Opinión Bolivia Revista Así

  • Diario Digital | miércoles, 03 de junio de 2026
  • Actualizado 22:24

Mujeres chiquitanas atribuyen al cambio climático problemas de salud mental

El aumento de los incendios, los avasallamientos, la contaminación y el calentamiento global, entre otros, aumentan la vulnerabilidad de las poblaciones indígenas. Afirman que no acceden a ningún servicio especializado de psicólogos ni psiquiatras. Piden atención estatal.

Mujeres indígenas durante una marcha para exigir el respeto a sus derechos. NICOLE A. VARGAS
Mujeres indígenas durante una marcha para exigir el respeto a sus derechos. NICOLE A. VARGAS
Mujeres chiquitanas atribuyen al cambio climático problemas de salud mental

Santa Cruz enfrenta, nuevamente, incendios incesantes que devoran los bosques. El cambio climático se agudiza y la sequía azota, poniendo en vulnerabilidad la seguridad alimentaria de las comunidades. Todo esto -y más- sucede frente a los ojos de decenas de indígenas que ven absortos cómo su entorno se consume aceleradamente. Pero, además de la crisis ambiental que atraviesan, también encaran una problemática poco conocida hasta ahora por ellos: las enfermedades de salud mental.

Bernarda Algarañaz, representante de la Organización de Mujeres Indígenas Chiquitanas (OMICH), cuenta que comenzaron a identificar los primeros “síntomas” de ansiedad, cuadros críticos de estrés y depresión cuando llegó la pandemia de COVID-19. No sabían cómo responder ante la emergencia y no entendían qué era lo que les pasaba.

“Empezamos a normalizar el estrés, cuando antes esa palabra no existía para nosotros. Ahora todos andan estresados, desde los niños”, asegura Bernarda, quien es parte de la comunidad Medio Monte y también representa a las mujeres indígenas de San Ignacio de Velasco, en Santa Cruz.

La falta de personal médico especializado es otra barrera para que puedan ser atenidos. “Ni siquiera hay (psicólogos y psiquiatras) a nivel municipio, siendo que San Ignacio de Velasco es grande. No hay especialistas para salud mental. Los pacientes tienen que ser derivados a hospitales de tercer nivel y cuesta llegar ahí, es burocrático”, asevera.

“Hemos visto suicidios en jóvenes del municipio. Es por la salud mental que fue afectada”, añade Algarañaz.

También reconoce que, producto del estrés, algunos indígenas comenzaron a presentar problemas de alcoholismo y los casos de violencia se incrementaron.

ACORRALADOS

La dirigente sostiene que los incendios que viven en la región de la Chiquitanía no cesan y son cada vez más agresivos con la naturaleza y la población. “Vemos que no podemos proteger lo que tanto hemos cuidado”, dice.

De hecho, actualmente hay 23 incendios activos en 10 municipios del departamento de Santa Cruz, incluido San Ignacio de Velasco, donde vive Bernarda. Pese a la lluvia y el trabajo incesante de bomberos, las llamas aún consumen la Chiquitanía. La Gobernación de Santa Cruz informó que hay más de 1.015.834 hectáreas afectadas solo en lo que va de 2024.

Los incendios en la Chiquitanía siguen activos. EL DÍA
Los incendios en la Chiquitanía siguen activos. EL DÍA

Las secuelas de los incendios sumadas a los efectos del cambio climático repercuten en el incremento de la sequía y la falta de agua para el consumo humano. Asimismo, sienten que la crisis económica también los golpea con el encarecimiento de productos básicos.

“Nuestros ríos están secándose. El cambio climático de verdad está afectando y tenemos que tomar acciones”, menciona Algarañaz.

Explica que las mujeres son quienes se encargan de sostener el hogar desde adentro, ya que los maridos salen a trabajar para llevar sustento, lo que imposibilita que compartan tiempo de calidad.

Este contexto en el que viven las mujeres chiquitanas y sus familias repercute en su salud mental, algo que poco o nada se habla en la región. “Pensamos qué podemos hacer para mejorar. Vemos que lo que estamos haciendo no es suficiente. Todo eso nos empieza a afectar en la salud mental”.

La incertidumbre de no saber qué más hacer para frenar el avance de la crisis climática, los incendios, los avasallamientos y la contaminación, entre otros, pone a los indígenas en un estado de indefensión que se traduce en una afectación a su salud mental.

“Vemos a las empresas grandes y no tenemos competencia con ellos. Nosotros tenemos nuestro chaco, nuestro pequeño sembradío. Queremos proteger nuestro hogar y vemos cómo fácilmente llegan las empresas de afuera, privadas, multinacionales, o los avasalladores”, relata Bernarda.

Reclama que no reciben atención médica de calidad, incluso para sus males físicos. “Cuando vamos a los hospitales, no hay insumos, no hay equipos ni infraestructura. Lo peor es que tampoco hay personal médico especializado”, dice.

Si bien este cuadro se repite en muchas partes del país, la dirigente sostiene que en el caso de los indígenas los golpea con más fuerza ya que se suma a otras carencias que tienen.

Como parte de su trabajo para mitigar la crisis tienen huertos orgánicos y continúan con la plantación tradicional de maíz, yuca, frijol y plátano, entre otros. La falta de recursos económicos les imposibilita costear el uso de maquinaria. Por ello, los varones salen a las ciudades o a las estancias ganaderas a trabajar.

Lideresas indígenas de la Chiquitanía durante una marcha. NICOLE A. VARGAS
Lideresas indígenas de la Chiquitanía durante una marcha. NICOLE A. VARGAS

UN PEDIDO DE AYUDA

La Organización de Mujeres Indígenas Chiquitanas hace el pedido a las autoridades nacionales, como el Misterio de Salud de Bolivia, de proporcionar el personal médico y los especialistas necesarios para atender esta problemática. Pero, además, mejorar los planes de prevención.

“Queremos que vengan los especialistas y nos ayuden a detectar estos problemas, darles un nombre, para que veamos qué podemos hacer para no llegar a situaciones mayores, como el suicidio”, indica Bernarda.

El contacto con la naturaleza los ayuda a mitigar los problemas de salud mental, pero sí existen y los sienten cada vez más presentes.

Asimismo, entre sus planes está fortalecer la economía de las mujeres y el trabajo del hogar para garantizar la seguridad alimentaria. Quieren afianzar los lazos familiares para que se vuelvan un sostén de quienes presentan algún problema de salud mental.  

“El cambio climático se ve. Tenemos que trabajarlo. No podemos estar pensando qué haremos después. Hay que tomar acción ya”, sentencia Algarañaz.