, Sagrado Corazón de Jesús. Y el cuarto, que le sirve de tarjeta de presentación, lleva grabada una réplica de su imagen del 13 de noviembre de 2019: una mujer de pollera que resiste “de pie, nunca de rodillas”, empuñando la bandera tricolor y la wiphala, rodeada por una leyenda que la define como “Mujer Valerosa”. Que no deja de ser otro eufemismo para nombrar a la chola boliviana.