Opinión Bolivia

  • Diario Digital | lunes, 24 de enero de 2022
  • Actualizado 22:41

Lupe Navarro, la voluntaria que descubrió su vocación en EEUU y defiende bosques en Bolivia

La bombera, de 45 años, es administradora de empresas, homeópata y fisioterapeuta. Su deseo de ayudar comenzó en Missouri, una zona de tornados. Es parte del grupo de bomberos GEOS.

 Lupe Navarro,    la voluntaria que descubrió su vocación en EEUU y  defiende bosques en Bolivia. NOÉ PORTUGAL
Lupe Navarro, la voluntaria que descubrió su vocación en EEUU y defiende bosques en Bolivia. NOÉ PORTUGAL
Lupe Navarro, la voluntaria que descubrió su vocación en EEUU y defiende bosques en Bolivia

Guadalupe vio de cerca la muerte en la Chiquitanía, cuando las llamas del fuego la rodearon junto a otros  voluntarios más y se vio reducida ante la fuerza natural. Pero fue hasta el deceso de uno de sus compañeros que ‘Lupe’, como la conocen sus amigos, se unió al Grupo Especial de  Operaciones de Salvamento (GEOS) luego de realizar una promesa de vida. Sin embargo, su deseo de ayudar nació en Estados Unidos, mientras trabajaba en una zona de tornados, y se reforzó con los años, tanto así que hoy, a sus 45, lo único que la desanima de su labor es pensar en que algún día dejará de hacerla. 

Para ella, su prioridad es ser voluntaria y los tiempos libres son los que dedica a ejercer su carrera y compartir con su familia. Siempre está lista para atender una emergencia, no importa dónde se encuentre, su mochila de socorro la acompaña. Actualmente, es una de las rescatistas más respetadas, no solo por su arduo trabajo, sino también por su compromiso y entrega. 

Guadalupe Navarro Calderón nació en Oruro, el 28 de abril de 1976. Migró a Cochabamba luego de terminar el bachillerato y, ya instalada en la ciudad, comenzó a estudiar Administración de Empresas en la Universidad Mayor de San Simón. Luego de un tiempo, tuvo la oportunidad de  viajar a Estados Unidos para realizar prácticas a través de un intercambio en un programa de manejo de suelos, en la Universidad de Columbia. 

Paralelamente, mientras se formaba académicamente, nació su deseo de ayudar . Tomó cursos de capacitación en atención de emergencias y desastres ambientales, en Missouri. “Ahí empezó ese lado que no vi, de querer atender emergencias, porque justo vivía en lo que se conoce como el ‘cinturón de tornados’, entonces siempre había emergencias y ahí empecé a capacitarme”, cuenta. 

Posteriormente, volvió a Cochabamba, pero no permaneció mucho tiempo porque migró hasta Alemania, donde vivió durante 10 años y estudió Homeopatía y Medicina Natural. Pero, sin duda, una de las mejores experiencia de su estadía allá fue convertirse en mamá de su hijo Carlo. 

Durante ese tiempo, Lupe mantuvo su rol de activista en favor del medioambiente. Al llegar a Bolivia, en 2016, se unió a un grupo de rescate gracias a la iniciativa de un docente que tenía en la universidad, mientras estudiaba Fisioterapia y Kinesiología. Recuerda bien el primer incendio que atendió: era en el Parque Nacional Tunari, en aquel entonces se mantenía en segunda línea porque aún no tenía la capacitación suficiente. Poco a poco se fue formando y especia-lizando más en la atención de incendios y, en 2018, ya pudo socorrer en primera línea, lo que implica luchar de frente contra las llamas del fuego. “Ser bombero es una profesión. Las capacitaciones, las prácticas y las actualizaciones deben ser constantes. Yo, el tiempo que me sobra, lo doy a mi vida personal o a mi profesión. Generalmente, estoy 24/7 atendiendo las emergencias de GEOS. Alguna vez nos ha tocado atender nueve incendios en un solo día”, sostiene. 

En 2019, recibió uno de los golpes más duros de su labor, algo que le hizo reflexionar, pero, a la vez, reafirmar su trabajo. “En un combate en el Parque Tunari, yo estaba en la cuadrilla de mi camarada Ernesto Nina, y cuando pasó su deceso, yo le prometí cambiarme a su institución (GEOS)”, cuenta sobre el infortunado fallecimiento del joven voluntario que perdió la vida mientras intentaba apagar las llamas. 

