Opinión Bolivia Ramona

  • Diario Digital | jueves, 04 de junio de 2026
  • Actualizado 00:00

Cinco viñetas sobre ‘La obligación de ser genial’, de Betina González (III)

Tercera y última parte de una crítica del libro de ensayos de la escritora argentina, publicado en Bolivia por Editorial Mantis 
Cinco viñetas sobre ‘La obligación de ser genial’, 
de Betina González (III).
Cinco viñetas sobre ‘La obligación de ser genial’, de Betina González (III).
Cinco viñetas sobre ‘La obligación de ser genial’, de Betina González (III)

CUATRO. A la mujer por la palabra

Muy entrañable me ha resultado leer el subtítulo que da lugar al título de su libro: La obligación de ser genial, que, por cierto, tiene origen en las reflexiones de Piglia sobre la obra de Leopoldo Marechal, autor de la notable novela Adán Buenosayres, y de quien dice que debido a su posición subalterna estaba obligado a crear una obra genial: “la obligación de ser genial es la respuesta al lugar inferior, a la posición desplazada”. Es feliz la opción de González de titular su libro con esta frase que, en realidad es un concepto, que no oculta, sin embargo, cierto dejo trágico, una especie de espada de Damocles sobre la cabeza de quienes, desde nuestra subalternidad estamos obligados a producir genialidades. Pero, ya sabemos que lo genial es una calificación desde la lectura, por lo que continuaremos nuestras bregas tanto por crear algo genial y, por supuesto, por que la calificación de lo genial sea cada vez más honesto, cada vez menos mezquino (de institucionalidad hablo). 

Porque es en esta parte de su libro donde González analiza a detalle lo que Joann Russ disecciona en su libro recientemente traducido al español Como acabar con la escritura de las mujeres. Al respecto, González dice no conocer un texto similar en Hispanoamérica y tengo el gusto de pasarle el dato de A la mujer por la palabra, de la filóloga feminista costarricense Yadira Calvo, publicado en 1990 por la Editorial de la Universidad Nacional de Costa Rica. Digamos que yo me inicié en la crítica feminista porque cayó en mis manos ese libro. Tales caídas son bienaventuradas. 

CINCO. Debe haber otro modo

Hay que terminar, siempre, con poesía, porque, como bien sentenció la Woolf, “la poesía sigue siendo la salida prohibida” y creo que no hay salida más amorosa, gloriosa, encantadora y sosegada que la poesía. 

Y es que la lectura de todo texto que, como el de González, entre otros, expone las formas en que se callan a las escritoras y las maneras en que se arrebatan la vida a las mujeres, es una lectura que convoca al grito, a la rabia, y si hay una hechura humana que exorciza la ira y presta sosiego para las lides irrenunciables, es la poesía. Vamos a por ella. 

Dice Betina González luego de analizar esas formas de callar a las escritoras: “A veces sobre todo cuando releo a Pizarnik y a otras escritoras me pregunto si esa ―en las sombras, ensimismada, dudando todo el tiempo del propio valor―es la única forma de escribir”. Tan próxima esa su reflexión a los versos de “Meditación en el umbral”, iluminado poema de Rosario Castellanos: 

(…)

No es la solución

escribir, mientras llegan las visitas

en la sala de estar de la familia Austen

ni encerrarse en el ático

de alguna residencia de la Nueva Inglaterra

y soñar, con la Biblia de los Dickinson

debajo de una almohada de soltera.

Debe haber otro modo que no se llame Safo

ni Mesalina ni María Egipciaca

ni Magdalena ni Clemencia Isaura.

Otro modo de ser humano y libre.

Otro modo de ser.

Por todo eso, es tan hermoso y apacible que González cierre su libro con un capítulo destinado al silencio y es muy sugestivo que contraponga al silencio el estruendo, esta vez, el que proviene de ser autora y publicar y ser animadora y militante de una misma y su obra, lo que la convierte en cómplice del estruendo. Reflexiona ella sobre el estado contrario, el de la invisibilidad: no publicar, no animar su obra, no promoverla… lo prefiero al estruendo, asegura ella. El silencio es pues una opción ética con el lenguaje y con el mundo. 

“El silencio no es ausencia de sonido, ni siquiera es ausencia de palabras: es presencia de otra cosa” dice Betina González, a lo que yo le acompaño con estos versos míos, tan hermanos de su reflexión sobre el silencio: 

El silencio no es ausencia de palabra, es palabra concentrada. Más, no todo silencio concentra palabra. Cabe recalcar la diferencia entre el silencio del Altiplano, cargado de palabra, y el silencio de ese día en que me quedé sin nada que decir y desde entonces busco, muda y ciega, el sendero de la palabra. 

(¡Arribar al venerado silencio! ¡Oh estado supremo del no decir, del no ser y del no estar!) 

Escritora y crítica literaria boliviana - virginiaaillon@gmail.com