Otros huacos retratos: cuando migrar a España te acerca a la Pachamama
La historia de tres warmis —peruanas, migrantes, artistas, indígenas, rebeldes— que descubren en la reconciliación con sus orígenes indígenas una forma de vida y de resistencia antirracista frente a la discriminación.
Jackeline Sosa, Johanna Casafranca y Juliette Robles comparten más que su origen peruano, su color marrón y su vida en Madrid. Una llegó a España siguiendo un amor y terminó en situación administrativa irregular. Otra migró siendo joven para reunirse con su familia y la última nació en Barcelona, pero nunca fue aceptada por sus rasgos físicos. Las tres warmis (mujeres) indígenas y andinas redescubrieron sus orígenes siendo adultas, como una búsqueda interna que nació de las ansias de pertenencia y del rechazo de su entorno. Son las nietas de una generación que dejó la sierra y la costa para encontrar un mejor futuro, y las hijas de padres que olvidaron su idioma nativo para camuflarse en la ciudad.
Las tres comparten el arte como herramienta de desahogo y resistencia. Son cantantes, escritoras, artesanas y activistas. Desde su cultura impulsan el movimiento antirracista en España, que aún se mantiene en el centro de las discusiones a raíz del crecimiento de la extrema derecha y de grupos neonazis, como Núcleo Nacional que marchó ayer en Madrid difundiendo mensajes xenófobos.
La migración marcó un nuevo despertar cultural para estas tres mujeres. Ellas se reconcilian con sus raíces, reconectan con la Pachamama (Madre Tierra), curan las heridas de la discriminación y reivindican su identidad indígena en Europa.
ICHMA WARMI
La hoja de coca es un lujo en España, dice Jackeline Sosa (45, Lima). Esa planta, que crece en la región yungas de Sudamérica y cuyas hojas de forma elíptica y color verde intenso son símbolo de las culturas andinas, es un artículo difícil de encontrar en Europa, al otro lado de su lugar de origen.
Por eso Jackeline cuida cada hoja que encuentra, de vez en cuando, en Usera, distrito donde está la comunidad boliviana en Madrid. Las mejores las guarda para las ofrendas que realiza a la Pachamama y las que le quedan las mastica, como es costumbre en su país natal, Perú, y otros vecinos, como Bolivia, Ecuador y Colombia.
Extraña esa facilidad con la que se puede encontrar una bolsa de coca en su país, donde es común chacchar (masticar) la hoja para aliviar malestares generales y recargar energía para las largas jornadas de trabajo. Algo similar le pasa con el quechua, el idioma nativo de sus abuelas, que terminó aprendiendo, por ahora solo lo necesario para realizar las ofrendas a la Pachamama, tomando cursos cuando era adulta.
—Mis abuelas fueron dejando de hablar quechua, solo hablaban en casa. Era una manera forzada del sistema político y cultural de Lima que te hace avergonzar de tus lenguas nativas.
Jackeline ahora se hace llamar Ichma warmi, que significa ‘mujer ichma’ traducido del quechua y representa a la cultura preincaica Ichma que basó su reino en lo que hoy es la Lima metropolitana. Los restos del complejo arqueológico Armatambo están a menos de una hora de su anterior casa en Perú. Recuerda que mientras se cruzaba con las seis huacas (templos ceremoniales) de los Ichma logró su primera conexión cultural y eso la motivó a fundar el colectivo Ichmay Tampu, dedicado a la conservación de estos restos catalogados como patrimonio por el Ministerio de Cultura de Perú.
Su vida en Lima estaba alejada de aquel reino preincaico. Llevaba una vida citadina en la que no se hablaba quechua, no se hacían rituales de ofrenda a la Pachamama y a veces escuchaba las quejas de sus familiares por el arribo de los nuevos migrantes de la sierra y la costa.
Desde que fundó el colectivo Ichmay Tampu, en 2012, comenzó a hacer los rituales de ofrenda a la Pachamama y se fue acercando a las figuras de sus abuelas Saturnina y Dolores, las dos mujeres quechuahablantes que vestían con pollera y recogían sus cabellos en dos trenzas.
