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  • Diario Digital | miércoles, 03 de junio de 2026
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Sobre lo que nos salva

Gustavo Dessal, psicoanalista y escritor.
Gustavo Dessal, psicoanalista y escritor.
Sobre lo que nos salva

¿Qué cosas salvaron mi vida? No me refiero a que corriese graves peligros, pero sabemos que hay momentos cruciales, inflexiones de la existencia en las que el deseo de vivir no es autosuficiente.

En el principio de los principios, en ese “En el comienzo fue el verbo”, está la marca, el trazo inaugural a partir del cual empieza a gestarse el avatar de una vida. Podemos llamarlo letra, marca, hendidura, huella. ¿Quién la inscribió? ¿Hasta dónde podríamos remontarnos, siguiendo el camino retroactivo del deseo del Otro para encontrar la causa? Es imposible saberlo. El ser hablante, uno por uno, tendrá que construir, escribir, entretejer, la ficción de una vida que a su vez habrá de tropezar con los azares imprevistos, los recodos de los que no tuvimos tiempo de ser advertidos, los abismos, los cielos negros, los destellos de luz que pueden despertarnos o enceguecernos. Lo indeterminado, lo que nos separa de toda predestinación y hace del destino algo que saldrá a nuestro encuentro para bien o para mal, no puede saberse. Eso que hace de cada uno la diferencia absoluta, es en cierto modo aquello que convierte al psicoanálisis en una experiencia única, incomparable con toda otra praxis terapéutica.

Nadie puede sobrevivir, mantenerse en la vida, en el sentido subjetivo del término, sin que algo venga en su auxilio. Al inicio, en ese desamparo donde se nos revela la soledad primera y última de nuestro ser, está el Otro. El Otro que nos tenderá la mano, nos abrirá la puerta, o por el contrario nos dejará caer como una piedra en el vacío. Allí, en ese tiempo que no se corresponde con ninguna cronología, la primera célula de la posición subjetiva empieza a latir y multiplicarse.

De la inmersión en el puro goce informe del cuerpo habrán de surgir los orificios, caminos de tránsito que van delimitando lo interior y lo exterior, incluso aquello que ni siquiera puede distinguirse como fuera y dentro, sino que es ambas cosas a la vez.

El oscuro deseo del Otro, las palabras trazadoras de los años infantiles, la refundación del cuerpo libidinal de la pubertad y la adolescencia, las aventuras y desventuras de los amores y los odios. Cada vicisitud requiere de algo a lo que aferrarnos.

Retomo mi pregunta. ¿Qué cosas salvaron mi vida, me rescataron, pusieron un límite a la angustia, sostuvieron ese “duro deseo de durar”? Muchas cosas. Evoco en mi infancia y adolescencia a quienes oficiaron de hermanos, el refugio de los libros, algunos maestros. Y The Beatles, que fueron y siguen siendo la música de mi vida. La música que cambió el mundo. La música que no puede encerrarse en ningún género porque los comprende a todos y a la vez a ninguno.

Hay obras, unas pocas, que forman parte de la eternidad. Como lo expresó Borges, citando el verso de Unamuno: “Nocturno el río de las horas fluye desde su manantial que es el mañana eterno…”. Cuando leemos que The Beatles fue una banda que comenzó en 1962 y se separó en 1970, uno se pregunta cómo fue posible que en tan solo ocho años cuatro sujetos fueron capaces de introducir en ese mañana eterno una música que para siempre navega “Across the Universe”. Es una pregunta que no tiene respuesta, como tampoco la tiene el orden celestial de Bach o las figuras imposibles de Escher.

En 1977, ya en su carrera solitaria, John Lennon compuso al piano una demo incompleta y casera que tituló “Now and then” y que nunca acabó. Pero así y todo, la maravillosa y sencilla belleza de su melodía y su letra fue escogida por los restantes exmiembros de la banda, Paul McCartney, Ringo Starr y George Harrison (que falleció en 2001) tras el asesinato de Lennon en 1980. La idea era convertirla en una retrospectiva de The Beatles, que incluiría “Free as a bird” y “Real love”. Pero debido a la baja calidad del sonido, “Now and then” permaneció casi tres décadas olvidada.

El 2 de noviembre de este año, McCartney (no en vano calificado como el Mozart del siglo XX) junto con Ringo Starr decidieron lanzar esa canción empleando la tecnología de Inteligencia Artificial (¡por supuesto que con ella pueden realizarse también prodigios!) para incorporar la voz de John Lennon y la maestría de la guitarra de George Harrison. El resultado es tan conmovedor, que ni todo un río de lágrimas ni el río de Heráclito, que es metáfora del tiempo y el cambio y la diferencia absoluta, alcanzan, al menos a mí, para evocar eso que forma parte de las cuerdas que contribuyeron a anudar algunos momentos de mi vida.

En esta época de tinieblas y degradaciones, en esta tétrica involución de la civilización que Freud supo retratar sin retroceder ni un ápice en su coraje, celebro que aún podamos refugiarnos en lo sublime, en lo que al menos por un instante nos reconcilia con la dignidad de vivir, sin desviar la mirada.