Un piano indomable
Vivía en el viejo oeste hasta mis doce años, esa era toda mi vida. Aceptaba lo salvaje de sus leyes, justas, implacables. Vivía en esa especie de calma dramática. Salía al jardín como se sale a la pradera, veía los búfalos pastar y de lejos me llegaban los silbidos de los hombres dirigiendo el ganado hacia el arroyo. Esa era toda mi vida, nunca apacible: asaltos a las diligencias, melenas de indios a caballo recortadas a contraluz en las montañas, peleas en la cantina con la pianola de fondo, duelos con pistolas en la avenida principal del pueblo, mis amigas y los baños en el río, los sombreros de los cowboys. Y él; trece años y la muesca que se le dibujaba junto a la boca al prender un cigarro. El viejo oeste era la mejor parte de mi vida. Por eso no hay nada como una buena película sobre ese mundo y más si está hecha por una mujer que sabe lo que significa abandonarse a lo salvaje.
La directora neozelandesa Jane Campion recordándolo todo en su película ambientada en el viejo oeste, The power of the dog (El poder del perro, 2021).
Veintiocho años atrás, un piano embalado en una estructura de madera llega desconcertado y asombrado como un náufrago a las costas de una isla remota en Nueva Zelanda, en pleno siglo XIX. Llega con la viuda y muda Ada McGranth (Holly Hunter), en la tercera película de Campion, El Piano (The Piano, 1993). La violencia de las olas indomables, del suelo húmedo de la playa y de un paisaje que se esfuerza por ser impenetrable y feroz, es la que recibe al piano y a Ada con su pequeña hija Flora (Anna Paquin). Quienes deberían recibirlas, el nuevo esposo de Ada y un grupo de maoríes, se hacen esperar. Ada habla y respira a través del piano, es una eximia pianista y su anhelante y deseante espíritu sin voz encuentra en las teclas del piano una forma de lenguaje: el del tacto, la caricia, el deseo. Ella toca el piano como si tocara a un amante; con caricias, ternura, reconocimiento y el vértigo del descubrimiento. El piano da voz a los sentimientos.
En el más reciente film de Campion, The power of the dog (ganador del Globo de Oro a Mejor Película y León de Plata a Mejor Dirección en el Festival Internacional de Cine de Venecia), un piano emerge nuevamente. Ahora a principios del siglo XX en el viejo oeste, en Montana, en 1925, en un rancho manejado por los hermanos Phil (Benedict Cumberbatch) y George Burbank (Jesse Plemons), que salen a la pradera montados en sus caballos dirigiendo cientos de cabezas de ganado hacia el arroyo. Mientras se escuchan los silbidos de los cowboys y nos rodea un paisaje igual de indómito que el de las costas aquellas de Nueva Zelanda en El piano, llega a la casa principal del rancho un gran piano que George ha comprado como regalo a su esposa, la viuda Rose (Kirsten Dunst). Varios hombres cargan el piano dentro de la casa y lo dejan en la sala. Rose, que no es muda pero sí analfabeta en temas musicales, apenas sí sabe tocar el piano, lo hacía ocasionalmente en las funciones del cinematógrafo. George no lo ve, o no quiere verlo, a él solo le interesa que ella toque el piano para deleite de sus amigos de la alta sociedad, quienes ven en ese próspero rancho una “isla de la civilización”.
Asistimos entonces a los esfuerzos de una mujer tímida, insegura y salida de una fonda donde vendía comida, por ser la señora de la casa. Rose, aterrada por encajar en el rol y por complacer a su nuevo esposo que la ha acogido amorosamente junto a su hijo adolescente Peter (Kodi Smit-McPhee), se sienta a ensayar para domesticar al piano, pero también para aplacar su inadaptación social. Rose toca el piano con el miedo de un niño a articular la “pe”, la “e”, la “i”, la “ere”. Lo toca sin deseo, como si supiera que no es un vestido el que le regalaron, sino una camisa de fuerza. Toca una adaptación para piano hecha por David Ward de la “Radetzky March”, de Johann Strauss, que nos remite a esas inauguraciones de las estaciones de tren en los westerns más clásicos. No hay nada de sensual, de ternura, reconocimiento o vértigo en su relación con el piano o con cualquiera en esa casa. El piano no es el amante, o la voz, es la pistola cargada con una bala para el duelo en la polvorienta avenida principal del pueblo contra otro vaquero; el civilizado, educado en Yale, temerario, sucio y salvaje hermano de su esposo, Phil. Que detesta a la inculta y torpe pianista y a su afirmado y afeminado hijo.