—Fui más consciente de dónde soy, de dónde vengo y por qué, por accidente, nací en la capital. Fui efecto de la migración interna de muchos pueblos andinos del Perú que tuvieron que ir a la capital para poder sobrevivir porque en el interior escaseaba el trabajo.
Con esa primera migración en el linaje se perdió el quechua nativo y las costumbres, las mismas que ahora Jackeline rescata en Europa como una forma de revalorización y de reconciliación familiar.
La sensación de rechazo por su origen andino y sus rasgos físicos comenzó antes de llegar a España. Un día, hace más de 10 años, Jackeline le dijo a su familia que se iría al Carnaval de Oruro, en Bolivia, a vender sus artesanías. No volvió hasta seis años más tarde después de pasar por Brasil y Francia.
La pequeña estadía por Bolivia se transformó en un recorrido por diferentes departamentos durante meses. Luego pasó por la frontera hasta Brasil, donde sintió por primera vez la discriminaron por su color de piel y sus rasgos andinos, cuenta, y se quedó dos años en Río de Janeiro hasta que se fue a Francia siguiendo a su novio de aquel entonces. La situación política le impidió volver a Brasil y se mudó a España donde comenzó su catarsis cultural.
Jackeline estudió Historia del Arte y unos ciclos de Periodismo en Perú. Durante su estancia en Brasil cursó teatro experimental y fue parte de festivales haciendo performance.
Sus estudios profesionales, su habilidad para hacer artesanías en cuero y el dominio del inglés y el portugés poco le sirvieron cuando se quedó en situación administrativa irregular en España. Dejó sus herramientas para hacer artesanías y comenzó a cuidar niños y limpiar casas para pagarse un piso en Madrid y cubrir sus gastos básicos mientras comenzaba su propia travesía migrante para conseguir la residencia.
—Ahora tú sales a la calle y encuentras mucha gente marrón racializada, pero cuando yo llegué se veía muy poca. Aquí también te hacen dar cuenta que eres una presencia incómoda para los españoles.
El ejercicio de los usos y costumbres de las personas migrantes está sujeto a su situación legal en el nuevo país al que llegan, explica Erik Guerrero, abogado, activista y migrante mexicano de origen indígena que vive hace más de 20 años en Madrid.
Según Guerrero, mientras los migrantes están en situación administrativa irregular se sienten frágiles, tratan de pasar desapercibidos y no llamar la atención, como le pasó a Jackeline los primeros años que estuvo en España.
Mientras vivía en Brasil y Francia, Sosa comenzó a investigar sus orígenes más allá de su nacimiento en Lima y apenas se mudó a España se dio cuenta que su camino no era una “casualidad”. Acudió a la Asamblea Descolonicémonos 12 de octubre Nada que Celebrar, donde halló, por fin, su ayllu (familia). Pidió que le manden el traje de ñusta cusqueña (princesa andina) de su abuela junto con una de sus polleras, comenzó sus clases de quechua a distancia y volvió a chacchar (masticar) la hoja de coca.
—Lo hice como modo de resistencia. En todo ese proceso fui cogiendo más fuerza, en Brasil, en Francia y mucha más fuerza en España. Iba siendo cada vez más consciente de dónde venía, quiénes eran mis abuelas. Iba reforzando mis raíces, la lengua, la ropa, la cosmovisión.
Erik Guerrero explica que el cambio en la figura legal de los migrantes les posibilita hacer la demostración pública de sus raíces, y eso es lo que luego los sostiene anímicamente. Esta ambigüedad identitaria en la que se encuentran durante los primeros años de su reubicación geográfica también se entiende desde la concepción de comunidad.
En los siete años que Jackeline vive en España retomó su trabajo como maestra ritualista de los colectivos a los que pertenece, algo que aprendió en Perú mientras era activista. Se encarga de las ceremonias de celebración y de agradecimiento, como el Inti Raymi (tributo al dios Sol), el Killa Raymi (fiesta de la Luna) y el Año Nuevo Andino cada 21 de junio.
