Todo lo mirado reclama un ojo*
Me salgo de la cabeza y toco el hueso, dice María, y yo al darme vuelta, la veo durmiendo, la frente apoyada en el vidrio de la ventanilla. Es de noche y manejamos con las luces apagadas porque de esa forma les resultará más difícil encontrarnos. Oye, digo, y ella ríe, y en su risa hay algo que me desconcierta, como si sucediera en otro tiempo, antes de que nos conociéramos. Cuando me salgo de la cabeza, dice, respiro en el lugar donde toda esa luz se disemina. Toco su hombro y al voltearse despierto en la cabaña en la que nos refugiamos desde hace más de una semana: mi mujer lleva desaparecida dos días.
El cielo cada vez está más rojo. Me siento a un metro de la puerta y canto para nadie o para ella, y en algún momento, el lenguaje me expulsa, me deja acá afuera, con todos estos colores imposibles.
Por enésima vez hago el recorrido que hicimos antes de que desapareciera, cuando le seguíamos el rastro a un conejo. Le digo no pudiste ir tan lejos. El verdor de la selva es una explosión en mi cabeza. Dos conejos me observan, me pregunto si uno de ellos era el que perseguíamos. Me recuesto con la espalda apoyada en el tronco de un árbol y por segundos nuestras miradas se confunden. ¿Qué mira al verme? En la negrura de sus pupilas constato la disolución de lo que alguna vez fui. Te estoy soñando de nuevo, dice mi mujer, y al voltearme veo más de lo mismo: los colores de las hojas palpitan. María, digo, y me asalta el recuerdo de las botas de los milicos pisoteando los cráneos de los detenidos.
Hago un fuego al frente de la cabaña y ya no sé qué es lo que espero. Probablemente morí y esto es la antesala del infierno. El calor entra en mis ojos, el aire abre mis neuronas: solo hay la expectativa de lo que pasó, memoria falsa. Si pulverizo mis ojos no voy a expulsar a mi cuerpo de mi cuerpo porque es del cuerpo de lo que me privaron. De quién era esta cabaña, le pregunto a María, pero esta vez no me contesta porque no hay más que aire. ¿Acaso importa?, digo, y me quedo quieto durante unos segundos fascinado por la claridad de la llama. Aproximo la mano y aguanto todo lo que puedo: el dolor ya dejó de evidenciar que soy presencia.
No estoy muerto, la que murió en la represión es mi mujer. La que me acompañó en la huida fue su fantasma. Escupo en la tierra y en mi saliva hay sangre.
Me escabullo hasta donde abandonamos el auto. Sigue allí, en un costado de la carretera, tal como lo dejamos cuando se nos acabó la gasolina. Espero que pasen los camiones de milicos, que me detengan, que me desaparezcan como desaparecieron a miles, pero no sucede nada.
En la cabaña veo a mi mujer ordenando los trastes. María, digo, y corro con la poca fuerza que me queda. Le pregunto dónde se había metido. Ella dice que le alcance sus zapatillas. Me acerco para abrazarla, pero impide que la toque. Mis zapatillas, dice, y cuando me giro para ir a buscarlas me entra un frío en la espalda que se convierte en una certeza: no está acá, le hablo a mi delirio. Las necesito ahora, dice. Cuando me agacho para recogerlas constato que están llenas de sangre. Me tiemblan las piernas de horror cuando las agarro. Al voltearme para encararla solo hay los trastos y el olor a humedad.
Vuelvo a hacer otro fuego. Todavía siento en los dedos la humedad de la sangre que había en sus zapatillas, no es otra cosa más que barro. Mi mente se está derritiendo. Ya nada de lo que percibo me garantiza certezas de ningún tipo. Tres aviones de guerra pasan a pocos metros de altura. El ruido de sus motores se queda en mis tímpanos mucho tiempo después de que desaparezcan.
Si el cerebro es una puerta de entrada, la voz de María es lo que posibilita el extravío. Mi cuerpo se abre al sueño y mi mano no toca mi cara: toca una dimensión del espacio donde el grito es una continuidad de la lengua.
Dos conejos sin piel cuelgan de la entrada de la cabaña. La sangre se acumula en el piso, es muy distinta de la que ocasionalmente escupo: más densa, de una negritud apabullante. Los ojos miran hacia adentro pero ya no hay ningún adentro.
Si ya no hay más adentro, ¿qué es lo que opera como límite? El ruido de pasos me despierta, cuando me asomo a la ventana percibo la noche cerrada. La mente se escapa por mi boca y mi nariz. Respirar me vuelve otro.
El soldado duerme en la cabaña, a metros de donde colgué a los conejos. Lo encuentro después de haberme internado en la selva buscando a María. Me acerco con sigilo y tomo su arma. Pateo uno de sus pies y abre los ojos. No parece asustado. Lo apunto en la cabeza. Soy un desertor, dice. Me escapé hace un día. Al sonreír descubro que no tiene dientes. Por un minuto no hacemos nada más que mirarnos. Si deslizo el dedo por el gatillo, su cabeza explotará y su sangre se confundirá con la de los conejos.
Nuestras animalidades son intercambiables.
