Inconsciencia y falacias en nuestra educación
Cuánta falta nos hace la educación. Nos consideramos un país pobre y repetimos hasta el cansancio el discurso de la historia de 500 años que justifica nuestro atraso. Y si de buscar culpables se trata, difícilmente alguien nos gana: siempre los encontramos, como niños, fuera de nosotros.
Está visto que nuestro sistema educativo no es precisamente lo que va a cambiar esa mentalidad. Se sabe, desde hace mucho, que hablar de pobreza no es referirse solo a un estado material o económico del que se sale con mejores ingresos; la pobreza está sobre todo en la mente. Es una actitud, una creencia, un hábito, parte de una idiosincrasia y una vibración. Y aunque bien podría la educación ser la tabla de salvación que ayude a crear conciencia, a cambiar esa mentalidad y a pensar y sentir diferente, en Bolivia aún no está en condiciones de serlo.
Hace unos días, por ejemplo, me llegó un mensaje con una promoción invitándome a hacer un curso de quechua online durante 3 días, de 2 horas cada día, mencionando algo de unas 250 horas que no entendí bien. Y como siempre quise aprender quechua, me interesé y pedí más explicación. El curso iba a ser online, pero en realidad, aunque tenía una duración efectiva solo de 6 horas, se me entregaría una certificación universitaria con valor de una carga de 250 horas académicas expedida por una universidad pública (de las alturas) lo cual, me dijeron “le ayudará a sumar cuando se postule a un trabajo”. Además, me pasaron 9 cuentas de diferentes bancos para optar por una e inscribirme.
Me sorprendieron tantas ventajas juntas, pero me puse a pensar: ¿Y si en una de esas me sale un trabajo, digamos en Tiraque, ya sea con niños, adolescentes o mujeres y, entre otras cosas, gracias a mi certificado que avala que estudié 250 horas de quechua, me lo adjudico, habiéndolo en realidad estudiado solo 6 horas? No quiero ni pensarlo.
Es triste reconocerlo, pero así estamos. Mentimos a la gente y nos mentimos a nosotros mismos. Cómo no va estar la educación como está, si un cartón comprado nos abre las puertas laborales. Y no es un detalle insignificante; quizá sí una pequeña muestra, suficiente para mostrarnos el nivel de inconciencia e irresponsabilidad social en el que nos movemos.
Pero no por hechos como el referido vamos a dejar de creer que las cosas se pueden hacer de manera diferente, ni a dejar de confiar en la buena fe del ser humano. Estamos viviendo en medio de corrupción, falacias o medias verdades en todos los intersticios de la vida colectiva y, aun así, podemos creer en la gente y hacer las cosas de otra forma.
Y mientras tanto yo, que siempre quise aprender quechua para honrar a mi madre, a mi abuela y a mis bisabuelas que lo hablaban muy bien, seguiré esperando la oportunidad de hacerlo, aunque jamás obtenga ningún certificado de quechua de ninguna universidad.
NOTA: Para cualquier consulta o comentario, contactarse con Claudia Méndez del Carpio, responsable de la columna, al correo electrónico claudiamen@hotmail.com o al teléfono/whatsApp 62620609.