Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 22 de mayo de 2022
  • Actualizado 06:11

Maradona, condenado al éxito

Maradona, condenado al éxito

Sigmund Freud se interesó por la psicología social, las relaciones de un sujeto con el otro lo moldean, por eso plantea que “la psicología individual es al mismo tiempo y desde un principio psicología social”. 

Hemos asistido con el fallecimiento de Diego Armando Maradona a un fenómeno social que pocas veces ha sucedido y posiblemente no vuelva a producirse, al menos con un deportista, aunque Maradona era mucho más que eso. Las estrellas del rock y otros géneros musicales lo consideraban de su linaje, y le dedicaban canciones. Era una suerte de rockstar. 

Hay un factor que el psicoanálisis de orientación lacaniana nos ofrece para entender las cuestiones desde otra perspectiva; un concepto que generalmente la sociología no tiene en cuenta, el de goce. 

San Juan De la Cruz luego de escribir y lograr contornear sobre su particular modo de gozar, sentenció: sólo quien lo experimenta puede creerlo. 

Maradona deparaba una modalidad absolutamente diferente al goce, vinculado a su relación con la pelota, pero puede aplicarse igual. Es el tema que dividió las aguas en las opiniones durante estos días. Quienes lo “vivieron” creen en él. Sintieron eso que era capaz de generar ese jugador en la cancha. El “Negro” Fontanarrosa lo expresó muy bien: “La verdad no me importa lo que hizo Diego con su vida, me importa lo que hizo con la mía”.  Un solo hombre fue capaz de hacer que salga campeón un club chico en el campeonato de Argentina, luego lo hizo en Italia, lo cual no era otra cosa que una metáfora de su vida: salir del barro y llegar a lo más alto. También supo sacar campeón a su Selección, los amantes del fútbol pueden entenderlo, difícilmente sientan algo más fuerte en su vida. La confianza que generaba con su presencia no es algo que suceda frecuentemente. A Diego se le creía. Si hasta se formó una Iglesia maradoniana, es decir, se invento una parodia de la religión que lo tiene como Dios. 

Todos podemos opinar. Pero que alguien que no disfruta el fútbol entienda lo que le sucede con Maradona a millones de personas, es como pedirle a alguien que  no disfruta la música que valore a Mozart (había escrito a un sordo, pero no quisiera exagerar). Incluso, es probable que jamás se haya interesado por verlo jugar. 

Más allá de su calidad deportiva, Diego supo mantenerse en la boca de todos con una capacidad increíble para ser el centro de atención, como lo hacía en la cancha. Algunos pensarán que en ese terreno no se manejó tan bien. A juzgar por los resultados no estoy tan seguro. También esto contribuyó a su fama, algo que evidentemente le generaba un goce. Y, según lo ha manifestado, culpa. Pero, desde esa posición estratégica, denunció el turbio negocio del terreno en el que estaba metido, defendió a sus colegas, a los jubilados, a los pobres, sin hipocresía. Para nada hay una divisoria en lo bueno que tiene por un lado y lo malo por el otro. El fenómeno Maradona es mucho más complejo. Aunque como persona también exhibió algunas miserias humanas, demasiado humanas quizás. Diego, como lo planteó Eric Laurent “conoció la muerte subjetiva en esa relación con ese superyó extraño que es la droga.” Esto no es un llamado para que nosotros ocupemos el lugar de superyó como suele jugarse en lo social cuando el goce se desborda. 

El partido más difícil en el que le tocó jugar fue el hecho de ser quizás el hombre más famoso del mundo. Eduardo Galeno explicó que se vinculó con una droga mucho más peligrosa que la cocaína, la “exitocina”. Freud ya lo advirtió en un texto cuyos postulados podemos aplicar en muchísimos personajes célebres: cuando el éxito llega puede ser una condena. Hacerse un nombre no siempre resulta una solución ideal, le deparó en la vida muchas luces y sombras. Ahora le servirá para gambetear esa otra forma de la muerte: el olvido.