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  • Diario Digital | lunes, 15 de abril de 2024
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Sometimes I feel so happy, sometimes I feel so sad

A propósito del más reciente largo de ficción del cineasta alemán Wim Wenders, ‘Días perfectos’, que esta noche compite por el Oscar a mejor película internacional y está en cartelera boliviana. En Cochabamba se exhibe en el cine Center
Sometimes I feel so happy, sometimes I feel so sad

Con la reciente película que el director alemán Wim Wenders (Düsseldorf, 1945) se carga a los hombros a sus 78 años y que la titula con la soltura digna de los sabios, Perfect Days (Días perfectos, 2023), se confirma una teoría que viene planeando sobre la cabeza de mis propios días: que, habiendo sido educados en el drama, eso del “principio, conflicto/medio y final”, el momento en que no hay conflicto nos deja desarmados, sin maleta, sin peso. No creemos en esas historias sin drama y conflicto y eso nos hace buscarlas con un hambre animal en nuestras propias vidas, la complicación parece dar sentido a todo y, lo que es peor, nos impide llevar a buen puerto ese velero blanco, liviano y luminoso que es la felicidad. ¿Qué es lo primero que hacemos con un día feliz? ¿Qué nos decimos si estamos riendo mucho? ¿Qué forma toma el monstruo de la sospecha cuando no nos pasa nada, todo funciona, todo sale bien? ¿Por qué la sonrisa constante en el rostro es de locos y brujas? ¿Qué pasa si todo en nuestras vidas está bien? 

En Perfect days, Hirayama (Koji Yajusho, ganador del Festival de Cannes como mejor actor), un hombre cincuentón que vive en Tokio y trabaja limpiando los diecisiete hermosos baños públicos del proyecto de la Nippon Foundation diseñados por importantes arquitectos japoneses, parece haber encontrado la manera de sentirse feliz, sonreír cuando ve las sombras de las hojas de un árbol en la pared o al escuchar una buena canción. Como empleado de la “Tokio Toilet Project” se toma en serio eso de mantener inmaculados los baños con una alegría inusual. Hirayama es un hombre que ha encontrado en la rutina de los días y la desconexión digital una forma de felicidad. 

Todos sus días perfectos comienzan así: se despierta antes de que salga el sol, dobla su colchón, marca la página del libro que se quedó leyendo en la noche, baja al baño de una casa simple y humilde, se lava los dientes, da forma a sus bigotes con una pequeña tijera, se rasura el resto de la barba, riega sus pequeñas plantas que ha recogido en los parques donde almuerza, se pone su overol azul con el logo blanco de letras redondeadas y amigables de “The Tokyo Toilet”, antes de salir por la puerta se pone su reloj de manillas, coge sus llaves y las monedas del cenicero, sale al amanecer, mira el cielo o a los ángeles y sonríe. En una máquina expendedora de bebidas mete unas monedas, compra una lata de café, sube a su minibús azul, escoge un casete de su colección de música de los setentas y ochentas, empieza el viaje por la ciudad y arranca la música al mejor estilo de Wenders. 

Sitting on the Dock of the Bay 

El rey del soul, Otis Ray Redding, con su voz melódica y rasposa, nos cuenta que está sentado en el muelle de la bahía mirando las olas rodar, “perdiendo tiempo”, estará allí con el sol de la mañana hasta que caiga la noche. Mientras tanto, Hirayama maneja consciente de los días, nada lo apura, nada lo demanda. Es un tipo analógico, mide el tiempo en su reloj de pulsera, escucha música en su casetera, lee libros de papel, saca fotos de los árboles, las hojas y sus sombras con una cámara de rollo, juega tres en raya con un o una extraña, marcando su jugada con un lapicero. Es un hombre desconectado y va a su propio ritmo. Un ritmo que se impone al espectador y lo lleva por un viaje a través de una ciudad moderna, superpoblada, que podría ser una selva despiadada pero que no es. Tokio es un verde bosque. 

Wenders es un eterno viajero de las ciudades, su cine está lleno de autopistas, edificios, parques, movimientos. Las ciudades para él son una especie de laboratorio donde explorar la vida de manera libre, sin imponer una visión fija. Son un tejido urbano que funciona como un organismo vivo, un sistema abierto. Wenders es feliz en las urbes, Paris, Texas, Berlín. No hay que olvidar que el cine aparece casi a la vez que aparecen las ciudades y sus ciudadanos. “El cine pertenece a la ciudad y refleja su esencia”, recalca el cineasta. 

Wenders es el cineasta que filmó sus películas más importantes como si fuera un viajero incansable, sin mapa ni trayecto señalado. Sus tomas no están filmadas desde el caos urbano, están alejadas, como si filmara desde el techo de un edificio o desde la ventana del piso 54 de una obra en construcción; de lejos, como mirando un paisaje, tomando distancia, dejando respirar a la ciudad ballena en su propio movimiento, como asegurándonos que todo fluye, que todo va a estar bien. En su película más aclamada, Las alas del deseo (1987), el espectador viaja por el cielo de Berlín junto a unos ángeles, escuchando los pensamientos de la gente. Esta liviandad del viaje nos acompaña ahora en Perfect Days, Hirayama vive con poco, necesita poco y viaja dentro de la ciudad desprovisto de conflicto y drama. Mirando siempre arriba, al cielo, a la copa de los árboles, a la punta de la torre Skytree de Tokio, al lugar donde viven los ángeles; el personaje de Wenders hace su propio viaje sin despegar los pies de la tierra. Su única conexión real y física la tiene con sus amigos los árboles, como si las raíces lo tuvieran agarrado al tiempo del mundo terrenal.  

