Opinión Bolivia Ramona

  • Diario Digital | miércoles, 03 de junio de 2026
  • Actualizado 17:26

‘Vladimir C., el vigilante del campo de mostaza’: la desaparición del autor

Una lectura del libro de la escritora boliviana Iris Kiya, firmado con el heterónimo Milton Steiner (compilador), publicado por Editorial Mantis y disponible en el stand de El Cuervo de la Feria del Libro de La Paz. Se presentará este miércoles 9
Una lectura del libro de la escritora boliviana Iris Kiya.
Una lectura del libro de la escritora boliviana Iris Kiya.
‘Vladimir C., el vigilante del campo de mostaza’: la desaparición del autor

Comencé a leer Vladimir C., el vigilante del campo de mostaza (Mantis, 2023), que la escritora boliviana Iris Kiya firma con el heterónimo Milton Steiner, casi al mismo tiempo que el volumen de ensayos La obligación de ser genial, de la argentina Betina González (también publicado en Bolivia por Editorial Mantis). Ese “accidente” derivó en que, en más de un momento, las lecturas de ambos libros se superpusieran en mi cabeza hasta llevarme a algunas divertidas confusiones. No vale la pena detenerme en el relato de las confusiones de marras, que con el paso de las horas han perdido su gracia inicial. A la postre, acabé de leer primero Vladimir C…, en gran medida porque es un texto relativamente breve (66 páginas) que, por su estructura, exige una lectura más continuada, menos interrumpida. Se presenta a sí mismo como una compilación de imágenes (fotos, dibujos), de cartas, de anécdotas, de notas, de poemas, de epígrafes (de origen poético y musical). En síntesis: una colección de voces que se alternan en escritos breves y fragmentarios, sin un aparente orden ni norte, espoleados por la potencia poética de su(s) autore(s). 

Un libro de estas características enfrenta al lector a más de una interrogante: ¿Qué estoy leyendo? ¿Narrativa o poesía? ¿Prosa poética o poesía narrativa? ¿Novela o poemario? ¿Importa o no encasillar en uno o más géneros estos textos? No tengo respuestas claras para ninguna de estas preguntas, salvo para la última: no, no importa. Hasta hace no mucho, una posible clasificación del libro de Kiya lo habría acomodado en eso que se conocen como escrituras posmodernas, esto es, un texto inclasificable, que se rehúsa a encajar dentro de las tipologías más canónicas de la literatura. Su filiación con lo posmoderno podría justificarse en su fluidez genérica, que le permite transitar por distintos géneros sin atarse a ninguno; así como en el desdibujamiento de la figura del autor, que se multiplica y desdobla hasta desaparecer. Un libro sin género ni autor. O si se quiere, un libro transgénero y poliautoral.  

Esto, que podría ahuyentar a más de un lector, es una invitación a embarcarse en una experiencia eminentemente poética, pero que se sostiene en una historia. La historia de la relación entre dos exiliados, Milton Steiner y Vladimir C., el primero resuelto a matar al segundo para quedarse con sus manuscritos, sus historias, sus afectos, sus imágenes. La alusión a las imágenes me devuelve a la anécdota con la que arrancan estas líneas: la contaminación accidental entre los textos de Betina González y los de Iris Kiya. Una contaminación que, a la larga, deviene provechosa. De la argentina procede una idea que –prestada, a su vez, de Alicia Genovese– resuena sobre la escritura de la boliviana: concebir la imagen poética como una “captación emocional del mundo”.

Sospecho que de eso va este inaprehensible libro de Iris Kiya: un viaje a través de la palabra que se encomienda a la potencia de la imagen. No es, pues, gratuito que sus páginas arranquen con imágenes (fotografías) y se clausuren también con ellas (dibujos). Vladimir C., el vigilante del campo de mostaza es una aventura literaria que, más que en géneros, autores o relatos, profesa una fe innegociable en la imagen: la imagen que encarnan las fotografías y los dibujos de sus extremos, pero también la que invoca a lo largo de su cuerpo la poesía como “captación emocional del mundo”. La imagen como principio y fin. La imagen que sobrevive a la palabra. La imagen (en la) que desaparece a(e)l autor.