Opinión Bolivia

  • Diario Digital | jueves, 17 de octubre de 2019
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[Nido del cuervo] Tan familiar como tener pájaros en la boca

Una reseña a la obra Pájaros en la boca, de la escritora argentina Samantha Schweblin, publicada por la editorial Nuevo Milenio. Disponible en las librerías del país.
Plaisir, de René Magritte.
Plaisir, de René Magritte.
[Nido del cuervo] Tan familiar como tener pájaros en la boca

“Mi forma de pintar es: imágenes visibles que no disimulan nada; evocan misterio y, de hecho, cuando uno ve una de mis pinturas se hace esta simple pregunta: ¿Qué significa esto? No significa nada porque el misterio no significa nada, es incognoscible”. René Magritte

La primera vez que me enfrenté a un texto de esta autora fue por una recomendación, un cuento, el hombre sirena; por lo que pude indagar, parece ser uno de los más difundidos y que más elogios ha tenido. No me gustó y gracias a eso dejé de seguir la pista de Schweblin por un tiempo. Hace unos meses me topé nuevamente con ese nombre, curioseando entre los estantes de libros de la sucursal de Plural Editores que está a media cuadra de la plaza principal. “Samantha Schweblin” en letras blancas e impreso sobre la portada de una nueva edición de su libro de cuentos Pájaros en la boca que la editorial nacional Nuevo Milenio publicó este año. Ella es de origen argentino, ya ronda más de los cuarenta y actualmente radica en Berlín, no sin antes haber arrasado con varios premios a diferentes obras suyas, entre ellos el Casa de las Américas que fue otorgado en 2008 justamente al libro que mencioné antes. Desde entonces no ha dejado de correr tinta sobre sus influencias literarias, el carácter fantástico de su literatura, su técnica impecable y su destacada carrera. Con toda la atención que le han dedicado durante todos estos años, los últimos 10 especialmente, resulta difícil proponer algo original que no se haya mencionado antes.

La imagen que acompaña a este artículo pertenece a una pintura del belga René Magritte que fue expuesta en 1927 con el título de Plaisir (Placer). Se ve a esta joven devorando un pájaro ante lo que podría ser la mirada impávida de las demás aves. De esta pintura se puede interpretar, entre muchas cosas, el peligro subyacente a lo que consideramos inocente, puro; también la extrañeza con lo que considerábamos familiar o bueno. Magritte a finales de la década de los 20 y principio de los 30 se relacionó mucho con pintores surrealistas como Breton o Dalí y esta vanguardia influyó mucho en su trabajo posterior. En Plaisir se aprecia la influencia del surrealismo, pero, en el particular caso de Magritte, esté fluye en una forma sutil. Este pintor, en la mayoría de sus trabajos, no hace uso de formas irreales, sin referentes externos, ni pinta composiciones muy elaboradas o muy llamativas por sus colores (en realidad, la paleta de colores de Magritte es más bien, diríamos, sobria). La grandeza de Magritte está en colocar todas estas cosas que nos son familiares en situaciones bastante extrañas, no diríamos oníricas pues creo que congenian más con la definición borgiana de ficción, cosas que parecen improbables, pero creíbles.

“¿No deberías estar hablando de un libro? Al parecer te estás desviando un poco del tema”. Para nada. Tanto Magritte como Schweblin tienen está particular forma de surrealismo en sus trabajos. Tomando como ejemplo está pintura de Magritte y el cuento Pájaros en la boca de Schweblin, más allá de la obvia similitud temática, en ambos prevalece la tendencia a extrañar lo familiar. Todos los cuentos del libro de Schweblin se desarrollan bajo circunstancias que no podrían definirse como cotidianas, pero no son imposibles. Los personajes, y los lectores, como los pájaros en el cuadro de Magritte, si bien se encuentran frente a situaciones que calificarían de extremas y raras, se dejan llevar por la ficción y no se preguntan si lo que acontece es falso o verdadero; esa es la genialidad de Schweblin, uno nunca cuestiona la certeza de lo que está leyendo porque los cuentos están tan bien escritos que no dejan espacio para la duda. Schweblin la profeta, sus palabras innegables y sus lectores, me considero también entre ellos, creyentes. Desconozco si la obra de Magritte de alguna forma influyó en el trabajo de Schweblin, al menos no pude encontrar nada que sugiera eso, pero sospecho que sí porque la armonía entre ambos es tan perfecta que no puede ser coincidencia.

Cuando compré el libro, volví a encontrarme con El hombre sirena y solo comparando a Schweblin con Magritte, comprendí porque, de nuevo, no me gustó. Verán, en este libro de cuentos hay dos historias que no me gustan, una es la que mencioné antes y la otra es Mariposas. En ambas historias, la ficción, me parece, falla y es porque se deja de lado esa sutil presencia de lo extraño y se la cambia por una extrañeza más explícita, más evidente, como un cuadro de Dalí. Cuando termino la lectura de estos dos cuentos, me siento embaucado, siendo lo bello de los otros relatos justamente lo opuesto; nunca llego a sentirme engañado con Bajo tierra, por ejemplo, o con Pájaros en la boca, los creo tan reales como mi propia historia.              

Hay una sensación que prevalece durante toda la lectura de este libro, y de Schweblin en general. Creo que se describe cabalmente al final del cuento Mi hermano Walter (No cumple como spoiler, así que no hay por qué alarmarse). Dice: “Aunque reconozco el alivio, las piernas me tiemblan. Casi siento que podríamos morir, todos, por alguna razón, y no puedo dejar de pensar qué es lo que le pasa a Walter, en qué es lo que podría ser tan terrible” y hermoso.

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