Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 19 de mayo de 2024
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Cinco viñetas sobre ‘La obligación de ser genial’, de Betina González (II)

Segunda parte de una crítica del libro de ensayos de la escritora argentina, publicado en Bolivia por Editorial Mantis 

Cinco viñetas sobre ‘La obligación de ser genial’, de Betina González (II)

DOS. De dramones y otras lágrimas

Uno de los puntos de vista de González que más llamó mi atención fue su posicionamiento sobre la literatura sentimental que la contrapone a poner el alma en el texto. Coincido con ella en calificar de “exhibicionismo sentimental” a esa corriente romanticona que, no casualmente, suele tener a las lectoras como público ad hoc y que supone una escritura más bien denotativa, apegada a eso de decir la emoción. Complejo el tema, toda vez que los estudios feministas sobre la lectura han pergeñado conceptos tales como de “lectora enamorada” y “lectora resistente”, precisamente a partir de preguntarse por qué la literatura llamada sentimental es tan atractiva para las mujeres, ensayando respuestas como aquella de que tanto esta literatura como las foto, radio y telenovelas suele desplegar historias de vida que no existen en la vida real pero que fueron la esperanza-gancho del patriarcado para las mujeres: la familia burguesa que incluía al amante y fiel esposo. Son pues ficción en el pleno sentido de la palabra o, como bien apunta González en uno de sus argumentos contra el realismo en literatura: “no leemos novelas porque se parecen a la vida: las leemos porque no se parecen”.

Más aún, ya en este tema González comienza a tejer un argumento fuerte que recorre todo el libro: su acuciosa llamada de atención sobre esta moda que se denomina la “literatura del yo” a la que disecciona e interpela. 

Recuerdo que en un taller de escritura femenina que impartí en una universidad, el comentario de una de las estudiantes, joven escritora de cuentos, sobre Persuasión de Jane Austen, fue que no le gustó porque era una novela muy rosa y que ella prefería las novelas de Lispector que ese momento estaba leyendo. Si no hubiera sabido con antelación que esta joven escritora tenía una muy buena biblioteca de narrativa y poesía en su casa debido a que su padre fue un narrador muy experimentado, el comentario no me habría sorprendido, tanto que tuve que acudir a recordar el derecho básico de tode lector de decir me gusta o no me gusta un libro, para salir de mi asombro. La distinción entre las novelas del romanticismo de las romanticonas es un tema que se me ha vuelto muy caro porque hay que recordar que es en el molde del romanticismo que se formula la obra de las grandes escritoras del XIX, digamos Sofía Brentano, las Brontë, Mary Shelley y, precisamente Jane Austen, entre tantas otras. Es decir, en ese molde ‘permitido’ es que estas escritoras descollaron en la literatura universal, y la narrativa de Austen se sale de ese molde planteando el mundo doméstico y de los afectos como centro del mundo, lo que, ya se sabe, tendrá enormes consecuencias para la novela moderna. Yo creo que hay que reiterar siempre que se pueda que la obra de Austen es grande por el tratamiento irónico, la suspensión semántica del lenguaje, la veladura de los sentidos, demandando así una lectora confidente, como pocas autoras lo logran. 

González es muy incisiva en el desarrollo de los elementos de lenguaje que hacen a la literatura sentimental, aquella que, además, tiene un impulso muy fuerte de la demanda del mercado y que falla, según González en su capacidad de comunicación con la lectora porque es una escritura solipsista, muy diferente a la emoción que supone la obra de la buena ficción, que demanda una lectora activa y, por eso mismo, establece de hecho una zona de comunicación textual. 

Algo que me gusta de este libro es el tono apasionado de González, o sea se le va el alma en cada argumento como en otro que también recorre el libro: su posición contra el realismo. 

Me ha llamado totalmente la atención encontrar este argumento en una escritora proveniente de un país con una tradición literaria tan fuerte en el que yo creí que este era ya un tema sobrepasado. Pero reconozco que la relatividad es muy importante a la hora de calificar de fuerte, débil, grande o pequeña la calidad de una literatura. Pasa que yo escribo desde Bolivia y suelo reconocer cierta marca colonial en comentarios que comparan literaturas, mercado del libro y similares, con un tono victimista y de lo que yo llamo “anhelo del Norte”, es decir, esos mercados del libro, esa crítica, esas revistas, esos lectores. Creo que el subtítulo que encabeza estas reflexiones de González resume muy bien el diagnóstico sobre tales disquisiciones: el miedo a la ficción.  Evidentemente la ficción, su solo nombre, puede causar mareos desestabilizadores para quienes viven apegados y asegurados en la ‘realidad’ (y la macro política, diría yo). El asunto es cuando ese miedo es histórico y social y apunta, siempre que puede, a que este o este otro producto está basado en hechos reales, para apaciguar la angustia de lectores o espectadores, que para el efecto son lo mismo. En Bolivia, los efectos del realismo en la literatura han sido muy negativos, especialmente en la narrativa y sobretodo en la versión de realismo socialista. De hecho, sospecho que el miedo actual a la ficción ‘porque, convengamos que este miedo afinca muy hondo en la psique como en la historia humana’, tan extendido en el globo, tiene raíces más bien ideológicas, que González distingue muy bien cuando la califica como “el tablero de la Guerra Fría”.