Opinión Bolivia Ramona

  • Diario Digital | jueves, 04 de junio de 2026
  • Actualizado 00:00

Trabajoso encubrimiento

La autora advierte, en este análisis, que el diario del cura Alfonso Pedrajas “nos muestra una práctica consuetudinaria, repetitiva, sin duda aprobada por sus allegados en un clima de amedrentamiento y de silencio”

Trabajoso encubrimiento.
Trabajoso encubrimiento.
Trabajoso encubrimiento

El debate suscitado en la prensa, en torno a los casos de abuso sexual perpetrados en un conocido colegio cochabambino administrado por la Compañía de Jesús, ha hecho brotar una plétora de análisis y discursos que, lejos de saldar dudas, las ahondan, y con ello crece la indignación y el desconcierto. Me atengo aquí a algunos artículos y columnas de opinión que salieron a la luz el pasado domingo en la prensa paceña (1). Junto al desarrollo propiamente informativo, se deslizan en esa edición las ramificaciones de un argumento engañoso cuyo fin no es otro que el de marear la perdiz: se buscan chivos expiatorios, se echa una cortina de incienso sobre la prevalencia y vigencia actual de la cultura del acoso, y se teje una enredada retórica destinada a encubrir la magnitud de los hechos y restar credibilidad a denunciantes y críticos.

Se pretende, por ejemplo, difuminar el foco de las denuncias, metiendo en el baile a otras órdenes religiosas y a la Iglesia católica en general, sabiendo que esta aún goza de respeto y legitimidad ante la mayoría de la población. Se eclipsan así los responsables directos y específicos de los hechos, ocurridos hace varias décadas y domiciliados en un terreno concreto: el Colegio Juan XXIII, conocido coloquialmente como “Juancho“ (¿a qué viene tanta familiaridad?). También se cita a sacerdotes de otras órdenes, como los oblatos canadienses o los curas seglares, que sin duda contribuyeron a apuntalar (caso Mauricio Lefebvre) respetables espacios de investigación y quehacer crítico, como la carrera de Sociología de la UMSA. ¡Qué manera de desviar la atención de las y los lectores! Poco les ha faltado para mentar al sacerdote guerrillero Camilo Torres; así los “malos“ se escudarán en la luminosa imagen de los “buenos“.

Para mí la cosa está bien clara, y se relaciona con el Poder. La aludida orden religiosa es la más poderosa de Bolivia, con más de cuatrocientas escuelas y colegios distribuidos a lo largo y ancho del país, una veintena de fundaciones y centros  investigación, además de varias universidades. Maneja millonarios fondos, cuyo origen y cuantía se conocen más por la ostentación arquitectónica y los gastos en comunicación, que por rendiciones transparentes o impuestos puntualmente cancelados. En fin, no le faltan nexos con los poderes estatales e intelectuales, que son también la cara “buena” de la tradición jesuita, y han aportado ideas a la reforma del Estado, al “proceso de cambio” y a la propia Constitución Política (caso Xavier Albó).

Pero el meollo del asunto es el Patriarcado, como bien lo ha hecho notar Sonia Montaño en la misma edición de Página Siete, y de él no se salva ninguno. Patriarcado y colonialismo comparten el rasgo de separar las virtudes públicas de los vicios privados; es decir, fomentan la cultura de la doble moral. Sea que vista de varón o de mujer, de poncho o de sotana, el Poder se funda en un Pacto Patriarcal (RS) (2) que conduce a una sociedad de cómplices. ¿Por qué a Pedrajas le resultó tan natural relatar los placeres culposos de La Mala Educación en su condición de director del colegio? ¿Para quién lo hizo? El diario del cura Pedrajas nos muestra una práctica consuetudinaria, repetitiva, sin duda aprobada por sus allegados en un clima de amedrentamiento y de silencio. Fue y sigue siendo protegido por la “cofradía masculina” (RS) que habitó sus aulas, campos deportivos y laboratorios, y hoy esta se reproduce en medios de comunicación y otros espacios públicos. La gestión de esta estructura de poder tiene sin duda una raíz colonial, donde pesan cuestiones de clase tanto como de etnicidad y origen familiar. Un reportaje de La Razón lo explicita: un “jesuita catalán le conseguía (al cura Luis Tó) niños indígenas y de familias vulnerables para que le ayudasen y de estos niños él abusaba” (8 de mayo 2023). Para hogares de remotos rincones y espacios subalternos, un hijo inteligente, al ser reconocido y aceptado, seguramente compensará todos los malos ratos que habría de pasar en manos de sus mentores. Silenciar sus dolores también le ahorrará a su familia saber el precio de la filantropía, que compensa –para un pequeño número– el hecho de que en Bolivia la educación de calidad no es una puerta abierta a todos.

La diferencia étnica y de clase entre perpetrador y víctimas no es por ello un dato menor. Entre el dador y el receptor de filantropía se establece un vínculo perverso, como si el que recibe la ayuda tuviera que demostrar sumisión para continuar gozando de un  privilegio condicional: así el acceso deja de ser un derecho.  Este es, sin duda, un hecho patriarcal, porque se funda en un tácito reconocimiento de los poderes secretos y crueles de la masculinidad. Vale decir que testigos, y aun víctimas, se ven obligados a callar o a encubrir los abusos porque estos fueron la parte envenenada del regalo que da al dador el poder de alentar o bloquear la realización profesional y personal del receptor. El caso de Boaventura de Souza Santos entra llenamente en este esquema, donde el entramado institucional y político favorece la perpetuación de relaciones de poder profundamente desiguales, y por ende, de ocasiones para naturalizar el acoso sexual.

El hecho de que sean varones la mayoría de sus víctimas añade otro giro a la tuerca del Poder. Sus prácticas homosexuales se realizan a escondidas, no salen del clóset o del confesionario, cultivan fachadas honorables tras las que pueden ejercitar los más innobles actos. Personalmente, celebro que haya maricones y travas, sexualidades no binarias y conductas disidentes, pero detesto la hipocresía, la doble moral y a los maricones que no se atreven a salir del clóset. Para estos curas poderosos debe resultar más atroz reconocer su homosexualidad, que practicar en privado la depredación sexual, pues, según ellos, “Jesús perdona al pecador” (ibid.).

En lo que a mí respecta, me resulta indignante que hayan mencionado mi nombre entre los docentes del Juan XXIII. Me refiero a algún periodista anónimo de Página Siete (Post-It de Ideas). Nunca fui docente de ese antro, y supongo que, en un acto de trabajoso encubrimiento, quisieron darme una membresía de honor en su cofradía. ¡Dios y la Pacha me libren! Por esos crímenes y dolores inflingidos en cuerpos y almas de tantos niños y adolescentes; por el efecto deletéreo que tendrán sobre sus familias y su entorno social, no basta ser “duro con los encubridores“ (otros chivos expiatorios) ni augurarles el infierno en el más allá. Están ya ardiendo en el infierno que han creado en esta tierra, y ese fuego deberá ser alimentado con la rebeldía y el coraje no solo de las víctimas, sino de toda persona digna y consciente de que la colonización española continúa vigente, con toda su violencia y brutalidad.  

(1) Página Siete, el domingo 7 de mayo 2023.

(2) Concepto de Rita Segato.