“Que pellizques muchas enfermeras” (una bromita)
Hace unos días, en un grupo de Whatsapp de amigos y amigas de adolescencia, supuestamente con gran formación ética, se dio una situación que me ha dejado pensando en nuestras prácticas machistas tan inconscientes y, a la vez, recurrentes. Resulta que uno del grupo iba a ser intervenido quirúrgicamente, y a otro se le ocurre darle los mejores deseos y lanzarle esta frase: “…que pellizques muchas enfermeras…”, refiriéndose obviamente a que así tendría una estadía mucho más placentera en el hospital. Y ante la reacción de molestia de solo dos de nosotras, el resto, incluyendo otras mujeres, no le dieron mayor importancia, respondiendo el aludido que si lo tomas en serio “eres una persona rígida y estirada”, seguido de otros que afirmaban que son “bromitas sin mala intención”, que hay que ser “tolerantes” y hasta de una mujer (profesional) que sugirió que debemos tomar las cosas de una manera “light” remachándolo con un “seamos coherentes con nuestras prácticas”, lo cual me aclaró tristemente la razón de su postura.
Y uno dice ok, ok, tomémoslo light, hagámonos cómplices de ese lenguaje, normalicemos a estas alturas tales actitudes del siglo XX donde los varones “pícaros” tenían plena libertad para pellizcar enfermeras (además, obviamente no dijo “doctoras”) porque vivimos en una sociedad donde hay una doble moral y una doble discriminación. Sabemos bien que no es igual ser médico que enfermera, o ser docente que estudiante, tener ingresos altos que bajos y, menos aún, ser varón que ser mujer. Las dinámicas de estratificación, segregación y exclusión social que hemos desarrollado son muchas y abundan.
El problema es dejar pasar este tipo de expresiones (aclaro que es cierto que me refiero a un grupo sexagenario que, sin embargo, tuvo la oportunidad de vivir los cambios en el discurso y en las prácticas machistas, aunque por lo visto, como es el caso de muchos, solo en un nivel discursivo). Normalizar esa “objetivación de la mujer” seguramente pensando, además, que para la mujer ser “pellizcada” es agradable, hoy en día es inadmisible.
Como señala Sara Díez en “Chistes sobre mujeres: misoginia disfrazada de humor?”: “Esta clase de humor y de chistes… aparecen en situaciones relajadas, pero encubren una gran violencia, una violencia simbólica presente en todos ellos… Indudablemente, los tradicionales ‘chistes sobre mujeres’ (esas pequeñas historias que suelen contarse en cualquier lado y en cualquier momento como si fueran anécdotas chispeantes y que, frecuentemente, se acompañan de grandes carcajadas, tanto de hombres como de mujeres), no son más que otra forma de violencia sutil para denigrar al sexo femenino, la cual se acepta y se tolera socialmente al ampararse, veladamente, bajo el manto del ‘humor’. La pregunta es: ¿qué calificativo, realmente, merece este ‘chiste’?, ¿inocente y gracioso?, o ¿degradante y tendencioso? … Pero peor aún resulta el argumento que suele utilizar el ‘gracioso’ que lo contó, cuando nota que su ‘chiste’ no causó los efectos deseados en alguna persona, y dice: ‘Es solo una broma, ¿No puedes entender que es un simple chiste?’ Degradar a alguien encubriéndose bajo la ‘simpleza’ de un ‘chiste’ NO es cuestión de tener sentido del humor o no, es un asunto de valores y de respeto. Si a alguien le parece que un ‘chiste’ así no tiene la menor intención de ofender a nadie, está equivocado, pues en el fondo conlleva grandes dosis de ironía y de violencia.”
Así de simple, y si bien este era un humor totalmente normalizado en el siglo pasado, ya es momento de que inclusive las generaciones hoy mayores, asuman que toda la violencia del tipo que sea en nuestro entorno, nace de estas aparentemente inocentes alusiones a la mujer que muestran una actitud retrógrada y sectaria encaminada a perpetuar tal lenguaje y tales prácticas, lo cual es quizá aún más peligroso que antes por el carácter “light” que se le pretende atribuir. Es decir que como hoy en día reconocerse “machista” ya no está bien visto, se lo encubre de sentido del humor y explícitamente se lo niega, aunque en el trasfondo e, irónicamente, se lo justifica. Seamos coherentes con el discurso. A buen entendedor pocas palabras.