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  • Diario Digital | jueves, 19 de mayo de 2022
  • Actualizado 10:28

El futuro de la reina: muerto el príncipe Felipe, ¿qué será de Isabel II?

El turno de Carlos podría llegar pronto. La historia del Duque de Edimburgo vuelve a la luz y muestra que tuvo una infancia marcada por la pobreza y la soledad, pese a su linaje.  
La reina Isabel II y su esposo, el príncipe Felipe (al centro); el heredero al trono, el príncipe Carlos y su esposa Camila (izquierda); y el príncipe Guillermo junto a su esposa Kate (derecha).   PINTEREST- ELUNIVERSO
La reina Isabel II y su esposo, el príncipe Felipe (al centro); el heredero al trono, el príncipe Carlos y su esposa Camila (izquierda); y el príncipe Guillermo junto a su esposa Kate (derecha). PINTEREST- ELUNIVERSO
El futuro de la reina: muerto el príncipe Felipe, ¿qué será de Isabel II?

El reloj marcaba las 12.01 en Londres cuando el anuncio se hizo público: el Duque de Edimburgo, el príncipe Felipe, el marido de Isabel II había muerto. Tenía 99 años en el momento de detenerse su corazón. El corazón de la Reina también habrá trastabillado de pena. Su compañero por más de 73 años dejó este mundo en el castillo de Windsor que tantas alegrías, tristezas y anécdotas reunió en las más de siete décadas que compartieron. Durante todo ese tiempo él fue su pilar, un compañero abnegado, fuente de fortaleza.

Ahora, con 94 años, Isabel no tendrá ese bastón que la supo sostener en los momentos más duros de su vida.  “La pregunta inevitable ahora es: ¿qué pasará ahora que él ya no está allí? ¿Se apartará la Reina de la mirada pública, como hizo la reina Victoria después de la muerte del príncipe Alberto? ¿Seguirá adelante independientemente? ¿O el Príncipe de Gales asumirá sus funciones?”, lanza el diario The Times.

En una nota de análisis, el tradicional periódico londinense plantea la posibilidad de que finalmente Carlos, el hijo mayor del matrimonio real sea quien asuma las responsabilidades de Isabel II, preparándose para su futuro reinado. Sin embargo, recuerdan 2012, la oportunidad en que Felipe estuvo grave y ella siguió adelante con sus compromisos, como toda su vida. En aquel entonces, “su reacción fue exactamente la que esperábamos de una mujer cuya devoción al deber ha sido inquebrantable: siguió adelante a pesar de todo. El espectáculo debe continuar”.

El medio también apuntó palabras de la Reina refiriéndose a la importancia que tenía el Duque en su vida diaria y en sus deberes como cabeza de la monarquía. “Es alguien a quien no le gustan los cumplidos, pero, sencillamente, ha sido mi fortaleza y mi permanencia durante todos estos años, y le debo una deuda mayor de la que jamás reclamaría, o que nunca sabremos”, fueron palabras textuales de Isabel sobre su marido. Carlos tomará el título de su padre, aunque se estima que Isabel continúe su reinado. Mientras tanto, la gente pregunta ¿quién fue verdaderamente Felipe de Edimburgo? Pese a ser uno de los miembros de la realeza con más linaje noble, tuvo una infancia pobre, solitaria y lejos de una familia. 

UN PRÍNCIPE SIN REINO

Alicia era hija del príncipe Luis de Battenberg y de la princesa Victoria de Hesse, nieta de la princesa Alicia del Reino Unido y bisnieta de la reina Victoria. Con todo ese linaje se enamoró de Andrés, un príncipe no salido de un cuento, pero sí de Grecia. Se casaron, tuvieron cinco hijos. Pero, luego de la guerra con Turquía, Andrés tuvo que exiliarse. El príncipe derrotado y la princesa huyeron en un barco inglés. El hijo más pequeño, de apenas 18 meses, no fue colocado en una cuna de oro, sino en un cajón de naranjas. Ese niño crecería y se enamoraría de una princesa que sería reina de una de las naciones más poderosas del mundo. Ese niño se convertiría en Felipe de Edimburgo, el fiel compañero de la reina

 Isabel, 

asistiría a 22.219 actos oficiales, colaboraría con 780 organizaciones benéficas, y al final de su vida, solo agradecería haber tenido con su esposa lo que nunca tuvo con sus padres: una familia.

Los príncipes se instalaron en Francia. Con títulos de nobleza, pero despojados de su nacionalidad y sin cuentas bancarias. Alicia comenzó a mostrar signos de depresión y cuando fue internada en un centro de salud mental, su marido la abandonó por su amante. Un tío asumió la responsabilidad de Felipe, que con 10 años fue enviado a Alemania a estudiar.

Al cumplir los 12, lo anotaron en la escuela Gordonstoun, en Escocia. Pupilo, el colegio tenía más de infierno que de centro educativo. La institución sostenía que los retos físicos forjaban el carácter. Con prácticas que definían espartanas y hoy se considerarían inhumanas, los alumnos eran obligados a vestir pantalón corto todo el año, mantener las ventanas abiertas aunque afuera nevara, correr por las mañanas antes de desayunar, sin importar si llovía o granizaba para luego ducharse con agua helada. 

