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  • Diario Digital | miércoles, 03 de junio de 2026
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Cochabambinos que demuestran que una mejor Llajta es posible

Ruth Velasquez, José Luis Pozo y Laura Pinedo son personas que inspiran a otras. Desde sus espacios, cada uno ha cambiado su realidad y la de muchos que comparten sus sueños. 

Ruth Velasquez en uno de los centros de acopio de las Eco-recolectoras. NOÉ PORTUGAL
Ruth Velasquez en uno de los centros de acopio de las Eco-recolectoras. NOÉ PORTUGAL
Cochabambinos que demuestran que una mejor Llajta es posible

Una mujer que creó una asociación que permite darle una nueva vida a la basura y disminuir la contaminación. Un hombre que no se dejó vencer por la ceguera y ahora ayuda a personas con la misma condición. Una joven que utilizó sus conocimientos para brindar una alternativa saludable a la población a partir de la quinua. Ellos tienen un rasgo en común: son cochabambinos que tomaron las experiencias negativas de la vida, en algunos casos, o aprovecharon sus saberes, en otros, y ahora lideran luchas colectivas que hacen del departamento un mejor lugar. 

Cochabamba celebra este año su 212 aniversario. Más allá de los retos políticos que enfrenta el departamento, los trabajos individuales que lideran algunas personas han contribuido a mejorar la sociedad en todos los niveles. 

Ruth Velasquez, José Luis Pozo y Laura Pinedo son personas que inspiran a otras. Desde sus espacios, cada uno ha cambiado su realidad y la de muchas personas que comparten sus sueños. Estas son sus historias. 

DIGNIFICAR EL TRABAJO CON LA BASURA

Acorralada por una deuda en el banco, con la responsabilidad de criar a cinco hijos y con la billetera vacía, Ruth Velasquez (48) no encontró otra opción que recoger materiales para reciclar de los basureros. Diez años después, ese proyecto, que inició con temor y prejuicios, se convirtió en un modelo de reciclaje para otras ciudades y la oportunidad de días mejores para más de 150 mujeres de Cochabamba.

Como líder y fundadora de la asociación Eco-recolectoras, Ruth encabeza la lucha por hacer prevalecer sus derechos y los de sus compañeras, combatir la discriminación que sufren casi a diario y generar conciencia sobre la importancia de su labor para el medioambiente. Pero, toda esa fortaleza requirió superar varias caídas y pruebas dolorosas.

Velasquez trabajaba como artesana hasta que esa actividad se volvió insuficiente; los cuadros que pintaba ya no cubrían sus necesidades mensuales. “Yo empecé cuando tenía deudas en el banco y ya no sabía de dónde pagar. Mi necesidad me obligó a entrar a trabajar en el reciclado”, recuerda.

Los primeros pasos que dio junto con otras mujeres que estaban en su misma situación fueron marcados por el temor y el rechazo; incluso, la vergüenza. “Para mí fue muy difícil, porque cambiar de rubro fue un golpe fatal”. 

En principio sintió que el trabajo con la basura no era para ella, pero ante la necesidad no encontró otra opción. Ahora no se arrepiente de nada. “Este no es un trabajo denigrante. Este es un trabajo honesto. Si bien trabajamos con el tema de la basura, no quiere decir que somos personas que hacemos algo indigno. Al contrario, nos sentimos muy orgullosas porque sabemos que somos esenciales para todos porque limpiamos los lugares de manera gratuita”, dice Ruth.

Compartir problemas fue parte del inicio del proyecto, que se consolidó cuando sus integrantes empezaron a tener los mismos sueños. El de Ruth era sacar adelante a sus cinco hijos.  

La asociación Eco-recolectoras nació en 2012 con base en la confianza y el apoyo mutuo. Inicialmente, estaba enfocada solo en mujeres, como una forma de ayudarse entre ellas entendiendo las necesidades que tiene cada una. Sin embargo, ante la crisis económica y laboral de los últimos años, se abrió la oportunidad de incluir varones. 

Se dividen el trabajo para que cada persona pueda generar ingresos. Hay quienes tienen rutas fijas, otros seleccionan el material en los centros de acopio y se turnan la rutas verdes, que incluyen varios puntos de la ciudad. Además, trabajan con el proyecto Cocha Recicla, de la mano de la Alcaldía de Cochabamba. 

“Hacemos un trabajo hormiga”, dice Ruth para explicar que recorren casas, condominios, comedores, licorerías, parques, torrenteras, o donde encuentren algún material para reciclar. 

Empiezan su jornada a las 05:00 y terminan luego de las 02:00 del día siguiente en el caso de los puntos verdes. Para quienes tienen una ruta fija su jornada llega hasta las 14:00 o más.

Últimamente, personas jóvenes se suman con más frecuencia a la asociación con la esperanza de poder generar ingresos. Muchas de las mujeres, con sus bebés en brazos, se dedican a separar la basura recolectada. 

Las Eco-recolectoras son más que un medio para generar ingresos. La solidaridad, la empatía y el apoyo son las bases sobre las que cimientan su exponencial crecimiento. 

“Nos sentimos orgullosas de ser heroínas del medioambiente”, describe Ruth con una sonrisa. 