Phil es el domesticador por excelencia. El sheriff que pone orden y ley. Su propia ley. Phil educa a sus vaqueros a mirar de otra manera el mundo; a cierta hora del día se para mirando el cerro frente al rancho instándolos a ver qué hay más allá, qué imagen se forma en el cerro. Ordena el paisaje, le da forma. Instruye a sus hombres como lo instruyó su mentor, maestro y amante, Bronco Henry. Domestica a las bestias, amansa a los caballos, domina el banjo y, al contrario que Rose, toca con facilidad y sin miedo la “Radetzky March”. Phil reprime cualquier signo de libertad que pueda hacerlo ver como un salvaje. En el viejo oeste lo civilizado es ser rudo, controlado, capaz de dominar a la bestia que está afuera como a la que está adentro. Mientras el piano suena como una versión hechizada de Rose, gracias a la musical y osada mano de Jonny Greenwood (Radiohead), el banjo de Phil suena siniestro y oscuro.
El clásico duelo entre la ley y el forastero en este wéstern crepuscular —como lo llamaron algunos críticos— se da en interiores en la sala bien decorada de un rancho, como si lo que estuviera en juego fuera un crimen íntimo. De un lado, Rose, impotente, sentada al piano al que no puede sacarle más que la primera frase de la marcha, y del otro, Phil, que responde con su banjo, desde su cuarto en el piso de arriba, terminando o completando toda la pieza. A los intentos frustrados de Rose tocando unas teclas sin corazón le responden el ímpetu de unas cuerdas que dominan el oeste, que son propias del allí: el banjo, el folk. El duelo termina días después ante los ilustres visitantes recién llegados al rancho, cuando Rose no puede articular ni una frase musical en las teclas. El ganador es el más civilizado, el que mejor reprime lo salvaje en él, Phil.
En El piano, el instrumento sale a la intemperie; en The power of the dog, el piano entra y viste una casa. La música como la portadora de la sensibilidad, el piano como la caja de resonancia de los sentimientos de los personajes se comportan en la primera película como extensión y liberación del deseo; en la segunda, como mortaja y corsé. Pero en ambas es moneda de una cierta economía, la economía de los sentimientos. En El piano, George Baines (Harvey Keitel), un inglés que se acomoda a la vida nativa en Nueva Zelanda, negocia la compra del piano de Ada y lo cambia por un pedazo de tierra a su esposo. Más tarde, George le propone a Ada que puede tocar el piano en la casa de él, pero que a cambio ella lo deje tocarla y obedecer a ciertas órdenes, como sacarse la blusa. Poco a poco, tiernamente, mientras Ada toca el piano, él procede a conquistar el cuerpo de ella como se conquista y domestica un pedazo de tierra. La moneda en este intercambio es el tacto, el control, la liberación, el riesgo, el placer y la violencia.
En ambos escenarios salvajes —uno verde, selvático y torrencial (El piano), y otro ocre, árido y agreste (The power of the dog)— , Campion parece insistir en la misma idea; aquella de que uno de los pasos hacia la civilización, o lo civilizado, pasa por la administración de lo sensible. “Cuando el amor es demasiado grande se vuelve inútil (…)”, declara Clarice Lispector en su crónica Revuelta (1968). Phil ha reprimido su lado sensible al máximo, solo en una escena se deja ir. Tirado en el pasto, semidesnudo, toma el sol. Están solos él y su caballo cerca de un arroyo. El lugar está rodeado de árboles como una fortaleza que lo oculta del mundo. Allí saca el pañuelo con las iniciales BH bordadas y juega con él, se acaricia el cuerpo con él, se lo pasa como en un lento y largo beso por la cara. Nos recuerda a la visual háptica —el término háptico designa al estudio de las percepciones a través del tacto— tan fuerte en el cine de Campion, como en ese plano cerrado en la mano de Ada con su guante negro acariciando suavemente la superficie del agua mientras navega en un bote, o tocando íntimamente las teclas del piano con el dorso de la mano después de no haberlo visto, escuchado o tocado por varios días.
El piano como metáfora de lo sensible, de lo indomable. Lo sensible, la vida de los sentimientos es inútil si no hay un propósito, la civilización en estos dos casos. Los dos pianos son, para los otros, inútiles si es que no sirven para lograr algo más que solo dar voz a las emociones, o al deseo, o al alma humana. El piano ha de servir a los deseos de sus amos: obediencia en El piano e instrucción e ilustración en The power of the dog. El control y el poder de las emociones y del deseo es lo único que garantiza el estatus de “persona civilizada”, educada. Lispector cierra su idea y la de Campion y la pone así: “Me quedo perpleja como una criatura al ver que incluso en el amor hay que tener sentido común y noción de la medida. Ah, la vida de los sentimientos es extremadamente burguesa”.
El viejo oeste era la mejor parte de mi vida porque ser salvaje o jugar a ser salvaje, como Lispector y Campion lo plantean, era atentar contra la idea de que sentir menos es ser más. Pero eso, de niño, uno no lo sabe.