LECTURAS SUTILES

La desindividualización

ÓSCAR ARLEX QUILLA ZURITA Docente-Investigador oscar.quilla@gmail.com Twitter: @OSCAROKY-369

¿Hacemos juntos lo que no haríamos solos? Cuando se combinan la estimulación, la falta de responsabilidad y se reducen las inhibiciones normales, los resultados pueden ser sorprendentes.  La gente puede cometer   actos, que van desde una simple infracción como arrojar comida desde un automóvil en movimiento, decir malas palabras en un partido de futbol, a situaciones y actos de mayor magnitud como robos, agresiones físicas, destrozo del ornato público, vandalismo, violaciones, linchamientos, brutalidad policial, etc.

El año 1967, en la Universidad de Oklahoma, alrededor de 200 estudiantes reunidos veían como uno de sus compañeros perturbado amenazaba con saltar de una torre.  Sorprendentemente las personas empezaron a corear “salta, salta….” y el estudiante se lanzó finalmente a la muerte.  Este tipo   de conductas sin restricciones tienen algo en común que las caracteriza: emanan o son provocadas por un grupo, donde existe una sensación de excitación al estar atrapado en algo mucho más grande que uno mismo.

Existen, definitivamente, ciertas sensaciones grupales cuando las personas tienden a abandonar sus propias restricciones habituales, pierden su sentido de identidad individual y se vuelven receptivas, permeables a las normas o accionar de conjuntos o multitudes.  A este fenómeno psicosocial Festinger, Pepitone y Newcomb (1952) lo llamaron desindividualización, que consiste en la pérdida de la conciencia de uno mismo y miedo a ser evaluado; ocurre en situaciones grupales que fomentan la respuesta a las normas o accionar del conjunto, sean buenas o malas. 

Ciertamente, la influencia de los grupos es determinante en las personas dado que un grupo tiene el poder no solo de estimular a sus miembros, sino también de hacerlos irreconocibles. Mimetizados en él sus integrantes conciben que su acto es el acto del grupo y que pierden el rostro en la masa; pero como “todos lo hacen” la mayoría atribuirá su comportamiento a la situación, más que a su propia decisión activando así el mecanismo de la predisposición al servicio del yo. 

Este tipo de procesos cognitivos expresados en  acciones se dan de manera frecuente, como lo vemos cotidianamente en las diversas formas de manifestaciones sociales. Estos elementos son conscientes, pero también inconscientes; ambos son igualmente influyentes.  Como lo expresaron (Diener, 1980) y (Dunn-Roggers, 1980-1989) las experiencias en grupo reducen la conciencia de uno mismo y tienden a desconectar el comportamiento de las actitudes.  

Asimismo, las personas desindividualizadas y no conscientes de sí, son menos restringidas, por tanto más proclives a actuar sin pensar en sus propios valores, además de ser más sensibles a la situación. 

Si bien no existen recetas ni fórmulas infalibles en psicología, se puede decir de manera concreta que las personas conscientes de sí mismas, de sus conductas y comportamientos basados en sus propios valores, manifiestan una mayor congruencia entre sus palabras, fuera de la situación y estando en ella. También son más reflexivos y por ende menos vulnerables a los llamados a actuar contra sus valores.  La convivencia en grupo es inevitable, como también lo es su influencia, pero la conciencia de uno mismo y conservar la identidad personal son también parte del proceso. En este sentido, Ralph Waldo Emerson decía: “Ser uno mismo en un mundo que constantemente trata de que no lo seas es el mayor de los logros”.

NOTA: Para cualquier consulta o comentario, contactarse con Claudia Méndez del Carpio, responsable de la columna, al correo electrónico claudiamen@hotmail.com o al  teléfono/whatsApp  62620609.

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