Una travesía rumbo a la desaparición
A Iris Kiya, al contrario de la mayoría de nosotros, escritores nacionales que utilizamos nuestros nombres en todo lo que escribimos quizás para intentar escapar de un olvido al que de todas maneras estamos condenados, le gusta desaparecer. Mejor aún, hacer de la desaparición un artefacto. Y este artefacto no es otra cosa, al final, cuando uno cierra un libro suyo como Vladimir C. El vigilante del campo de mostaza (Mantis, 2023), que una súbita aparición o, para ser más preciso, un conjunto de súbitas apariciones.
El primer texto que leí de ella fue No pelea, suda, cuyo escritor, el heterónimo Melmoth, también será mencionado en esta nouvelle. Lo primero que me llamó la atención de ese relato fue la manera en la que estaba presentado, el cuidado de artesano que pretendía narrar, a través de fotografías y dibujos, quizás otra parte de la historia que, por escrito, de un modo más tradicional, digamos, guiaba al lector en un universo en el que podían confluir tanto la palabra escrita, esa lectura del entorno, como la imagen tomada directamente de “la realidad” y la representación de “lo real”.
Este libro, por su parte, es presentado a nosotros bajo el nombre del compilador Milton Steiner, o Milton Roca, personaje/autor que sostendrá un diálogo a través de misivas con ese otro personaje/autor del universo ficcional de Iris Kiya, Melmoth para que nos enteremos que, más que un ladrón de escritos, es un asesino de espejos: Vladimir C., el vigilante del campo de mostaza, es, también, a su modo, un personaje/autor.
La acción de estas historias sucede –me pareció, incluso a pesar de que ciertas fotografías pudieran contradecir esta idea– en un no país, un territorio que, al igual que los personajes, flota a la deriva de sus propias ambiciones literarias y, a su modo, es otro personaje más de estas narrativas de la desaparición que nos ofrece Iris Kiya a través de estos artefactos que son como espejos que se reflejan entre sí y hasta el infinito.
La aparición de Lilichka, hacia el final del libro, me pareció similar a la aparición de las fotografías en No pelea, suda: la aparición que busca explicar, a colores, todo lo que ha sucedido antes para iluminar las sombras de lo que ha ido desapareciendo en medio de ese juego permanente de anonimatos. Porque sobre eso es lo que escribe Iris Kiya, sobre sombras, casi fantasmas que no se quieren perder del todo, pero cuya esencia está en cierto extravío intelectual.
Al final, las palabras, o las imágenes, son eso, nada más, pareciera decirnos esta autora, una de las más interesantes del nuevo panorama de nuestra literatura que, a su vez, me parece, también firma con un seudónimo sus escritos: uno de los más tenues refugios de una memoria siempre huidiza. No somos más que fantasmas sin nombre en medio de una travesía rumbo a la desaparición.