Opinión Bolivia

  • Diario Digital | lunes, 15 de abril de 2024
  • Actualizado 20:56

Testigos del fin del mundo

Fragmento del ‘Prólogo’ del libro del crítico musical cochabambino Javier A. Rodríguez Camacho, editado en Bolivia por El Cuervo. El volumen, que reseña 120 discos de música independiente iberoamericana, ya está a la venta en librerías del país
Testigos del fin del mundo

¿Pero qué tiene que ver mi biografía con privilegios, música independiente y este hermoso libro que ha escrito Javier Rodríguez? Pues, como Dënver o Rita Indiana conmigo, en Testigos Del Fin Del Mundo abundan reflexiones sobre discos que no solo definieron el underground iberoamericano de la última década, sino que también le cambiaron el chip a toda una generación de melómanos que muchas veces no se sintieron comprendidos o representados en casa o en español. Me consta porque después de mi intensa noche de descubrimiento musical en el Bronx empecé a viajar con frecuencia a festivales con fuerte presencia de indie latino, y ahí fui conectando con personas que por sus propias circunstancias vivían conflictos similares entre sus identidades y gustos por lo vanguardista, experimental o no-tradicional. En Monterrey conocí a Julio, en Chicago a Carolina y Jhonatan, en Santo Domingo a Max, en San José a Pablo y Giovanni, en Atlanta a Mónica, en Bogotá a Helena, en Dallas a Patricia y en Ciudad de México a Beverly, Alberto y Oscar; los chicos de los gustos raros de nuestros respectivos grupos de amigos. Poco a poco estos lazos extinguieron mi soledad, pero cuando mi pasión se volvió profesión comprendí que había muchas más peculiaridades culturales que llevaban a estas desconexiones y que contribuían a fuertes retos para la música independiente en Latinoamérica. 

La ilusión que lo euro-gringo es implícitamente mejor no solo la viven los nacionalistas del norte. Cada vez que alguien dice “sáquenme de Latinoamérica”, sea con toda seriedad o como chiste, se perpetúa una derrota existencial sugiriendo que nuestros países, identidades, culturas y familias requieren una salvación que nunca llegará. La constante decepción política, social y económica que vivimos en el sur del mundo ha engendrado un profundo rechazo que promueve una obsesión por lo externo como método de escape y validación, especialmente en generaciones globalizadas por el Internet. La escasez de apoyo crítico, financiero y popular han generado un ciclo de menosprecio normalizado hacia proyectos que nacen y desaparecen en nuestro propio patio todos los días. ‘Apoyar escena’ es un cliché de todo circuito artístico independiente pero necesitamos más que fe para demostrarle a los desencantados que el arte creado en Ciudad de México, Bogotá y Buenos Aires es igual de relevante al de movimientos en Los Ángeles, Londres o Berlín. En mi opinión, la mejor manera de empezar a erosionar nuestro complejo de inferioridad es examinando por qué buscamos participar en sistemas que no fueron diseñados para evaluar nuestro trabajo, y afrontar las dinámicas de poder que nos hacen mirar al norte con todo fervor mientras ellos escasamente saben encontrar al sur en un mapa.

Mas allá de mi propia experiencia, al pensar en ejemplos de este rechazo vuelvo a una conversación con una amiga mexicana que por años estuvo involucrada en el circuito de medios y festivales musicales en el D.F. y cuando le pedí recomendaciones de bandas o artistas locales simplemente me respondió que no escuchaba música en español. En otra ocasión investigando para una nota acerca de Javiera Mena llegué a dar con una página española donde la sección de comentarios la describían extensamente como la única artista hispanohablante que valiera la pena. Festivales como el Corona Capital en México que se rehúsa a incluir talento nacional en sus enormes carteles, al igual que infinitos medios latinoamericanos que solo regurgitan contenido y reacciones acerca de Radiohead y Oasis son cómplices en el desamparo de miles de jóvenes músicos que con dificultad logran llegar a algún playlist curado en sus regiones. Las masas hipnotizadas por el culto a la celebridad también comparten bastante culpa ya que cuando editores conscientes que llevan las riendas de un negocio toman un riesgo al darle espacio a propuestas nuevas y menos conocidas, esos artículos casi siempre pasan desapercibidos. Por eso la afiebrada afición por alcanzar un Grammy; gringo o latino. Por eso cada artista o banda que conoces aspira a recibir el numerito mágico de Pitchfork en vez de una reseña en un medio local donde entienden el contexto de su trabajo pero nadie hace clic a menos que estén escribiendo de alguna banda en Austin o un productor en París. Obviamente hablo de plataformas con repercusión a nivel mundial y ese reconocimiento puede tener implicaciones económicas significativas, pero estas van de la mano con nuevas tendencias socio-políticas de representación y diversidad que han abierto camino para propuestas todavía invisibles en sus países de origen.

