Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 25 de septiembre de 2021
  • Actualizado 10:39

La crisis de las bolsas reutilizables de algodón

Una de estas bolsas debe usarse 20.000 veces para compensar el impacto general de su producción. Asimismo, solo el 15% de las 30 millones de toneladas de algodón que se producen al año  llegan a depósitos de reciclaje.

La crisis de las bolsas  reutilizables de algodón. THE NEW YORK TIMES
La crisis de las bolsas reutilizables de algodón. THE NEW YORK TIMES
La crisis de las bolsas reutilizables de algodón

Hace poco, Venetia Berry, una artista de Londres, contó las bolsas de algodón gratuitas que había acumulado en su clóset. Tenía al menos 25.

Estos objetos se han convertido en un medio para que marcas de ropa, empresas y supermercados envíen un mensaje de cuidado al planeta, o, al menos, para que muestren que están conscientes del sobreuso de plástico en los empaques. 

“Hay una tendencia en Nueva York en la que la gente viste merch: llevan bolsos de tiendas locales de delicatesen, de ferreterías o de su restaurante favorito”, explica la diseñadora Rachel Comey. 

Pero ¿son amigables con el planeta? No exactamente. Resulta que la aceptación incondicional de las bolsas reutilizables puede haber creado un nuevo problema.

Una bolsa de algodón orgánico debe usarse 20.000 veces para compensar el impacto general de su producción, según un estudio, de 2018, del Ministerio de Medio Ambiente y Alimentación de Dinamarca. Eso equivale a usar diariamente una sola bolsa durante 54 años. De acuerdo con esa métrica, si sus 25 bolsas fueran de algodón orgánico, Berry tendría que vivir más de mil años para compensar su arsenal actual.

Los empaques de algodón existen desde hace mucho tiempo en el sector del lujo; los zapatos y los bolsos vienen envueltos en bolsas para protegerlos del polvo. Pero la supuesta sostenibilidad significa que cada vez más marcas empaquen sus mercan-cías en capas numerosas. Artículos que ni siquiera necesitan protección contra el polvo, como ligas para el pelo o limpiadores faciales, llegan ahora envueltos en una bolsa.

Esto no quiere decir que el algodón sea peor que el plástico, ni que haya que compararlos. Mientras que la producción del algodón puede emplear pesticidas (si no es de cultivo ecológico) y ha secado ríos por su consumo de agua, las bolsas de plástico ligeras utilizan combustibles fósiles que emiten gases de efecto invernadero, nunca se biodegradan y obstruyen los océanos.

Al contraponer ambos materiales, “acabamos en un rechazo ambiental que deja a los consumidores con la idea de que no hay solución”, afirma Melanie Dupuis, profesora de estudios ambientales y ciencia en la Universidad Pace.

Por su parte, Buffy Reid, de la marca británica de prendas de punto &Daughter, interrumpió la producción de sus bolsas de algodón en abril de este año; tiene previsto poner en marcha un dispositivo en el que los clientes puedan optar por recibir una. Aunque Aesop no va a detener la producción, la marca está convirtiendo la composición de sus bolsas en una mezcla de 60-40 de algodón reciclado y orgánico. “Nos costará un 15% más, pero reduce el consumo de agua entre un 70% y un 80%”, afirma un comunicado de la empresa.

Algunas marcas están recurriendo a otras soluciones textiles. La diseñadora británica Ally Capellino cambió hace poco el algodón por el cáñamo, mientras que Hindmarch presentó una nueva versión de su bolso original, esta vez hecho a partir de botellas de agua recicladas. 

Deshacerse de uno de estos bolsos con poco impacto ambiental no es tan sencillo como muchos piensan. No se puede, por ejemplo, simplemente dejarlos en un contenedor de compostaje. De hecho, solo el 15% de las 30 millones de toneladas de algodón que se producen al año llegan a los depósitos  textiles. E incluso, cuando un bolso llega a una planta de tratamiento, la mayoría de las tintas empleadas para imprimir los logotipos usan PVC como base y por ende no son reciclables; son “extremadamente difíciles de descomponer químicamente”, indica Christopher Stanev, cofundador de Evrnu, una firma de reciclaje textil. 

En ese punto surge el tema de convertir la tela vieja en algo nuevo, un proceso que gasta casi tanta energía como fabricarla la primera vez. La mayor huella de carbono de los textiles ocurre en la fábrica.

Al final, la solución más sencilla puede ser la más obvia. “No todos los productos necesitan una bolsa”, sentencia Comey.