EL HOMBRE QUE VENCIÓ LA OSCURIDAD

José Luis Pozo, en el centro Manuela Gandarillas. NOÉ PORTUGAL
José Luis Pozo, en el centro Manuela Gandarillas. NOÉ PORTUGAL

En principio, nubes grises, luego luz y otra vez oscuridad. Incertidumbre y desesperanza. Así fueron los primeros meses para José Luis Pozo Fuertes después de perder la vista, un panorama que se extendió por, incluso, unos años hasta que, en lo que él llama un encuentro con Dios, renació a la vida, volvió a sentir la luz, pero esta vez en el espíritu; lo físico pasó a segundo plano. 

Un accidente en motocicleta cambió su vida por completo cuando tenía 24 años. El proceso de pérdida de visión fue paulatino hasta quedar con un 96% de afectación, una ceguera casi absoluta. Luego de pensar muchas veces en la muerte, encontró en su fe la fortaleza para salir adelante. 

Actualmente, es el director del Centro de Rehabilitación para Ciegos Manuela Gandarillas, un espacio en el que pudo reafirmar su vocación de servicio con otras personas de su condición, a quienes transmite su experiencia de vida y sus consejos. Además, luego de perder la vista, estudió Teología, Inglés y está terminando la carrera de Derecho. 

Pozo nació el 22 de enero de 1971 fruto del matrimonio entre Claudio Pozo y Delma Fuertes. Su papá era proveniente de Santiváñez y trabajaba como transportista; en cambio, su mamá es de Colquechaca y tenía una tienda de barrio. Tiene seis hermanos, uno de ellos es su mellizo. 

Al terminar el bachillerato, estudió Programación en Aplicaciones en el Centro Internacional Personalizado de Enseñanza en Computación. Pero no era suficiente, sus ganas de aprender le sobrepasaban, así que estudió Contabilidad en el Instituto Técnico Nacional Federico Álvarez Plata, mientras trabajaba. 

Pero un día todo cambió. Era más de las diez de la noche y José volvía a su hogar, subido a bordo de su motocicleta, luego de dejar a su novia de aquel entonces en su casa; era 1995 y tenía 24 años. Mientras pasaba por las avenidas Juan de la Rosa y Melchor Pérez de Olguín, que estaban en medio de sembradíos y no tenían iluminación, la cadena de su moto se trabó y lo arrojó contra el suelo. En ese momento, solo atinó a levantarse, limpiarse un poco y arreglar su vehículo para llegar a su destino; el cielo estaba cargado de nubes y empezaban a caer las primeras gotas de lluvia. 

Al llegar, finalmente, a casa, no dijo nada a su familia, se limpió la heridas y lo dejó pasar. Dos semanas después su desgracia dio sus primeras muestras. “Una mañana amanecí y cuando salgo de mi habitación yo noté una densa neblina. Le digo a mi mamá ‘¿y porqué tanta neblina?, ¿qué ha pasado? Y ella me dice ‘no hay neblina’ y se fijó mis ojos y me preguntó qué me había pasado, ‘tienes los ojos coloradísimos’”, relata José. 

¿El problema? Su presión ocular había subido casi un 300%. Acudió al oftalmólogo para estabilizar su visión. Pensó que ahí terminaba todo hasta que, días después, mientras estaba trabajando, la deficiencia volvió. El informe médico indicó que se estaba desprendiendo la retina de ambos ojos. “A los 24 años, más o menos por el mes de octubre, ya estaba sin vista”, dice. 

La depresión, las ganas de morir y el llanto intenso eran parte de su nueva vida. No encontraba un sentido para seguir. “Muchas veces en casa me golpeé con las puertas, me tropezaba. Para mí, salir a la calle era una tragedia. Pero no podía estar encerrado y decía que eran dos caminos: o me muero en esto o salgo adelante”, afirma. 

En ese momento José sintió “algo” que marcó su vida y fue el comienzo de una nueva etapa. “Yo me encontré con Dios. Me vino un deseo ferviente de empezar de nuevo. Hay un ser divino que está dispuesto a ayudarte, yo lo busqué. A partir de esa experiencia nace un nuevo José Luis con ganas de luchar y salir adelante”, sostiene. 

Después de aceptar que su vista no volvería y que tenía que aprender a convivir con esa falencia, todos sus demás sentidos se agudizaron, sobre todo el olfato y el oído. 

Ingresó al Instituto Boliviano de la Ceguera (IBC) a los 29 años. Ahí aprendió a usar el bastón, manejar la computadora y comenzó a recuperar todas sus demás habilidades. 

Ya adaptado a su nueva vida, sintió la necesidad de estudiar Teología en el Seminario Teológico Boliviano. Después, gracias a una beca del IBC, ingresó al Centro Boliviano Americano (CBA) a estudiar inglés hasta terminar el curso completo. 

Sus ganas de aprender no quedaron satisfechas y empezó a estudiar Derecho en la Universidad Mayor de San Simón. Termina al año y está tan emocionado que siente que ya “acaricia” el título. 