En Madrid, a casi 10.000 kilómetros de distancia de las ruinas arqueológicas de los Ichma en Lima, Jackeline arma las mesas de ofrendas a la Madre Tierra, se va a algún bosque, pide permiso a los cuatro puntos cardinales, toca el pututu (instrumento de viento andino) y pone las hojas de coca. Junto a su nueva comunidad, agradece, pide por las lluvias y las buenas cosechas en España y en Sudamérica. Luego, canta en quechua y termina el ritual compartiendo alimentos con su ayllu.
Y en cada ceremonia sus abuelas están presentes. Se pone el traje de Saturnina, se peina dos trenzas y acumula hierbas como lo hacía ella.
—La habitación de mi abuela siempre tenía un olor característico. Ahora me he dado cuenta que mi habitación huele igual porque me he vuelto una hierbera, ando con hierbas por todas partes como ella. Me he vuelto mi abuelita.
Ahora que ya tiene papeles, trabaja como consultora de cooperación internacional en proyectos enfocados en mujeres, descolonialidad y antirracismo. También hace acompañamiento a colectivos y ONG sobre violencia racista y es una activista acérrima.
Si bien construyó su propio entorno en España, extraña su vida en Perú. Hace un año que está en proceso de retorno, poniendo todo en orden y buscando opciones en su país de origen al que quiere volver siendo más parecida a Saturnina de cuando salió.
—Hay que honrar sus vidas y no solo por ellas, sino también por las futuras generaciones porque la migración sigue avanzando. Hay muchas personas que han nacido aquí, son marrones y negras, pero tienen el DNI español, hablan como españoles, pero fenotípicamente no lo son. Esas generaciones están en el limbo de la búsqueda de su identidad, por eso hacemos este acto de refuerzo, para que tengan fuerza y continúen con la resistencia.
Sin saberlo -o quizá sí- Jackeline describe a Juliette.
HUACO RETRATO
Juliette Robles (34, Barcelona) es una mujer española que vive en su país de nacimiento y que no tuvo que pasar por la travesía, muchas veces amarga, de conseguir los papeles para quedarse a vivir allí. Pero nunca se sintió en casa, nunca encontró comunidad. En el colegio, sus compañeros le remarcaban, cada vez que podían, casi siempre de forma hiriente y agresiva, que no era parte de ellos. Su rostro fenotípicamente andino la delataba.
Es hija de migrantes peruanos que llegaron a España a finales de la década de 1980 cuando aún no era tan común migrar. Dejaron una historia familiar de trabajo en la sierra peruana para construir un mejor devenir económico y social, sin que eso le garantice a la hija del matrimonio una infancia más feliz. Fue todo lo contrario, cuenta. Y no cambió hasta que un día, cuando ya era adulta, leyó el libro “Huaco Retrato”, de la escritora y periodista peruana Gabriela Wiener, y se dio cuenta que podía enaltecer el rostro que tanto la había condenado. Por fin, dice, se encontró con sus semejantes y se sintió parte de algo.
Elvira Espejo, directora del Museo Nacional de Etnografía y Folklore de Bolivia, artista plástica, tejedora y narradora de la tradición oral quechua y aymara, explica que las personas indígenas no están relacionadas con el concepto de patria y por ende tampoco con las fronteras establecidas por los estados. Por ello, su desarrollo surge a partir de su vinculación con la tierra y con la comunidad; no se concibe la vida individual. Esa sensación de colectividad era la que le faltaba a Juliette en Barcelona.
Robles es cantante profesional. Estudió Sociología en la Universidad de Barcelona, aunque se enfoca por completo en el arte. Reconoce que, en comparación con sus padres, es una privilegiada que pudo acceder a una buena educación y dedicarse a lo que le gusta hacer. Pero ser artista no ha sido otra cosa más que una herramienta para sanar viejos dolores y reconectarse con su historia familiar olvidada en el Perú.
Su padre migró a finales de 1980. Sus estudios de contabilidad no le sirvieron de mucho porque no tenía papeles y le tocó trabajar de forma irregular. Unos años después llegó su mamá. En España, ambos omitieron su origen quechua y la historia de su familia en Apurímac dedicada al cultivo de la tierra en sus chacras.
—Mi padre no me enseñó a hablar quechua, no quería que yo aprendiera porque es una lengua de los países andinos y se cree que pertenece a lo no culto, a la pobreza, al campo, a lo no blanco.