A finales de los 2000, en Estados Unidos, Remezcla y Club Fonograma emergieron como pioneros de un diálogo entre la nueva música independiente de Latinoamérica y jóvenes de la diáspora que buscaban una conexión moderna a sus raíces. Dentro de los últimos cinco años, el panorama mediático ha cambiado por completo y ahora vemos con regularidad la cobertura de propuestas internacionales (léase, no en inglés) en Rolling Stone, NME, Pitchfork, The Fader y Resident Advisor gracias a equipos laborales que representan la diversidad que exigían cuando eran lectores. También es necesario reconocer el éxito del reggaetón que al convertirse en el ritmo global de la década pasada también se volvió una inversión financiera viable para estas organizaciones. El reggaetón cambió el lente de como miraban a Latinoamérica desde arriba, ya no solo como inspiración o materia prima sino también como un mercado con poder adquisitivo al que no podían seguir ignorando. El Internet como herramienta de promoción fue otro momento revolucionario, abriendo nuevas avenidas para artistas quienes pueden ser desconocidos en casa y tener legiones de fans en diferentes rincones del mundo; como Sexores, un dúo de darkwave mejor conocidos en Rusia que en su natal Ecuador, o Sunset Images quien tuvo más suerte lanzándose a la escena de noise de Japón que en la de México. El Internet también ha democratizado la industria de la crítica y el buen gusto, creando nuevas oportunidades para voces frescas del rubro y posicionando a nuevos referentes como Puerto Rico Indie, El Amarillo (Colombia), Discolai (República Dominicana), Ultramarinos (México), Radio Cocoa (Ecuador) Hits Perdidos (Brasil), Dance To The Radio (Costa Rica), Mor.bo (Chile), Bulla (El Salvador) y me enorgullece poder incluir mi trabajo con Songmess.

Nuestro reto ahora es concientizar e incentivar a los públicos a construir e involucrarse en sus propias escenas locales, no solo para establecer nuevas identidades culturales sino también para invertir en una economía local. Parecerá simplista pero la realidad es que si quieres flores en el jardín debes regarlas. Eso hicieron comunidades en Chile, Costa Rica, Puerto Rico y pequeños epicentros mexicanos como Monterrey, Hermosillo y Tijuana; donde colaboración entre músicos, medios, espacios culturales, curadores de festivales y una presencia contundente del público convirtieron iniciativas íntimas en movimientos reconocidos y emulados a nivel internacional. Nosotros los mortales tenemos el poder, querido lector. Está bien amar a Beyoncé, Shakira o Bad Bunny, pero recordemos que los millonarios ya tienen sus millones y que al ofrecerle una oportunidad seria a las bandas que tocan cada fin de semana en nuestro rincón del mundo mejoramos la oferta local. En su apogeo, el rock en tu idioma logró demostrarles a las masas latinoamericanas que no solo debemos mirar hacia fuera para encontrarnos a nosotros mismos en narrativas artísticas que balancean tendencia, innovación y una voz del pueblo. Bandas como Café Tacvba y La Maldita Vecindad retorcieron el rocanrol hasta que sonara de un origen indudablemente mexicano, mientras que Los Prisioneros usaban sintetizadores para soñar himnos de guerra contra la dictadura de Pinochet, sin saberlo imponiendo el sonido que definiría la ola del synthpop chileno décadas después. También debemos despojarnos del mito que la música latina es tradicional e inmutable o que viene vestida de plumas y campanas solo por que así la han consumido en Estados Unidos y Europa, y por ende así nos la vienen a vender de vuelta. A partir del 2000, la explosión de la electro-cumbia en Argentina y Perú a manos de Chancha Vía Circuito, Dengue Dengue Dengue y Deltatrón fue alcanzando nuevos oídos alrededor del globo mientras refrescaba el género para audiencias nacionales sedientas por algo nuevo pero familiar. En Centroamérica, donde Honduras, Costa Rica y El Salvador se han convertido en tierra fértil para el ambient y el techno, productores como Almanacs, Blau Grisenc y Amnésica han encontrado inspiración en el futurismo y la preservación ambiental en vez de estereotipos folclóricos que muchas veces se reducen a marketing y sex appeal estético. La música latina es definida por sus artesanos, no el género o su apariencia. Y de pensar lo contrario les deseo suerte arriesgando los dientes al decirle a una punk venezolana o un trapero cubano que lo que hacen no es latino.

Con Testigos Del Fin Del Mundo, Javier Rodríguez se ha dado la exhaustiva tarea de seleccionar y recopilar 120 álbumes que de alguna manera han propuesto, retratado y desafiado paradigmas locales o regionales, trascendiendo la simple popularidad de sus canciones y dando el salto a la consciencia colectiva. Cada artista y su obra nacen y existen dentro de un mundo propio, marcados por el paisaje que les rodea, la situación socio-política del día o simplemente el deseo de crear algo que en su tierra todavía no se haya escuchado. Javier toma el romance y la mitología tras cada uno de estos discos y lo carga de contexto, contrastando el significado y relevancia de cada verso y nota con el tiempo y lugar donde fueron compuestos. El arte, la música y la cultura son documentos vivos en constante evolución y tarde o temprano a todos nos toca esa Eureka sísmica que lo cambia todo. Para mí fue Música, Gramática, Gimnasia de Dënver, y en este libro vienen 119 otros discos que en algún momento cumplieron esa tarea reveladora para fanáticos de la música alrededor del mundo. La lección es que debemos mantenernos curiosos. ¡Escuchen, aprendan, cuestionen e interactúen! Hay varios discos en este libro que todavía no he escuchado y se me hace agua la boca al pensar que hay más tesoros al horizonte. Hace nueve años Dënver dijeron que me daban “Lo Que Quieras,” y, wow, qué manera de cumplirme la promesa.

*Periodista musical estadounidense criado en Latinoamérica, colaborador de medios internacionales como Rolling Stone y Pitchfork, cocreador y anfitrión del podcast Songmess