Era piloto, dice. Se pone de pie con esfuerzo y mira al cielo, todo rojo, un atardecer que se demora demasiado en desaparecer. Mataste a muchos de nosotros, digo, y él no responde. Por qué huiste, pregunto. Todos lo están haciendo. La cosa se salió de control, dice. Le quedan días al régimen del general. Se sienta con esfuerzo al lado del fuego y deforma el rostro por el dolor. Se desabotona la camisa: tiene una herida de bala a centímetros del ombligo. Se ve feo, digo. Ríe y me inunda los ojos con esa boca sin dientes.
María está de pie, mirándome. La primera luz del día inunda el espesor de la selva. Estoy muerto, le pregunto, y ella sonríe y tengo un atisbo de la mujer joven que fue, como si por esos momentos en los que aún puedo sorprenderla le devolviera todo lo que se hizo pedazos viviendo. No, dice, aún no. Me reincorporo y miro las cenizas que quedaron del fuego. Van a llegar, dice. Tenés que irte. El piloto duerme con la cara enterrada en el pasto. No importa, digo. Tomo agua de la cantimplora y me acerco a donde botamos los huesos de los conejos. Sostengo uno y lo guardo en mi bolsillo. Tenés que irte ahora, dice, y su voz recorre las paredes del cráneo y al volverse silencio deja un dolor punzante que se concentra en los ojos.
Tenemos que irnos, le digo al piloto. Despierta, baba seca alrededor de los labios. Le toma segundos reconocerme, saber dónde se encuentra. Está pálido. Ha perdido mucha sangre. En horas o a lo sumo en un día será un hombre muerto. Pronto van a llegar, digo. Se reincorpora como puede y mira su herida. La piel que bordea el agujero está necrosada. Parece un ojo, dice, y vuelve a sonreír.
La altura imposibilitaba toda forma de empatía, dice el piloto que cargo en mi espalda. Pesa como un niño, el hijo que María y yo nos negamos a tener. Cuando lanzábamos las bombas los quemábamos. Toda esa multitud no tenía alma porque solo era grito. En la velocidad no había forma de sentir remordimiento. Se queda callado y ya no sé si vive o muere. Me abro paso en la selva sin saber a dónde me dirijo, solo porque un espectro, el de mi mujer, me pidió que me fuera del único lugar que encontramos como refugio.
El delirio pulveriza la visión para inaugurar el tacto. Toco con los ojos lo que perdí. Escucho, en esta hora de la tarde, la risa de María. La herida del piloto hiede a mierda, a lo que al descomponerse nos niega.
Solo selva y espesor. La respiración del piloto cada vez es más tenue. Gime y llama a su madre, como si la luz del sol fuera una promesa de lo abierto. Tu madre no te espera allá, le digo, y mis palabras no provocan ningún efecto en él.
Este tiempo liminal es el tiempo en el que el cuerpo me da la espalda. Mi nuca aparece como un horizonte. Tengo miedo de llamar a María y de que mi voz resulte otra.
El cuerpo se extiende por aquello que me resulta invisible. Le pregunto a María si mi voz ha cambiado y solo escucho estática. El piloto hunde sus dedos en mi boca, los aparto. Qué es eso que se aproxima, pregunta, y no hay nada más que vegetación: los pájaros, inmensos y silenciosos, nos miran desde las ramas. Huelen algo que está en nosotros y que empieza a dejarnos solos.
Te veo ahí, dice el piloto, y apunta a las sombras que se forman a lo lejos. Solo son las plantas, digo. No, insiste: allí. Puedo verte el rostro, nos estás mirando.
Hago música con lo que se rompe pero nada de eso sirve para descifrar el mundo. Lo integro a mi cuerpo e inauguro lo monstruoso. Nada se pierde, todo se conserva a condición de que me deshaga del nombre. El piloto ríe, ya no sé cuáles son sus pensamientos y cuáles son los míos.
Mis ojos están acá para devolver lo mirado, digo al penetrar en la selva: todo lo que me rodea es lo que ya no tiene sentido. Mientras más me adentro más pierdo lo que me daba asidero. María respira desde algún lugar de mi cerebro y su respiración es un lenguaje que me deja afuera.
El límite es poroso, lo que se presenta como huella de lo que alguna vez fue presencia. Soy mi propio rastro.
Una vez vi llorar al general, parecía un niño pequeño. No recuerdo qué provocó su llanto, dice el piloto. Se paró en su escritorio y nos dijo que venía de una familia de abolengo, que todos éramos sus cambas y que al gobernar sobre la cambada ejercía el derecho que dios le había conferido. El piloto ríe y yo sé que ya está muerto, que lleva muerto al menos dos horas, pero aun así lo cargo conmigo.
Qué es todo aquello a lo lejos, ensuciando la luz, sino su aliento. Mi conciencia está afuera y constata lo que alguna vez fue el cuerpo de un hombre que pulverizó a otros con solo apretar un botón. Allá, le digo al piloto muerto, te veo desaparecer y replegarte en eso que es lo múltiple, lo que asecha en silencio. (…)
*Fragmento de uno de los cuentos que integran El horizonte del grito (El Cuervo, 2024)