Y aunque sus padres intentaron que Juliette lleve una vida común en Barcelona, no pudieron. Sus compañeros y algunas maestras de colegio le hacían saber que no pertenecía, no del todo. Recibía bullying, aunque en esa época no se manejaba el concepto, la maltrataban física y psicológicamente. Recuerda que una vez una profesora le quitó el pupitre como castigo porque no recordaba cómo escribir en catalán luego de un viaje que hizo a Perú. Tenía seis años.
Así fue que su búsqueda interna de reconexión con su origen y la reivindicación de su cultura nació del dolor, dice, y de un intento, casi desesperado, por sanar. Eligió la música como paliativo.
Juliette estudió canto coral en el Palau de la Música Catalana desde que tenía seis años. Aunque la música clásica le gusta, cuando era joven quiso explorar otros géneros y acercarse más a las melodías peruanas.
—Sentía que me faltaba algo que me representara más. Buscaba mediante el arte lo que más amo, esa conexión, una realidad diferente.
Comenzó a hacer fusiones entre la música de la costa peruana y el folclore argentino para luego pasar a las tonadas andinas.
Mientras empezaba a componer sus canciones se acercó a los conceptos de descolonialidad, cosmovisión andina, ayllu, comunidad, Pachamama. De lo conceptual y teórico pasó a poner en práctica aquello que aprendió a través de rituales y ofrendas, primero de forma personal y ahora en colectividad.
—Ha sido algo vital que me ha ayudado a crecer y abrir el corazón (...). La cosmovisión andina me ha ayudado a encontrar paz, a poder perdonar, encontrar comunidad, abrazar todo lo que viene, sea bueno o malo.
En sus 34 años de vida, Juliette visitó Perú en cuatro oportunidades, cuando tenía 6, luego a los 11, a los 18 y finalmente a los 30. La primera y la última fueron experiencias que marcaron su historia personal y la enfrentaron con los dos sitios de su origen.
Cuando llegó por primera vez vio que había otros niños como ella, marrones, con los que podía jugar sin sentirse rechazada. No quería volver a España. El mes que estuvo en Lima fue muy feliz, recuerda.
Al retornar a Barcelona, al colegio, a la vida de hija de migrantes, se deprimió. Llamaba por las noches a una tía en Lima y le pedía, llorando, volver.
La última vez que viajó a Perú lo hizo sola. Ya estaba en proceso de reconexión cultural y organizó un viaje por la cordillera de los Andes. Lo que empezó como una experiencia “hermosa”, se transformó en un trauma. Mientras hacía su recorrido fue víctima de violación por parte de otro músico peruano. Presentó la denuncia ante el Ministerio Público de Perú y el proceso aún continúa abierto.
Cuenta que en el momento del hecho pidió ayuda en la Embajada de España para activar un protocolo existente de ayuda a ciudadanos españoles víctimas de violación en el extranjero para poder repatriarse. Pero el Estado le dio la espalda.
—Me quedé sola, agobiada con un proceso legal que fue doloroso. Volví con mucho dolor porque esta vez España me había negado todos mis derechos. Desde pequeña venía arrastrando todo ese odio, ese rechazo, como que no era española. Y cuando el sistema te niega, todo se va a la mierda.
Días después del abuso y en medio de una mezcla de emociones, llegó a sus manos el libro “Huaco Retrato”, en el que su autora, Gabriela Wiener Bravo, relata la historia de su bisabuelo Charles Wiener, explorador judío-austríaco que llegó a Perú y se llevó una inmensa colección de huacos hasta Europa a finales del siglo XIX.
Un huaco retrato es una pieza de cerámica prehispánica que buscaba representar un rostro indígena con la mayor precisión posible, describe Gabriela en el texto en el que describe su propia experiencia con relación a llevar un apellido extranjero y ser fenotípicamente andina, pertenecer a la descendencia bastarda de un hombre racista que llegó a Perú a apropiarse de su historia y presentarla como suya.
—Yo vi en el robo de esos huacos, el robo de mi identidad.
