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  • Diario Digital | jueves, 23 de mayo de 2024
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Fernando Botero, el legado artístico del colombiano más universal

El pintor antioqueño falleció a sus 91 años, en Mónaco. Su obra, destacada por las figuras voluminosas y de gran tamaño, marcó la historia del arte en todo el mundo. De orígenes humildes, quiso ser torero antes de descubrir la pintura. 

Fernando Botero, el legado artístico del colombiano más universal./ GETTYIMAGES-EFE- ELCOLOMBIANO
Fernando Botero, el legado artístico del colombiano más universal./ GETTYIMAGES-EFE- ELCOLOMBIANO
Fernando Botero, el legado artístico del colombiano más universal

La historia de Fernando Botero Angulo está marcada por la anécdota de cómo un joven pintor de provincia llegó con su arte a las más importantes galerías y museos del planeta. Sus obras son hoy parte de la idiosincrasia de los colombianos, que reconocen sus trazos con una simple mirada a uno de sus cuadros o esculturas.

Por eso, el fallecimiento de Botero, el colombiano más universal, a los 91 años, cubrió de luto al mundo artístico. El célebre pintor, escultor y dibujante murió, la semana pasada, en su casa en el principado de Mónaco, donde se recuperaba después de haber sufrido recientemente una neumonía.

Lina Botero Zea, la hija que el maestro tuvo fruto de su relación con Gloria Zea -su primera esposa-, aseguró que su padre falleció en la tranquilidad de su hogar. De acuerdo con el relato de la también curadora, ella acompañó a su padre hasta el momento de su muerte. “Murió tranquilamente, en paz. Estábamos con él agarrados de la mano, dio su último suspiro y se fue en paz”, contó Botero Zea.

El deceso del maestro Botero se dio a tan solo cuatro meses de que su esposa, la artista Sophia Vari, falleciera el pasado 5 de mayo por complicaciones asociadas al cáncer. Frente al deceso de la también pintora, escultora, joyera y collagista griega, la hija del artista colombiano aseguró que la partida de su amada fue uno de los desencadenantes del deterioro de su estado de salud.

“La partida de Sophia deterioró mucho su salud. Mi papá ya llevaba muchos años con un párkinson terrible, pero hasta el último día de su vida continuó pintando”, afirmó Botero Zea.

“Efectivamente se fue Sophia y fue una gran pérdida para él. (...) En el caso de mi papá el arte fue su salvación, yo veía que pasaban las horas y él no se daba cuenta. Él era muy feliz en su estudio”, agregó la hija del maestro Botero, asegurando que hasta el último minuto de su vida, el pintor colombiano fue “increíblemente prolífico”.

El maestro Botero, nacido en Medellín en 1932, fue un autodidacta en todo el sentido de la palabra. “El arte debe producir placer, cierta tendencia a un sentimiento positivo”, afirmaba en 2019 en una entrevista con El País. “Pero yo he pintado cosas dramáticas. Siempre he buscado coherencia, estética, pero he pintado la violencia, la tortura, la pasión de Cristo… Hay un placer distinto en la pintura dramática, la pintura misma. El gozo mayor de la pintura, la belleza, no pone a reñir lo dramático y lo placentero”, afirmaba entonces.

Su hija Lina lo definía así ese mismo año, con ocasión del documental “Botero: una mirada íntima a la vida y obra del maestro”: “Es la historia inspiradora de una persona que empezó de la nada y que lo único que tenía claro era su vocación artística, su capacidad de trabajo, su pasión por lo que estaba haciendo. Todo eso le permitió salir adelante y nadar muchas veces contra las corrientes predominantes en el mundo del arte”. El documental es una suerte de gran retrospectiva con un acceso inédito al artista, su familia y su intimidad. Dedicó más de 70 años a su obra, entre esculturas, óleos,  pasteles, acuarelas y dibujos.

El largo camino de Botero tuvo numerosas escalas. A los 15 años, el entonces joven pintor de orígenes humildes estudiaba para convertirse en torero y, debido a las dificultades económicas de su familia, decidió vender dibujos a la salida de la plaza de toros La Macarena. Cuando vendió su primera obra, a tan solo 2 pesos, comenzó a considerar dejar el toreo por el arte, reseñó Semana.

Su carrera comenzó “oficialmente” como ilustrador del periódico El Colombiano a finales de los años cuarenta. Muy temprano se reconoció como heredero de Piero della Francesca, y la génesis de su estilo inconfundible llegó a los 25 años, con el boceto de una mandolina que insinuaba su sentido de la monumentalidad. 

Considerado desde hace mucho como uno de los mejores artistas vivos, la fama y popularidad que había adquirido con sus pinturas de colores luminosos se acrecentó en los noventa cuando sus enormes esculturas de bronce comenzaron a ser exhibidas en las principales capitales del mundo. Un estilo que nunca abandonó, ni siquiera cuando dedicó una famosa etapa a las torturas de la prisión de Abu Ghraib, en Irak.

Uno de los pasajes más reveladores de aquel documental se dedica a la etapa de Botero en Nueva York, laboratorio de la vanguardia contemporánea, a donde llegó con 200 dólares en el bolsillo en la década de los sesenta. Cuenta que en algún momento de esos años difíciles solo le quedaban 27 dólares en su cuenta de ahorros. Ante las cámaras, dos de sus hijos, Lina y Juan Carlos —un reconocido escritor—, abren un depósito en la Gran Manzana que permaneció sellado por décadas. Allí descubren cartas, bocetos y pinturas que dan cuenta de las búsquedas y luchas de ese artista treintañero que nadaba en contra de las corrientes de su tiempo. Se siente incomprendido, pero escribe instrucciones para darse ánimo, orientarse y depurar la maestría en su técnica. En esos tiempos predominaba el arte abstracto, el expresionismo abstracto y el pop art, pero el colombiano ya había escogido su derrotero en una dirección opuesta. Las voces críticas también lo acompañaron a lo largo de una carrera extraordinaria.

En los setenta se mudó a París, y allí lo alcanzó la mayor de las tragedias. Vio morir a los cuatro años a Pedro, hijo de su segundo matrimonio, en un accidente con un camión. El propio Botero perdió parte de su mano derecha, por varios meses no pudo pintar y tuvo que hacer terapia física. Se encerró en su estudio a recrear una y otra vez el rostro de Pedrito. Esa serie incluye Pedrito a caballo, que se encuentra en el Museo de Antioquia, donde junto al pequeño se observa una casa de muñecas con dos figuras vestidas de luto asomadas por las diminutas ventanas. Son sus padres.

A pesar de haber vivido en México, Nueva York, Mónaco o París, Botero nunca perdió de vista su país. Los recuerdos de su infancia, del mundo de la Medellín de los años treinta y cuarenta, inspiraron buena parte de su obra. Lo acompañó la convicción de que el arte, cuanto más local, más universal. 

En el inicio de este siglo, donó la totalidad de su colección de arte a Colombia, una decisión que llegó a considerar la más importante y satisfactoria de su vida. 

Además de las obras exhibidas en los museos en Bogotá y Medellín, otra de sus esculturas es quizás el mayor testimonio de la transformación de esta última, capital de la provincia de Antioquia, y del terror que sufrió en tiempos del narcoterrorismo de finales del siglo pasado. Cuando una bomba destrozó la paloma con su firma que se exhibía en una plaza de la ciudad —con un saldo de 26 muertos y un centenar de heridos—, Botero pidió que no la reconstruyeran. Quedó como un monumento desfigurado, y al lado hizo otra paloma como homenaje a la paz. Así sigue hoy en día. La guerra y la paz de Colombia a través de su artista más universal.