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  • Diario Digital | miércoles, 03 de junio de 2026
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LECTURAS SUTILES

“Fuera del mundo”

Gustavo  Dessal Psicoanalista Escritor MADRID-España
Gustavo Dessal Psicoanalista Escritor MADRID-España
“Fuera del mundo”

PARTE 2

Jamás habría imaginado el barón que su conducta podría despertar en aquel ser informe una expectación desconocida, un movimiento al principio informulado, que comienza expresándose en el deseo de agradar, el deseo de servir a la voluntad soberana del Otro, de convertirse en su guardián y su sombra, hasta el extremo de que esa suprema esclavitud producirá una torsión inesperada: el miedo se apoderará del amo, quien experimentará el sentimiento de estar a merced de una fuerza de la que no sabrá cómo liberarse. 

  Zweig es sutil. Las ondas llegan al borde de la conciencia, pero permanecen a las puertas, sin franquear el umbral de forma decidida. Un paso más, y Leporella habría sido una erotómana. Todos los elementos estaban disponibles, incluso la desigualdad de clase y de estatus, rasgo habitual en la erotomanía, que suele elegir como partenaire alguien de condición elevada y naturalmente inalcanzable: una celebridad, un príncipe, una autoridad de rango superior. Pero falta en este caso el postulado fundamental, esa certeza que de modo fulgurante se enciende en la conciencia con la fórmula “Él me ama”. No obstante, y aún cuando esta idea no llega a formarse en la conciencia de Leporella, se insinúa en su comportamiento. La entrega es incondicional y absoluta, y en beneficio de ese amor supremo ella lo dará todo, lo soportará todo, decidida a servir a su amo y a oficiar incluso de cómplice en sus aventuras: “Enfriados ya los impulsos en su propio cuerpo desollado, perdido el atractivo del sexo al cabo de unas decenas de años de labor, se enardecía ahora con fruición atisbando una segunda mujer, y enseguida una tercera, en el dormitorio; como un corrosivo actuaban esta complicidad y el perfume picante de la atmósfera erótica en sus sentidos soñolientos”. Leporella espía en otras la mujer que ella no pudo llegar a ser, y que tan solo por procuración logra imaginar durante la breve temporada que dura el despertar de su pasión, una pasión en el fondo tan simple como la de descubrirse humana: “un ser humano se había despertado en la arrocinada bestia de carga”. Zweig describe con la finura de su talento clínico el frenesí que embarga a Leporella durante la ausencia de la esposa del barón, y es evidente que aunque se trate de un deseo inarticulado, ella confía en que su sacrificio obtendrá finalmente la justa recompensa. 

 El regreso de la esposa no solo es vivido con el violento dolor de un atentado narcisista, sino también como un ultraje al hombre amado. Del mismo modo que la pasión amorosa hubo de estallar de modo súbito, el pasaje al odio se produce sin dialéctica ni desarrollo alguno. Es instantáneo, ciego, identificado al impulso asesino. Para colmo de su desdicha, Leporella es víctima de la más horrenda traición: la de no ser la elegida. Ella, que lo ha dado todo, se ve despreciada en su ser. Si primero fue el amor maníaco y luego el odio, será la identificación a esa nada en la que se ha convertido la que la arroje fuera del mundo, dejando tras de sí un cofrecillo, el símbolo del escaso bien, el mísero ahorro para su entierro. 

Lo único que alguna vez imaginó poseer.