Al leer el libro de Gabriela, Juliette sintió que leía parte de su propia historia:
“Durante mucho tiempo, de niña y adolescente, quise sentirme más Wiener que Bravo, porque ya intuía que eso me daría más privilegios o menos sufrimientos, pero mis evidentes rasgos físicos, el color marrón que me hace india en España y ‘color puerta’ en Perú, me hicieron una Bravo más. Cuando vine a vivir a Madrid y supe lo que quería decir sudaca no me sorprendí. En Lima muchas veces había oído asociar mi color de piel con el color de la caca”, dice Wiener en un fragmento del texto.
Juliette contactó a Gabriela Wiener para hacer su propio huaco, representar en aquella práctica ancestral su corporalidad y abrazarla. Durante un taller en Sudakasa, un espacio para migrantes latinoamericanos en Madrid, lo materializó.
—Quería enaltecer el rostro que tan difícil me había hecho la vida.
Después de esas experiencias, de enojos y reconciliaciones, una y otra vez, con Perú y España, comenzó a trabajar en su nuevo disco llamado “El Gran Río” en el que cuenta el viaje entre ambos continentes, cruza el ‘charco’ simbólicamente y habla de sus emociones.
Juliette dice que está sanando sus heridas y las de su familia. El quechua que fue olvidado como modo de supervivencia por sus padres, ahora lo usa para cantar y comunicar sus sentimientos con una voz magnética, fuerte, poderosa. Ahora vive en Madrid, donde la gran cantidad de migrantes latinos la hace sentir en comunidad.
—Me siento mucho más representada y abrazada. Encontré la paz de poder entender, aceptar, perdonar. Me ha hecho una mejor persona.
AMARU CARTONERA
Johanna Casafranca (37, Lima) nunca se había cuestionado sus orígenes hasta que llegó a España y se dio cuenta que era diferente. La migración no era nueva para ella. Su bisabuelo fue un líder político indígena de Cusco al que poco se rememoraba en la familia, sobre todo cuando las siguientes generaciones se mudaron a Lima y menos aún cuando su abuela se fue a España. Pronto, su entorno familiar más cercano estaba acomodado en Madrid y había empezado una nueva vida que estaba desconectada de sus orígenes.
Elvira Espejo explica que las comunidades indígenas entienden su existencia a partir de la relación con la Madre Tierra, lo que marca sus prácticas y su forma de relacionarse con los otros. Por esto, cuando se ven obligados a migrar y dejar sus ayllus se presenta un quiebre en su identidad, que se va agudizando conforme pasa el tiempo.
Durante un recorrido por el Museo de Orsay en París, Johanna vio el cuadro “Mujer con sombrilla mirando a la izquierda” de Monet y le dio su propia interpretación. Cuenta que aquella figura femenina se estaba conectando con sus raíces y sintió que eso era lo que le faltaba, reencontrarse con su identidad quechua pérdida en los años. Así nació Amaru.
Johanna es artista visual, escritora, activista lesbiana, fundadora de la editorial Amaru Cartonera, por la que adoptó el nombre, y de la imprenta feminista La Nueva Equitativa, que funciona en Cusco y está inspirada en la imprenta de la escritora indigenista Clorinda Matto Turner.
Pertenece a un matriarcado migrante. Su abuela se fue de Lima hacia Madrid en la década de 1990 y poco después migró su madre para dedicarse, ambas, al trabajo doméstico y allanar, de alguna forma, el camino para que Johanna y sus hermanas puedan estudiar en España.
—Cuando llegué me ubiqué en un escenario más amplio porque en el lugar de donde venía nunca me había cuestionado mis orígenes. Creo que muchas personas, empobrecidas por el capitalismo, somos huérfanas de historia. Yo lo veía en mi familia. No tenía realmente una consciencia de nuestra identidad hasta llegar acá y reconocerme como una mujer marrón, ver mi pigmentación, mi verbalidad, la cosmovisión que llevo dentro.
Cuando se mudó a Madrid, con 19 años, comenzó su trabajo de introspección. Dice que eligió reconectarse con sus raíces desde lo político así que se fue involucrando con las luchas indígenas desde España antes de iniciar su retorno a Perú.
