Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 05 de marzo de 2024
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Interior de la mina, un tour por las entrañas del Cerro Rico

Los visitantes que ingresan al cerro, ubicado a 4.800 metros de altura, pueden conocer de cerca el proceso de explotación de minerales. 

Vista panorámica del Cerro Rico, en Potosí./ DOLY LEYTÓN/ TRIPADVISOR/ VIATGELOVERS
Vista panorámica del Cerro Rico, en Potosí./ DOLY LEYTÓN/ TRIPADVISOR/ VIATGELOVERS
Interior de la mina, un tour por las entrañas del Cerro Rico

A 4.200 metros sobre el nivel del mar cuesta respirar. Un ligero dolor en las sienes golpea la cabeza. Las fosas nasales se resienten. Subir es un reto. Un jadeo constante. Un desafío al corazón, los pulmones, la sangre. A 4.200 metros sobre el nivel del mar, el cuerpo tarda en adaptarse.

Potosí es una de las tres ciudades más altas del mundo. Wenquan, China, está a 5.000 msnm, y Cerro de Pasco, Perú, a 4.338 msnm.

En la época de la colonia, esta urbe llegó a tener más de 160 mil habitantes. Gente de todas partes del mundo, especialmente españoles, que llegaron atraídos por la plata del Cerro Rico.

Más de 500 años después, de aquel gigante de 4.800 metros de altura perforado como un panal, continúa emanando riqueza. Y hoy es posible hacer circuitos turísticos, para conocerlo por dentro.

UNA HISTORIA SIN FIN

Historiadores y cronistas de la época cuentan que los españoles que llegaron sometieron a los indígenas con la cruz y la espada. En las minas se estima que murieron ocho millones, en 300 años. A muchos les reventaban los pulmones. Otros morían sepultados. También había quienes se quedaban inmóviles, paralizados por los gases tóxicos.

En algún momento, cuando la ambición no tenía límites, trajeron esclavos de África. En la Casa de la Moneda se puede ver una recreación de cuánto sufrieron aquellos hombres de raza negra, que pertenecían a familias adineradas. “No solo sufrían por la altura, sino por el intenso frío”, dice una guía de turismo.

Y así como se remplazaba caballos y jumentos, que morían por las condiciones climáticas y atmosféricas, se lo hacía con estas personas. Toneladas de metales salían de las bocaminas cada día, para enriquecer a unos pocos.

Con la llegada de la República, la situación laboral no cambió mucho. La esperanza de vida no superaba los 45 años. Los mineros entraban muy jóvenes y salían años después con enfermedades incurables.

En la época de oro del sindicalismo en Bolivia, cuando las huelgas paralizaban el país, lograron reivindicaciones sociales. Masacres como la de San Juan, en Catavi y Siglo XX (1967), diezmaron el número, pero no las ansias por mejores días.

Pero diciembre de 1985 marcó una nueva era. La promulgación del decreto 21060, hizo que perdieran muchos derechos sociales por los que sus padres derramaron sangre. Una hiperinflación sacudía a Bolivia. Víctor Paz Estenssoro asumió el poder y frenó en seco la pérdida del peso boliviano. Una de sus medidas, la relocalización de mineros, que no era otra cosa que el despido de unos 20 mil de ellos, el cierre de algunas minas y la privatización de otras.

Ingreso al interior de la mina./ DOLY LEYTÓN/ TRIPADVISOR/ VIATGELOVERS
Ingreso al interior de la mina./ DOLY LEYTÓN/ TRIPADVISOR/ VIATGELOVERS

UN TOUR POR EL INTERIOR

Kori Mayu, que significa río de piedras, es precisamente una de las cooperativas más antiguas, así como una de las minas que se explota desde hace más de 500 años, según refiere el guía certificado Pastor Alcoba, de la agencia Cerro de Plata.

Ahora se la puede recorrer, sin que ello moleste a los mineros, que se encuentran trabajando en su interior.

La travesía en sí comienza en una plaza, donde hay tiendas, en las que se vende coca, alcohol, gaseosas de marcas poco conocidas y otros productos.

De lunes a viernes, los hombres de mina se abastecen allí de elementos necesarios antes de entrar a sus turnos o puntas, que duran ocho horas. El viernes a mediodía, todos salen para festejar. Les pagan cada 15 días, con lo cual, en fecha de pago –explica Alcoba- van a su casa y, si ganan Bs 5.000, dejan Bs 1.000. El resto es para la celebración.

DESDE EL CENTRO

Con trajes adecuados, botas industriales de goma, casco o guardatojo y una lámpara, la caminata en la bocamina comienza con un ritual. El Tío de la mina aguarda sentado a que le pidan permiso para entrar.

Dice Pastor que la imagen es resultado del sincretismo entre la representación católica del mal, impuesta por los españoles para atemorizar a los lugareños, y Supay, una deidad andina.

Imponente, el hombre de rojo y ojos saltones, está sentado con el miembro viril erecto. A su alrededor, hojas de coca regadas por todas partes; serpentinas de colores en los cuernos; un cigarro en la boca entreabierta.

