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  • Diario Digital | domingo, 14 de abril de 2024
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Perderse o dar el salto

Luis Darío Salamone, Psicoanalista
Luis Darío Salamone, Psicoanalista
Perderse o dar el salto

Søren Kierkegaard consideraba que uno de los más grandes peligros de la vida era la pérdida de la individualidad. Podemos llegar a perderla paulatinamente, sin darnos cuenta, sin percatarnos. 

Søren pensaba que había dos formas de perderse: en lo finito y en lo infinito. Uno se pierde en lo finito cuando las elecciones diarias se dan de acuerdo a lo que el Otro espera de uno. Esto puede marcar toda una existencia, a veces se elige lo que se va a hacer el resto de una vida por alienación a los intereses del Otro. 

Desde el psicoanálisis es uno de los puntos que consideramos a partir de la constitución misma del deseo en el campo del Otro. El deseo es deseo del Otro. Uno puede desprenderse un poco de esa constitución, pero en ocasiones la alienación puede verse reforzada cuando la neurosis se       desencadena. 

Perderse en lo infinito es hacerlo en las múltiples posibilidades que se tiene cuando se trata de tomar una decisión: qué hacer, dónde vivir, con quién. Las posibilidades son infinitas, pero la vida no. Si elijo algo, elimino todo lo otro que estaba en el campo de mis posibilidades, por eso resulta tan difícil tomar decisiones. Esta dificultad de hacer una elección también suele ser una encrucijada neurótica. Decidir implica soportar una pérdida. El sujeto neurótico prefiere que el Otro decida por él, o que elija la vida; resulta muy raro que eso llegue a coincidir con su deseo, el cual permanece ignorado. Suele ir, como lo plantea Fitzgerald, cual bote contra la corriente, irremediablemente arrastrado hacia el pasado. Sigue los lineamientos de un programa de goce que lo lleva a la repetición, sin posibilidad de inventiva.  

No poder decidir es poner la vida en pausa, lo cual puede durar años, o toda la vida. Cuando no se puede tomar una decisión, la vida queda en una pausa indefinidamente. 

Para el filósofo danés, lo que nos orienta es la verdad. Pero no la del Otro, sino aquella lograda de una congruencia entre la forma de pensar y de vivir.   

Kierkegaard nos da un punto de apoyo posible para las decisiones. Si me baso en lo racional, en los criterios del mundo, dejo que el mundo elija por mí. Por eso lo más racional es elegir irracionalmente, elegir según la pasión. Para eso hay que dar lo que él llamó un salto de fe. La fe en Kierkegaard tiene que ver con una voz interna. 

El psicoanalisis nos permite dejar de lado la influencia de lo religioso que marcó al pensador danés y nos regala un concepto precioso para orientarnos dónde poner el acento a la hora de tomar decisiones: el deseo. En lugar de tener fe, propone la confianza en el inconsciente y el des-ciframiento de nuestros síntomas, lo cual nos permitirá independizarnos de ellos o utilizarlos como una palanca para la realización de nuestros deseos. Como escribió Kierkegaard, actuar a partir de “una verdad que sea una verdad para mí”.   

NOTA:  Para cualquier consulta o comentario contactarse con la responsable de esta columna, Claudia Méndez Del Carpio (psicóloga), al correo electrónico [email protected] o al celular/ WhatsApp (+591) 62620609.