Durante su primera estancia en Madrid atravesó por varias situaciones que la empujaron a buscar sus orígenes. Sus familiares más cercanos nacieron en Lima y no estaban vinculados directamente con su identidad quechua, no hablaban el idioma ni seguían las costumbres. Eso profundizó su desconexión y aumentó sus ansías de respuestas sobre su linaje.
Para Elvira Espejo, la reconexión y revalorización que hacen algunos migrantes de sus orígenes depende de cuánto conocimiento previo hayan absorbido de su cultura. Si bien Johanna tenía un bagaje reducido por el alejamiento de su familia, decidió usar sus herramientas para rearmar ese vínculo.
—Yo sentía que la tierra me hablaba, que me decía que tenía muchas cosas que aprender y no estaban acá.
Así, seis años después de haber llegado a España, dejó un trabajo estable, una comunidad de amigos cercanos y volvió a Perú a buscar la reconexión con su ancestralidad indígena.
Al volver a Sudamérica, recorrió Chile, Bolivia, Ecuador y todo Perú hasta instalarse en Cusco, donde su bisabuelo había nacido. Comenzó a incursionar en todo tipo de prácticas ancestrales y rituales de sanación, tanto andinos como amazónicos, porque se quería alejar del pragmatismo europeo. Estuvo en la selva por meses, en los que probó hierbas, se desintoxicó, aprendió a hacer ungüentos y a curarse ella misma en lazo con la tierra.
—Fue una experiencia muy profunda. Me ayudó a reconectar no solo con mi ancestralidad, sino también a sanar muchas cosas que ni siquiera podía tratar en terapias tradicionales.
Vio de cerca la precariedad y eso reforzó su labor activista en defensa de los pueblos indígenas, el feminismo y la comunidad LGBTIQ+. Su principal herramienta desde entonces es el arte.
Los 13 años que permaneció en Perú antes de volver a Madrid hace tres meses cambiaron por completo a la mujer que se fue buscando sus raíces. Ahora las expresiones de su identidad indígena son su forma natural de relacionamiento con los otros. Brinda con la Madre Tierra, le sopla a los ancestros, usa la hoja de coca en las ceremonias.
—Ya no puedes divorciarte de ese conocimiento porque estás demasiado conectada con esa sabiduría ancestral y con la representación simbólica del entorno. Para mí esto es más que una resistencia, es una manera de vivir.
Johanna volvió para acompañar a su abuela que presenta algunos problemas de salud. Apenas llegó, le hizo una limpieza con hojas de coca. A diferencia de otros migrantes, la mayor parte de su familia está en España, lo que la mantuvo estos años en una dicotomía entre sentirse en casa mientras estaba en Perú, pero tener sus afectos al otro lado del mundo.
Dice que en esta segunda migración siente el llamado del matriarcado al que pertenece y que la necesita. Decidió, también, que era momento de compartir lo que aprendió estos años y “revolucionar” el modelo europeo acompañada de otras mujeres migrantes con las que se fortalece mutuamente en colectivos y movimientos civiles en Madrid.
—Hemos vivido un proceso de colonización que llegó con conocimiento que quiso tapar al que teníamos, pero hemos resistido y ahora somos nosotras las que viajamos a su territorio y les traemos toda esta información. Creo que es parte de nuestra venganza histórica revolucionar su sistema de creencias.
El trabajo que hizo en Perú le permite ahora continuar con su labor a distancia. La imprenta La Nueva Equitativa sigue funcionando en Cusco y se encarga de apoyar a artistas emergentes y autores independientes. Johanna diseña libros en Madrid que se imprimen en Cusco, con lo que logra entrelazar a los dos mundos a los pertenece.
Ahora conoce cuál es su misión, aquella que se fue a buscar al Perú. La comunicación es su forma de conectar y los libros son el vehículo que elige para trascender y reivindicar su identidad indígena en Europa. Esa es su forma de hacer justicia.
Jackeline, Juliette y Johanna convirtieron a la Pachamama en su refugio y trinchera de resistencia en un país en el que aún marchan para recordarles que son diferentes.
Este reportaje fue realizado como parte del taller Cambiar la Mirada. Nuevas narrativas sobre migración, coordinado por Eileen Truax, en alianza con Factual, ONU-Derechos Humanos, la Universitat Autònoma de Barcelona y CER-Migracions.