Perfect day 

Los días libres de Hirayama son también perfectos, rituales diarios, una seguidilla de cosas simples por hacer como en la canción “Perfect day”,, de Lou Reed que suena cuando se despierta después de soñar con el papelito de tres en raya y hojas de los árboles proyectando su temblorosa sombra sobre la jugada sin terminar. Despertarse y limpiar la casa, lavar la ropa, ordenar los libros, llevar a la tienda de revelado su rollo de fotos y recoger las fotos de su bosque personal, de su diario natural, rebobinar sus casetes con un lapicero. Un día perfecto es eso, “alimentar a los animales en el zoológico / luego, una película también / y luego a casa” para leer a la luz tenue de una lámpara de mesa y luego, otra vez, soñar. 

Para Wenders, en el cine “siempre se aspira a un sistema cerrado, pero lo excitante nace precisamente de las fugas, de la pérdida repentina del control. Cuando las cosas suceden sin fisuras queda poco espacio para la experiencia”. En Perfect days, las fisuras de lo cotidiano aparecen como sueños. Escenas oníricas en blanco y negro marcan una presencia que rompe los días, la realidad y pregnancia de estos. En los sueños aparece la fuga, la fisura al orden de la rutina diaria. Sus sueños son proyecciones, sombras de hojas de los árboles proyectadas en paredes y ventanas, luces blanquecinas, escenas de lo que ha vivido en su día y también premoniciones, presencias espectrales; las manos, los ojos de una niña que pronto llegará para desordenarlo todo. 

Lo perfecto de los días desaparecerá en algún momento, eso dicen sus sueños. Livianos y etéreos, los sueños vienen a reforzar lo que los directores de cine de autor como Wenders creían y creen aún: que “el cine es un sueño dirigido” (Luis Buñuel) o que el cine es una máquina de sueños. No solo porque en él se concentra y documenta la realidad, las ilusiones y aspiraciones de la humanidad, sino también porque la propia materialidad del cine era espectral. Luz cruzando el aire para proyectar sus sombras sobre un écran blanco al fondo de la sala. La misma luz atraviesa las copas de los árboles y proyecta sus hojas y ramas sobre la pared de algún baño público en Tokio. 

María Zambrano, en un texto sobre el cine italiano, lo dice mejor: “Ninguna de las fenecidas culturas alcanzó a dejarnos una huella tan múltiple y verídica como la nuestra dejaría con esa Summa de sombras que es el cine”. Las sombras, lo que se proyecta en el écran, en las paredes o en el inconsciente de Hirayama, nos hablan de una manera incorpórea sobre lo que ansiamos, sobre lo que nos hace humanos, sobre la imagen del planeta tierra sorprendida desnuda en la gran ciudad o en los espacios apretados, íntimos y privados, los baños, cocinas, dormitorios.     

The House of the Rising Sun 

Son los sueños los que escapan al ritual de los días, a la realidad, son las fisuras por donde Wenders deja entrar la luz para iluminar lo que no se quiere ver o afrontar, pero de una manera orgánica, sutil como el cine japonés de Yashijuro Ozu, la gran influencia del cineasta alemán. Sin hacer énfasis en el drama y el conflicto, el cine de Ozu se centra en el espacio, en la transformación de los modos de vida que experimentó la sociedad japonesa después de la guerra, mostrándonos la importancia del universo doméstico en Japón. El cine de Ozu, sobre todo su última etapa más depurada estilísticamente, tiene como centro la casa tradicional japonesa donde sucede lo cotidiano y doméstico. Su forma de filmar, de planificar los planos, campos y fuera de campos depende enteramente del espacio de la casa que sus personajes ocupan y por donde circulan. Son casas con muchas puertas, entradas y salidas, habitaciones comunicantes, casas porosas. 

 En Perfect Days se siente esta porosidad en la casa del personaje a la que, después de sus pesadas jornadas laborales, siempre vuelve como vuelve el personaje de la canción interpretada por The Animals “The House of the Rising Sun”, esa casa en New Orleans, un boliche de mala muerte donde el padre se alcoholiza. La forma en que esta canción suena en la película es de una maestría que conmueve: la canta en japonés una mujer madura y hermosa vistiendo un kimono. Es la dueña del restaurante donde Hirayama va los fines de semana a comer una comida decente y tomar unos tragos. Mientras la canta con su voz sufrida y nostálgica, Hirayama cierra los ojos y todos volvemos a la casa, a lo conocido, al mundo sencillo y doméstico de Ozu. 

No es casual que uno de los temas que corre subterráneamente por todo el film sea la arquitectura. Los diseños de los baños públicos de “The Tokyo Toilet” son relecturas contemporáneas de la casa tradicional japonesa hechas por arquitectos importantísimos de ese país como Ando Tadao, Ito Toyoo y Kuma Kengo.  Como Ozu con sus encuadres de los espacios más domésticos, como las cocinas y dormitorios, Wenders encuadra los baños públicos. Espacios destinados a ser íntimos pero que aquí se presentan como escenografías de una ciudad que se apropia del espacio público con libertad para expresar su propia intimidad, sus sueños, sus anhelos.