Perros sueltos de la clínica psicoanalítica
Parte 2
III.
Muchas veces la intención borgeana es rebatir una tesis filosófica utilizando la técnica de reducción al absurdo. En el cuento “Funes el memorioso”, Borges logra una apabullante refutación de la tesis del nominalismo. Según esta doctrina no tenemos, por ejemplo, una idea (o imagen mental) de ‘El Perro’, sino de perros particulares y concretos, que son machos o hembras, de tal o cual raza, tamaño, color, etc.
Adentrémonos en el cuento de Ficciones. Un día lluvioso, Irineo Funes, un muchacho de pueblo, perdió el conocimiento al caer de un caballo; cuando lo recobró, algo había cambiado: “El presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales”. Ahora su percepción era infalible; y su memoria, absoluta y completa. El mundo se transformó en una agotadora sucesión de ínfimos detalles. Así, “no sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente).” Funes pasó a vivir en un mundo absolutamente ‘nominalista’, formado por acumulación y asociación de imágenes particulares. Podemos sospechar que el pobre Irineo no era capaz de pensar. “Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos”.
El esquema divino del universo es impenetrable. Con su idioma analítico, Wilkins planeó un esquema humano, vago y contradictorio, por cierto. Volviendo a nuestro problema, nos preguntamos entonces, ¿cuál sería el esquema humano de la nosografía psicoanalítica? ¿Nos llevan la teoría y la clínica actuales a seguir sosteniendo el esquema tripartito clásico? A partir de las concepciones del nominalismo y el universalismo, ¿podría pensarse un primer momento ‘nominalista’, en el que recibimos al paciente en su particularidad, sin compararlo con nadie, como lo inclasificable por excelencia, y un segundo tiempo ‘estructuralista’ (no decimos ‘universalista’), en el que referimos el caso a la existencia de estructuras clínicas, y quizás luego otro momento en el que sea la particularidad (o la singularidad) lo que nos oriente?
El riesgo que conlleva no prestar atención a este asunto es caer en clasificaciones inconsistentes; o confundir el ‘caso por caso’ con la lógica (ilógica) de la metonimia irrefrenable que domina la mente del ‘nominalista’ Funes; o peor, sostener ‘clasificaciones chinas’, como el abominable manual psiquiátrico DSM.
Para evitarlo intentamos ‘pensar’, es decir, proceder mediante generalizaciones y abstracciones con una lógica inteligible. Entonces reconducimos el problema a la tripartición ‘neurosis-psicosis-perversión’, o acudimos a las nociones de ‘intervalo y holofrase’, ‘mentalidad y anudamiento’, ‘lógica del signo y lógica del significante’, y otras más.
¿Qué hacer cuando a través de algunas palabras se desliza algún tinte de un sujeto? Si por un momento creemos saber dónde está ese sujeto y pretendemos atraparlo, cuidémonos cuando armemos clasificaciones diagnósticas; o nuestros pacientes podrían quedar como ‘obsesivos embalsamados’, ‘lechones de borde’, ‘sirenas no transferenciales’, ‘parafrénicos que se agitan como locos’, ‘histéricas que de lejos parecen moscas’, ‘hipocondríacos no incluidos en esta clasificación’, ‘etcéteras fabulosos’…