Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 05 de julio de 2022
  • Actualizado 14:55

Naturalizar el miedo

Lara Lizenberg, Psicoanalista.
Lara Lizenberg, Psicoanalista.
Naturalizar el miedo

En el común de los casos, no vivimos pensando en la muerte, ni en las guerras, ni en la hambruna. Vivimos las tragedias como historias de fondo. Nos quedan lejanas. Son de otros. 

En general, aunque las durezas existen, pensamos en cosas bonitas, abrazar  a los afectos o la comida compartida, el sol, la siesta, o cualquier cosa en la que nuestra fantasía discurre.

La estabilidad que el fantaseo nos brinda (la posibilidad de no vivir en estado de sobresalto), puede verse perturbada por situaciones cuya magnitud e intensidad tienen una dimensión extraña que se nos impone, una dimensión que muchas veces nos parece tan exagerada como verdadera.

Nuestro vivir en el mundo puede experimentarse de maneras muy diferentes a lo que creemos esperable. Así de irracional es el pensamiento, así de insólito.

Que un virus invada la Tierra, que tenga efectos insospechados, no puede ser menos que aterrador a primera vista. El factor de lo desconocido, sumado al riesgo de muerte, serían propicios para un panorama desolador. Sin embargo, si bien ante la pandemia mundial que atravesamos muchas personas han transitado estos temores, no son menos frecuentes otras tantas sensaciones, incluso de alivio.

En Argentina, algunas personas han sido enviadas a sus casas, ante una cuarentena extensa, a trabajar de forma virtual, lo que ahorra horas de traslado. Muchas de ellas han sentido el beneficio de no atravesar la ciudad y poder ahorrar el dinero que supone salir. Otras se han alegrado de no poder ver a familiares con los que tienen una mala relación y con los que suelen tener contacto por cuestiones exclusivamente formales.

Entonces, el virus trajo el miedo a estar afuera y al mismo tiempo al encierro, a soportar la convivencia 24 horas con nuestras familias, a la salida a las calles cuando los confinamientos fueron flexibilizándose, a sentirnos demasiado bien si no íbamos a trabajar, o a sentirnos mal por eso mismo, al estancamiento en el camino del progreso personal, a la muerte de nuestros padres, a nuestra propia muerte. A ser sobrevivientes.

Entender el miedo implica comprender que el ser humano padece de modo irracional. 

Esto posibilita, al no juzgarlo, poder darle tratamiento al malestar (terapéutico, por ejemplo) y disolverlo. Porque el virus es contingente, pero naturalizar el miedo, tratar de forzarlo a desaparecer en lugar de trabajarlo, intentar seguir la vida con normalidad mientras sufrimos por motivos que no entendemos y nos parecen menores, es la pandemia histórica y silenciosa en la que vivimos confinados.

NOTA: Para cualquier consulta o comentario contactarse con la responsable de esta columna, Claudia Méndez Del Carpio (psicóloga), al correo electrónico [email protected] o al celular/ WhatsApp (+591) 62620609.