Su primer trabajo después de perder la vista fue como maestro de Teología. Después pasó al IBC a enseñar computación a otros niños y jóvenes con discapacidad visual. Le fue bien en esa experiencia, se ganó el cariño de los miembros y, poco después, salió la convocatoria para el puesto de Director del centro Manuela Gandarillas, al que postuló y ganó por mérito propio. 

José Luis está casado con Rosa Ugarte y juntos son padres de tres hijos. La relación con ellos es muy cercana, pese a que a veces siente que, por estudiar, les quita tiempo. Sin embargo, su mayor enseñanza es mostrar, con el ejemplo, que siempre se debe salir adelante, sin importar qué suceda. 

La oscuridad y después la luz, así fue para José Luis. Perder la vista fue el renacimiento de otras cosas que lo hicieron sentirse pleno y, lejos de creer que algo le falta, considera que tiene aún mucho camino por recorrer. 

UNA OPORTUNIDAD EN LA QUINUA 

Laura Pinedo (i) junto a Marcia Tapia. NOÉ PORTUGAL
Laura Pinedo (i) junto a Marcia Tapia. NOÉ PORTUGAL

Desde que tenía cinco años recuerda que le decían que era momento de actuar y cuidar al planeta. Mucho después encontró en la carrera de Ingeniería Ambiental la forma de hacer algo. No sabía bien qué haría, pero no quería quedarse de brazos cruzados. Hasta que, con ganas de crear un producto que responda a sus necesidades, Laura Pinedo encontró el complemento que le faltaba a su idea: la saponina de quinua. 

Así nació Sumay, un emprendimiento que empezó con la elaboración de champú de este desecho de la quinua. Poco a poco fue expandiendo su idea, sumando más mujeres a su equipo y actualmente son un negocio verde que aporta al cuidado del medioambiente del departamento. 

Pinedo (28) es vegana. Inicialmente, tomó la decisión porque está en contra del maltrato animal, pero eso marcó una línea de responsabilidad con la naturaleza para toda su vida. 

Mientras realizaba su maestría en Ciencias ambientales y tecnología ambiental, en España, surgió la idea de crear algún producto ecoamigable. Al volver a Bolivia reafirmó la meta de hacer algo que contribuya al medioambiente y sea una opción natural para las personas. 

Hizo pruebas por ocho meses hasta que encontró la saponina y la convirtió en su ingrediente estrella. 

Luego de crear un primer producto para su uso personal, se dio cuenta que otras personas tenían las mismas necesidades. Así que decidió ampliar su creación. Además del champú, ofrece el acondicionador, lavavajillas y champú para perros. Hasta fin de año quieren sacar jabón de manos.

Su participación en el evento Emprender Viva 360, en 2019, fue determinante para aterrizar mejor su idea y diseñar la marca de manera más formal. Desde entonces no paró más. 

Con Marcia Tapia, Winny Sejas y Leslie Mancilla complementa su equipo. Juntas tienen el objetivo de aprovechar la alta producción de volumen de quinua en Bolivia, que en 2022 superó las 37 mil toneladas. “Los productores de quinua desechan grandes cantidades de esta saponina, la acumulan, y no saben qué hacer. Entonces, nosotros hemos agarrado esa saponina, y hemos trabajado e investigado para el tema de su purificación y para poder aprovecharla”, dice Laura. 

A medida que pasaron los meses, participaron en más concursos y fueron recibiendo reconocimientos por su labor (Embajada de Estados Unidos, Cámara de Exportadores y premios Kamay, entre otros), lo que permitió que Sumay se consolide en toda Cochabamba. 

Laura asegura que esta experiencia le ha permitido aprender, aprender y seguir aprendiendo de un rubro que descubrió casi sin buscar y asumió como propio. 

Recuerda que su estancia en España le permitió fortalecer el método científico. Asimismo, fue parte de un comedor vegano como voluntaria, donde reforzó su estilo de vida. 

Sin embargo, más allá de todas las cosas buenas que vivía en el país europeo nunca dudó en su deseo de volver a Bolivia, pese a que le ofrecieron quedarse a hacer su doctorado allá. “Lo que haga, quiero hacerlo en Bolivia. Es raro porque la mayoría tiene tantas ganas de irse, pero yo tenía muchas ganas de volver, quedarme y construir algo acá. No tenía claro si era emprender, pero sí quería construir algo en Bolivia y decir ‘esto ha nacido en Cocha’”, cuenta. 

El apoyo de su familia ha sido fundamental para consolidar sus proyectos. Tiene dos hermanos mayores y vive con su papá. Su mamá falleció hace algunos años, pero Laura recuerda su inclinación por la defensa de la naturaleza. 

El próximo reto de la joven y sus socias es formalizar la empresa a nivel legal. Sostiene que es muy difícil, pero sí quieren dar el salto. Y, más adelante, llegar a otros países. 

El emprendimiento liderado en su totalidad por mujeres ha servido para demostrar que las pequeñas ideas pueden tener un impacto grande en la vida de otras personas y en la sociedad. 

“Es lindo ver cómo la gente ya no busca trabajar por trabajar, sino trabajar para que tenga sentido. Que les motive no solo lo económico, sino sentir que están contribuyendo”, sostiene.