Al terminar la escuela, Felipe se unió a la Marina Real Británica. En el verano de 1939, Jorge VI, monarca del Reino Unido, visitó con sus hijas la Universidad Naval. Isabel, la primogénita, tenía 13 años. Un cadete de 19 años, con una elegancia natural, fue designado para entretener a Ia adolescente y a su hermana Margarita. Cuando Isabel lo vio quedó deslumbrada, pero él no tanto, quizá porque ese niño que nunca se sintió amado se había convertido en un hombre amable y cordial, pero que prefería esconder que mostrar, silenciar que expresar y, sobre todo, que confundía amor con vulnerabilidad.

Pese a eso, comenzó a intercambiar cartas con esa adolescente que se estaba convirtiendo en mujer y, sobre todo, con esa princesa que sería reina. Entonces estalló la Segunda Guerra Mundial. Isabel se capacitó como conductora y mecánica en el Ejército. Mientras mostraba su compromiso con el país, su corazón seguía comprometido con Felipe, que servía en la Marina.

Pasó la guerra, Isabel creció, y el amor se consolidó. Jorge VI aceptó a Felipe como novio de su primogénita a regañadientes. El candidato no tenía ni tierra ni fortunas, pero contaba con una cualidad única: el amor incondicional de Isabel.

El 20 de noviembre de 1947 Felipe se casaba con Isabel. A la boda asistieron 2 mil invitados, que quedaron impresionados con la seguridad de la futura esposa, de apenas 21 años. Fue la primera boda real transmitida a todo el planeta. Aunque los invitados eran cientos y los oyentes eran millones, Felipe se sentía acompañado pero solo. Su padre no estaba porque había muerto en brazos de una amante. Sus tres hermanas –casadas con alemanes sospechosos de simpatizar con el nazismo– no fueron invitadas. Solo estaba su madre, que le entregó una pulsera para que el hijo se la  regalara a Isabel.

Un año después de la boda, el matrimonio anunció la llegada de su primogénito, Carlos. 

En 1949, Felipe fue enviado a Malta. El matrimonio se instaló en Villa Guardamangia. Vi- vían felices, sin embargo, Felipe, de vez en cuando, mostraba que detrás de sus ademanes de caballero había un hombre de temperamento complejo. “¿Es qué todavía no es suficiente?”, protestó molesto cierta vez, harto de posar para unos fotógrafos. Pese al mal carácter de su marido, Isabel lo amaba y él valoraba que ella por fin le diera una familia.

La relación pare-cía armoniosa, pero en 1952, Isabel tuvo que suceder a su padre. La que era princesa se transformó en reina, y su marido, en príncipe consorte. El problema es que Felipe descubrió que mientras su mujer reinaba, él no tenía mucho más trabajo que acompañarla como un marido ejemplar. 

Si su estima andaba por el suelo, quedó definitivamente pisoteada cuando supo que tanto Carlos como Ana llevarían el apellido de su madre: Windsor, pero no el suyo: Mounbatten. Esto provocó tal enojo que pronunció una frase que aunque no pasó a la historia hizo historia: “No soy más que una maldita ameba. Soy el único hombre en el país al que no se le permite darles a sus hijos su apellido”.

Harto de su rol protocolar o de adorno de lujo, entre 1956 y 1957, Felipe decidió realizar un largo viaje sin su esposa. Los rumores comenzaron a proliferar: el príncipe viajaba solo pero no tan solo. Según las crónicas de la época, tuvo algunas amantes, como Daphne du Maurier; su amiga de la infancia Hélène Cordet y Pat Kirkwood, una estrella de musicales. Se dijo que estuvo con Zsa Zsa Gabor y hasta que mantuvo un idilio con Susan Barrantes, madre de Sarah Ferguson, quien años después sería su nuera.

Fue entonces que Isabel comprobó que era la esposa de uno de los hombres más frustrados del mundo. Por eso, cuando nacieron sus hijos Andrés y Eduardo, llevaron el apellido de su padre, y en primer lugar. Además, le concedió a su marido el título de “príncipe del Reino Unido”. A partir de esos gestos, Felipe pareció aceptar su destino.

Intentando cambiar lo que consideraba debilidad, Felipe decidió que su primogénito necesitaba una educación espartana y ruda. Lo inscribió en Gordonstoun, lo que Carlos describió como una prisión. Aunque Felipe seguía siendo una persona poco amorosa, Carlos lo idolatraba. El joven príncipe adoptó sus gestos, forma de caminar y hasta arremangarse el brazo izquierdo. Sin embargo, poco a poco el vínculo entre padre e hijo se hizo más que distante. 

En 2017, Felipe decidió retirarse de la vida pública. Se dejó ver en algunos eventos familiares. A pocos meses de cumplir 100 años fue internado en el hospital privado King Edward VII en Londres, “como medida de precaución” tras “sentirse mal”.

Alguna vez le preguntaron sobre el secreto de su longevo matrimonio y respondió “La tolerancia es el ingrediente esencial. La Reina tiene la cualidad de la tolerancia en abundancia”. Si ella fue tolerante hay que reconocerle a Felipe su capacidad de renunciar a todo protagonismo para acompañarla o simplemente para agradecerle que aunque como reina no le dio trono ni reino, como esposa le dio amor y, sobre todo, una familia tan humana como real.