‘Viaje al tiempo’, a las 8 pm en el Jazz Stop (II)

Segunda parte de una crónica de La Ceremonia, un micro festival organizado por la productora cochabambina Bajo Cero, donde tocaron bandas emergentes de la ciudad

Es que yo creo que esta música mantiene algo indómito en mí (varios), un cierto sentido de mandar todo a la mierda en una noche, por eso congenia conmigo totalmente. Intimidad, a eso me refería, cuando evocaba ese término. Estas canciones te evocan un sentimiento o un recuerdo o algo que no sé definir.

Volviendo al recuerdo, entonces, voy a referirme a ese lejano 2018 en el parque Lincoln. La cuestión es que esa segunda tocada fue tan mala que no volví a ir a otra por mucho tiempo. Malditos “Sueños”, con su inexperiencia, mataron las ilusiones de inconformidad que tenía un iniciante adulto contemporáneo. Igual creo que me reconcilié con ellos la noche que presentaron su EP y fui a verlos al extinto Pablos Pub, aunque yo estaba totalmente perdido y en otra yendo de aquí para allá como un zombi. A pesar de eso, disfrute la tocada. “Mantra” siempre me pareció un tema que podrían haber compuesto los mismísimos Neu. 

Quizás en aquel entonces yo no sabía quién era. Estaba entre una cosa y otra. Tampoco es que lo sepa bien ahora, pero creo que me consumía la bronca de ser un alguien más sin grandes cosas, ni grandes aspiraciones, viendo que el fruto de ese esfuerzo es vivir una vida igual a la que has vivido: trabajo, comida, tele, chupar el fin de semana, tener resaca, un amorío si había suerte, empezar el lunes y así ad infinitum. Con el tiempo, uno se reconcilia con esa ira y aprende a encogerse de hombros y decir “bah, peor es nada” y a encontrar en esa migaja un resquicio de satisfacción.

Creo que los sueños nos dejaron la sensación de que aquella noche estaba abierta a volver al pasado. Yo sentí esa atmosfera de niñez desde que empezaron con “Renacer”. Se notaba que estaban disfrutándolo, que estaban ahí, arriba haciendo música. Emitiendo un sonido extraordinario en ese lugar cálido, con rostros sudorosos que los miraban atentos. Un contraste con el final del concierto, donde de un momento a otro la potencia cambio y al final nos vimos todos en el medio de un pogo descontrolado con Salo. Ellos mismos trajeron el pasado tocando un cover de Chicas Delfín (Carolina), otra banda anhelada por el público.

Esa noche nos convertimos en tiempo. Olvidamos nuestros cuerpos por ahí y nos volvimos esas canciones que nos evocaban un pasado que recordamos con añoranza. Jugamos a rozar esa especie de niñez. Nada importo. Los que tocaron lo saben, por eso se subieron felices. Por eso, los Glaciares se mataron de risa cuando hubo una pausa al momento de interpretar un cover de “Space Age Love Song” de “A Flock of Seaguls”. Daba igual, el concierto estaba saliendo increíble.

Todos estábamos así, dicharacheros, pasándola bien. El Chelo bromeó con el Orkid acusándolo de arruinar un sintetizador, que en realidad estaba en perfecto estado, cuando este roció a todo el público con las burbujas de su pistola, incluida a la banda y al mentado sintetizador. Obvio, solo lo jodía. Debo decir que el Orkid se lució, disfrazado de lo aparentaba ser un Na’vi de Pandora con una magnifica pistola extraterrestre de burbujas. Todo fue maravilloso. La ambientación azul, los bailes, la música. Él fue el único en reproducir y bailar Candy Cloud, canción que los Sueños anunciaron un día antes que no iban a tocar. Nos dio esa satisfacción que creímos perdida. El público lo coreó largamente: “Orkid, Orkid”. Yo también lo coree. Estuvo increíble.

“Los sueños modernos, cuatro amigos que querían hacer música, nada más”, eso reza una historia del Vic, confirmando lo que se podría generalizar para todos los que estuvieron tocando ahí: la música los convoca, ninguna otra cosa más. A nosotros del otro lado también, nos convoca la música, su música, que seguramente escuchamos todos los putos días y a todas las horas.  Al final la semilla retoño e iniciaron algo, pequeño, pero, en fin, algo.

Quizás embriagado por esa energía hermosa, Camilo Caetano y los teléfonos celulares dieron el show de su vida con una sucesión de temazos que se superaban uno al otro y que actuaron como un imán frente a un público que pensaba que con Los Sueños Modernos había espectado todo lo que La Ceremonia podía ofrecer. Se equivocaron, la masividad de ese concierto fue contundente. El Camilo nos sedujo con su poderoso show y nos tuvo ahí, hasta el contundente éxtasis. Yo me transforme. Dejé mi condición de adulto en fase terminal, para volverme ese punki frustrado del 2018 que estaba ingenuamente emputado con una vida que se le mostraba en todo su inconmovible carácter. Me volví un niño y encabecé un pogo diabólico que prosiguió hasta el final y más allá, cuando los Kellen tocaron su set. No me importo y no me importa. Se que existieron unos pares de ojos que vieron mi estado dionisiaco con ternura, sabían lo autentico de ese acto de amor por la música. 

Esa noche fue mágica. “Viaje al 2018”, escribo en mis redes y muchos concuerdan conmigo. Al menos el Vic lo afirma y si él lo dice, él sabe. No saben las veces que vi un video de Coca Zero tocada por el Camilo esa noche, acompañado por un Orkid que estuvo maravilloso, largándose un baile espectacular que nos contagió hasta la medula. Esa emoción volvió una y otra vez, y anhelé que esa noche no terminara o que por lo menos se repitiera ese momento. Ese domingo estaba en un estado crepuscular. De paso llovió todo el día. Era 5 de enero. Faltaba morar en un bosque solitario para completar la receta de la melancolía. 

Los finales son tristes, pero a veces son necesarios. Quizás lo simbólico del evento nos pueda hacer pensar en ello. Los Glaciares eran la segunda banda y el evento cerró con Casualmente Planificado. El curso natural de las cosas: el pasado transcurre hacia el futuro, pero, como pudimos comprobar, a veces también al revés. Quizás el mejor corolario que se me ocurre para cerrar esta crónica es ese verso de “Coca Zero” que me parece exacto: “Es adiós, despídete”. Es el final, pero el final nunca es lo que es y nunca es definitivo.

Psicólogo y escritor