¡Cuánto nos cuesta decir no!

Claudia Sandra Palau, Psicoanalista, Buenos Aires, Argentina.

Si ¿Decir no es una opción, pero por qué cuesta tanto?

¿Que sentimos cuando no podemos hacerlo?

Sin duda se trata de lo que pude pensar el otro, de la mirada del otro. 

A veces el no carga con el peso de no ser querido, pero aceptamos situaciones aún en oposición a nuestras convicciones, para no ser rechazados, pagando el precio de  ser nosotros mismos quienes nos oponemos a  nuestras ideas.

Cedemos por inhibición o por temor, no nos animamos, pero la paradoja de esta posición es que los no que no les decimos a los otros no solo nos deja disconformes y nos hacen sentir débiles, nos cuestionamos, nos enredamos en un laberinto de ideas y de autoreproches.

Cargamos con una suerte de enojo por negarnos la oportunidad de sostener lo que sentimos, lo ocultamos sintomáticamente, acorralados por las sombras de nuestros miedos o amenazados por la pérdida del amor.

¿Pero está bien pagar un precio tan alto para que nos quieran?

¡Seguramente no! Pero lo peor es que muchas veces ese precio tan elevado lo ponemos nosotros mismos y nos sentimos impotentes y fastidiados por la posición en la que nos ubicamos.

Lo cierto es que todos los no que no decimos a los otros, nos los terminamos diciendo a nosotros mismos, no nos respetamos y nos afecta.

Esta actitud a menudo alimenta la angustia y horada la autoestima porque sobrevaloramos al otro y nos depreciamos nosotros.

¿Pero que ocurre con nuestras ideas, se extinguen?

Seguramente no, quedan activas pero ocultas, porque nos ocupamos de que no se conozcan, es más tratamos de olvidarlas porque podemos llegar a sentimos culpables de tenerlas.

Pero no se extinguen, se acumulan en nuestro psiquismo y crecen a la sombra, tal como dice Sigmund Freud de los síntomas, hasta volver a aparecer con otro formato, en otra situación, pero en definitiva, se trata de lo mismo ya que tiene es parte de ello.

Engañamos y nos engañamos aceptando lo que no queremos para ser tenidos en cuenta, solo que nos olvidamos de nosotros, resistimos hasta quebrarnos siendo deshonestos con nuestras ideas.

Siempre digo que cuando una viga sostiene más peso del que puede se quiebra, estar enteros o quebrarnos la mayoría de las veces es nuestra decisión y cuando se puede tomar una decisión no se es rehén.

¿Aceptamos para ser amados y nos condenamos a resistir por amor, aún al precio de la angustia que nos abruma? 

Está claro que no todos los no se pueden decir, siempre conciliamos en algo, pero me refiero a los sí que enunciamos cuando sabemos que no estamos de acuerdo de forma radical, cuando nos sentimos presionados, cuando nos arrepentimos antes o en el mismo momento en que estamos accediendo. Es allí, en ese preciso momento, en el que se expande la angustia y prolifera la culpa por no animarnos, por no respetarnos. 

Esto es vivenciado con una carga dolorosa que nos lastima y que muchas veces a pesar de estos sentimientos lo repetimos.