Los trabajadores le piden concentración, fuerza en los brazos, firmeza al andar y que les permita encontrar mineral. Al final, beben un sorbo de alcohol, luego de compartir un poco con la Pachamama. 

Una vez cumplida la ceremonia, se empieza a caminar hacia el interior. La humedad de la tierra emana un halo de frío. En algunos sectores hay barro, agua con copajira, un ácido de minerales que corroe la ropa, los zapatos y se respira a cada instante.

Cada cierto tramo, hay huecos en los que apenas cabe un cuerpo, allá donde se manda a los mineros con menos experiencia para que busquen producto, por un jornal de 80 bolivianos por día.

Al ingresar a uno, que está en los altos de una escalera, te envuelve un calor sofocante. Como si se hubiera entrado a un horno de golpe. Si retrocede, otra vez frío, humedad, dureza. Casi a la mitad, siempre siguiendo instrucciones, hay un punto de descanso. Aquí también vienen los mineros, a recobrar energías después de dos horas de intensa labor. Es una caverna, con pequeños asientos, debajo de un Cristo crucificado. Así como se pidió “permiso” para entrar, ahora se rinde pleitesía al Dios del bien.

En jornadas normales, los obreros beben gaseosas, tal vez un poco de alcohol u otra bebida similar. Acullican o mascan coca y luego vuelven a trabajar. En ningún momento de su turno comen, porque los gases que emana la tierra mezclada con mineral les causan mal. Solo una vez que salen y van a su hogar, se alimentan y suelen descansar.

VIDA DE MINA

La Ley de Minería establece que para trabajar se requiere como mínimo tener 21 años. Pero aquí rige otra norma, la de siempre, la que se heredó de los antepasados. Este –dice Pastor- es un oficio que se hereda. Minero fue el abuelo, minero es el padre, minero será el hijo.

A los 13 o 14 años, incluso menos, los adolescentes llegan a pedir empleo, especialmente en vacaciones de verano o invierno. Obtener un salario cada 15 días, vale la pena aun cuando se ponga en riesgo la vida.

“Los universitarios vienen, porque dicen: quiero casarme y quiero conquistar a mi chica con plata”, cuenta el guía.

Entonces los contratan para trabajos difíciles, como peones o chaskiris. Ellos van a los lugares más profundos, para arañar la tierra. Si se quedan y suman experiencia, se convertirán carroñeros o aquellos que empujan los carros por los rieles. Ahí les pagarán hasta 140 bolivianos por día. Si se especializan en perforación, su vida habrá cambiado: 200 bolivianos por 45 minutos al mando de una máquina.

Y, claro, al principio hay fuerzas. Emoción por recibir dinero. A veces hasta doblan las jornadas de trabajo. A los 16 o 17 años, muchos forman familias. Tienen hijos, que presumen como trofeos, símbolo de su virilidad. Pasan los años y la mina pasa la factura. Como a los 35 o 40 años surgen los primeros síntomas. El mal de mina, una especie de tuberculosis, que destruye completamente los pulmones.

Hasta hace unos años, las mujeres no podían ingresar a estos sitios. En la creencia andina, el tío fecunda a la Pachamama, y fruto de esa unión, surge una veta de mineral. Si una fémina entraba, la diosa tierra se ponía celosa y escondía todo.

Quizá por eso, desde tiempos inmemoriales, ellas estaban destinadas a rescatar –afuera- lo que dejaban caer sus compañeros. Se llaman palliris y su calidad de vida no es mejor que la de los hombres.

Trabajan con combos, desde los ocho o nueve años. Golpean, extraen, recolectan, venden. En su caso, dice Pastor, enferman con males de órganos femeninos por el sobreesfuerzo que hacen. “De cien mujeres embarazadas, 95 tienen cesárea. De cinco bebés, tres mueren y dos viven. Si Potosí fuera un cementerio…”, suspira.

LA LUZ AL FINAL DEL TÚNEL

Al cabo de dos horas y media o tres, dependiendo el ritmo, hay que volver. Pisar el agua con ácido, seguir respirando ese aire ácido, que golpea los ojos y la nariz. Pensar en cómo será pasar aquí todo el día, toda la semana, toda la vida.

Los pasadizos son estrechos. No importa si se es de tamaño pequeño, hay que caminar encorvada y aun así, uno se golpea con el casco. Hace frío a ratos, intenso, en otros se siente un golpe de calor en el rostro. Si por un momento se apaga las lámparas, no se ve absolutamente nada. Y hay que dominar el camino. Por eso el guía debe ser certificado. Porque alguna vez, a alguien le dijeron que unos extranjeros le habían dejado una ofrenda en dólares al Tío y corrió hacia adentro para ver si sacaba los billetes. Nunca más se supo de él.

Todos los pensamientos se agolpan. La historia, las penurias. Cómo se obligó a los indígenas a abrir estas minas. De pronto la luz. Un cielo altiplánico de sol intenso, que resplandece. Los ojos se resienten, pero hay alivio. Es domingo y hoy acá no hay mineros, porque están descansando. Mañana a las 8:00 ellos entrarán como cada lunes. Como fue hace más de 500 años.