Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 22 de mayo de 2022
  • Actualizado 07:49

Canibalismo

Favio Javier Sandoval López
Psicólogo
favio.javier.sandoval.lopez@gmail.com.

Las líricas de la mítica Soda Estéreo, no se caracterizan por la linealidad de sus historias. Cerati aceptó que componía las letras al final del proceso creativo, y esto las dotaba de un componente poético. Hay versos que calan hondo en nuestros corazones. A mí, el famoso coro de “Entre caníbales”, “come de mí, bebe de mi sangre”, me ha hecho reflexionar sobre este asunto.  

Los relatos sobre antropofagia son abundantes en las crónicas sobre la conquista americana, siendo muy común que los exploradores califiquen dicha práctica con el adjetivo “horrorosa”, y concluyan que se trata de un hecho contra natura. Imaginemos solamente el espanto sentido por estos hombres, ante la macabra escena de un humano    devorando a otro. 

Sin embargo, en la cotidianeidad de los habitantes de la América pre-colombina, este hecho no era ajeno a su cosmovisión.

Las colectividades que habitaron América antes de la Conquista, consideraron al canibalismo como el corolario de un hecho bélico: cuando el enemigo tribal era derrotado, se deglutía su carne, pues eso garantizaba que el victorioso absorbiera los poderes del vencido y, a la par, lograra domeñar su espíritu, aun presente en la tierra. Se trataba, pues, de un ritual. En otras ocasiones se comía la carne de un familiar fallecido, o dicho acto coronaba una ceremonia religiosa. En todo caso, se hace patente, en la perspectiva de los pueblos antiguos la particular visión de la mortalidad: la muerte es una extensión de la vida, y el espíritu de los fallecidos está presente en la realidad de los vivos. No hay una dimensión, como el paraíso cristiano, donde habiten entidades supraterrestres. 

La teoría psicoanalítica ha contemplado el aspecto introyectivo de la práctica canibalística. En varios artículos, por ejemplo, Freud alude a las teorías del antropólogo Manilowski, concluyendo que el acto antropofágico es similar a la interiorización que realiza el infante, cuando en un arrebato de excitación trata de engullir el seno de la madre mientras lacta. Evidentemente, este acto tendrá un símil psíquico que permitirá la adopción de rasgos de los progenitores y la generación de esa instancia llamada el superyó. Sin embargo, estas   explicaciones se limitan al campo de los rituales, pues existe un canibalismo criminal.

Este último aspecto presenta una particularidad: implica una dimensión de goce, no experimentada en el acto ritual. Se trata de la conjunción de un factor agresivo con un elemento sexual, por el cual el caníbal experimenta satisfacción. Esa unión fija el acto como un factor necesario para la obtención de placer, a la manera de un fetiche. Baste dos ejemplos para graficar esto: la cohesión que hace el célebre Hanibal Lecter entre el canibalismo y la sexualidad o el caso Armin Meiwes, el caníbal de Rotemburgo, antropófago del joven Bernd-Jürgen Brandes, el cual accedió voluntariamente a ser comido por el caníbal, luego de tener relaciones sexuales con su víctima. Se demuestra, por tanto, la veracidad de esta afirmación. El canibalismo criminal, por tanto, esta englobado dentro de los parámetros del acto perverso. 

NOTA: Para cualquier consulta, contactarse con Claudia Méndez del Carpio, responsable de la columna, al correo electrónico [email protected] Visítanos en la páginas de Facebook:  LECTURAS SUTILES