Opinión Bolivia Revista Así

  • Diario Digital | jueves, 04 de junio de 2026
  • Actualizado 00:00

La constante búsqueda de la felicidad y sus vicisitudes

Lucas Ariel Lagos, Lic. en Psicología – UBA Psicoanalista
Lucas Ariel Lagos, Lic. en Psicología – UBA Psicoanalista
La constante búsqueda de la felicidad y sus vicisitudes

Hay momentos en el análisis en los que el analizante se cuestiona a sí mismo: “¿qué estoy buscando?”. La respuesta en ocasiones es una que se escucha en boca de muchos: “Busco la felicidad”, “busco ser feliz”. Cuando se llega a ese punto, sin embargo, se plantea cierto nudo sobre el cual es necesario trabajar.

La felicidad es vista por lo general como un estado. Es una especie de destino al que uno pretende llegar para quedarse, para el cual se busca sacar pasaje sólo de ida, ya que de allí uno no quiere moverse. Sin embargo, el ser humano hace la experiencia recurrentemente de que el asunto de la felicidad va por otro lado, y mas que un estado, la felicidad es inconstante.

Muchas veces cuesta aceptar que cuando uno alcanza ese destino, este parece diluirse y desaparecer ante nuestros ojos poco a poco, de forma tan paulatina que ni siquiera llegamos a darnos cuenta de que nuevamente la felicidad se ubica por delante de nosotros, y que otra vez estamos tras ella. Es que al alcanzar ese punto feliz suceden miles de cosas: nos aburrimos, comienza a interesarnos otra cosa, ubicamos una falla en eso que obtuvimos, otra cosa podría ser mejor, preferiría algo más, y una larga lista de etcéteras.

La felicidad, vista como ese momento de paz, tranquilidad, satisfacción, bienestar, es posible, está al alcance de nuestra mano, pero nada asegura que uno pueda tenerla para siempre. Esa es tal vez la mayor desilusión. Las personas buscan garantías. Cuando llega lo bueno, esperamos que sea duradero, que el esfuerzo que hemos hecho sea suficiente como para que no sea necesario volver a repetirlo. Queremos las cosas de una vez y para siempre. 

Sucede que así se llega a ubicar en nosotros un punto de insatisfacción e incompletud. Por supuesto que buscamos llenarlo permanentemente, pero aceptar que sea como sea, ese vacío seguirá allí, es lo más complejo. Y esto genera confusiones: a veces se cree que algo de calidad será la solución. Cuando se lo tiene, hay cierto encanto, pero luego de un tiempo eso queda obsoleto y se empieza a buscar algo más. Lo mismo sucede con ciertas experiencias, que cuando se las vive se disfrutan al máximo, pero el entusiasmo poco a poco se apaga. De ese modo, muchas veces uno se precipita en una carrera desesperada tras un oasis que se aleja a medida que se dan más y más pasos, y en el camino se suceden diferentes tropiezos.

El problema no es de los objetos ni de la felicidad. El problema muchas veces es que no sabemos cargar con nosotros mismos. Con frecuencia nos dejamos llevar por ideales de una vida perfecta como la que vemos en las redes, cuando tal vez, si viéramos que eso es sólo una mostración, que la felicidad como estado permanente es un espejismo, pero que, entendida como la posibilidad de vivir momentos sin sufrir desgracias es posible, nos sentiríamos más plenos, apreciando la salud que tenemos (y que a veces falta), y todo de lo que disponemos y que hemos logrado.