Ese mismo año fue a la Chiquitanía junto con el grupo GEOS. La situación que vivió el país fue una de las más críticas de los últimos años. La convocatoria para ir hasta la zona afectada llegó de un momento a otro y ella no dudo mucho antes de viajar, su angustia era tanta que no podía volcar la mirada. “Yo veía cómo los animalitos corrían hacia nosotros, pero estaban buscando ayuda. Ahí sabes que tienes que hacer algo más allá de la visión romántica de defensora. No es fácil perder vidas, somos seres humanos, pero uno debe aprender a manejar todas esas emociones”. 

Esa hazaña casi le cuesta la vida. Lupe estaba junto a una brigada de unas  17 personas de diferentes departamentos en el parque Noel Kempff Mercado. Habían ingresado a combatir el fuego a las 21:00 y salieron a las 15:00 del día siguiente, aproximadamente. Para volver hasta el campamento, tenían que cruzar unos 12 kilómetros. Fue entonces que las llamas volvieron. “Con el viento a esa hora, a 40º C, el fuego nos rodeó. Escuchamos como pipocas reventar los cocos de las palmeras. Y el fuego era como un gato que juega con sus garras con el ovillo de lana”, describe. 

La experiencia de los comandantes de la brigada les ayudó a encontrar una salida y mantenerse a salvo. Sin embargo, el temor de sentir la muerte cerca le quedó marcada. “En este tipo de profesión, 50% vas y regresas, y 50% puede que no vuelvas. El fuego es una fuerza de la naturaleza que uno no tiene control”.

INVERTIR PARA AYUDAR 

La labor del voluntario está lejos de ser reconocida como un trabajo que merece remuneración. En contraposición, requiere inversión cons-tante para equiparse antes de combatir las llamas del fuego. “No recibes una remuneración económica. Es una inversión muy fuerte porque las capacitaciones tienen un costo bastante elevado. Y, muchas veces, los círculos cercanos no entienden que uno dé su tiempo y su dinero para hacer algo y no recibir un sueldo. Pero uno recibe otro tipo de satisfacción, como es salvar una vida, salvar un bosque, porque no podemos contabilizar en monedas las millones de hectáreas que se pierden”, explica Navarro.

Como forma de sustentarse ejerce su profesión de fisioterapeuta y atiende de forma particular, lo que le da más opción de manejar sus tiempos para estar disponible cuando haya emergencias. “Yo me ‘bato’ con eso, atendiendo pacientes de forma particular para poder sobrevivir, pero el voluntariado sigue siendo mi prioridad”, sostiene. 

Pese a que, empoderados con sus trajes de protección los voluntarios parecen invencibles, su realidad es la misma que de cualquier otra persona, tienen familias, hijos y responsabilidades económicas que no son cubiertas por nadie. “He llegado a tener necesidades, sí, porque realmente todo lo que hago es por mi hijo. Lamentablemente, no recibo una remuneración, pero mi prioridad es seguir capacitándome”. 

Cuenta que algunas veces recibió reclamos por su trabajo de bombero y su rol de madre. Pero, en esos casos, Lupe solo atina a responder que, para ella, el mejor legado que uno puede dejarle a un hijo es el ejemplo. “Alguna vez que fui a ayudar cuando era pequeñito (Carlo) y me decía ‘lleva estos juguetes’, los que eran suyos”, relata. 

Combinar ambas facetas eso no siempre es factible, pero, al final del día, es el camino que elige seguir. Cuenta que Carlo aprendió a ser independiente desde muy pequeño. “Me decía ‘mamá anda, el árbolito te necesita’”. 

A veces su familia o algunos amigos se encargaban de cuidarlo mientras ella no estaba, y eso no afectó su vínculo. “Hemos logrado crear un lazo muy fuerte, que se ha reforzado en la adolescencia. Él decidió terminar el colegio allá (Alemania), pero estamos siempre en contacto”, explica. 

Actualmente, su hijo, que ya tiene 17 años, vive en Alemania. Justo esta semana, Lupe viajó hasta el país europeo para reencontrarse con él luego de un año y medio y pasar las fiestas de fin de año juntos.

Entre los planes a futuro de Navarro está, indudablemente, continuar su capacitación profesional. Mientras tanto, sigue yendo a cualquier lugar con su mochila de emergencia siempre lista para socorrer.  

La idea de dejar el voluntariado nunca ha pasado por su mente. De hecho, le duele pensar en que tiene que abandonar esa labor cuando pasen los años. 

“Yo estoy consciente del tema de la edad. Tal vez les doblo la edad a todos los bomberos y por eso mismo me estoy especializando en el área de atención prehospitalaria y técnico medio en emergencias para poder seguir. Mi objetivo es ayudar hasta el final, hasta mi último día”, finaliza.