Sebastián Lelio: “El cine tiene el deber de ampliar lo que es posible representar en la pantalla”
Convocados para cubrir la primera versión de los Premios Platino de Cine Iberoamericano, que se celebró en la ciudad de Panamá a principios de abril pasado, cuatro periodistas de diferentes nacionalidades coincidimos en una apretada mesa del hotel Bristol en la que un algo cansado Sebastián Lelio (Mendoza, 1974) nos recibió para encarar una nueva sesión del junket de prensa (una práctica ignota en el medio boliviano) organizado para entrevistar a los directores, actores y actrices nominados a los galardones. El director había arribado a la capital panameña para competir en las categorías de Mejor Director, Mejor Guión y Mejor Película Iberoamericana (el galardón más importante de la premiación), por su cuarto largo, Gloria, acaso la mejor película latinoamericana de 2013 (un sitial en que la ubicó el ranking de este suplemento). Unas horas más tarde del diálogo, Lelio se convertiría en la primera persona en recibir la estatuilla del Platino (a Mejor Guión), diseñada por el artista español Javier Mariscal, a la que terminaría sumando la de Mejor Película Iberoamericana. Aun a pesar de que la “estrella” de la noche fue Eugenio Derbez, la verdadera ganadora de la gala fue Gloria, que acabó llevándose tres galardones, teniendo el cuenta el que recibió la chilena Paulina García, protagonista del filme (ver entrevista en recuadro).
Pocos de los presentes se animaron a cuestionar el buen criterio con que fueron concedidos esos tres premios. A lo sumo, en un gesto de contenido chauvinismo, algunos expresaron cierto pesar por la derrota de las cintas que representaban a sus respectivos países. Pero, aun habiendo ese consenso en torno a la justicia de sus galardones, en las horas previas a la gala, Lelio se mostraba sinceramente desconfiado de que la noche les depararía tantas alegrías a él y sus compañeros. “Hace mucho tiempo que no me hago mayores expectativas, porque el mundo de los premios no resiste mucho análisis. Es subjetivo, hay mucho de suerte”, reconoció. “Me gusta decir que los premios están siempre equivocados, excepto cuando se los gana uno (risas)”.
No obstante de su descreimiento en la sensatez de los premios cinematográficos, Lelio fue incapaz de cuestionar “la aceptación casi universal” que ha conseguido su filme ahí donde se ha presentado. “La aceptación casi universal que la película ha despertado, en audiencia y crítica, es una cosa curiosa. No se da mucho y, cuando ocurre, hay que hacerle un saludo”, concedió. “Ha sido un año de perseguir a la película, de correr tras de ella”. De hecho, aun con cautela, se aventuró a ensayar algunas explicaciones a este favorable recepción, a solicitud del periodista de este medio.
-¿A qué atribuyes esta aceptación universal de la película?
Tengo algunas teorías, pero pueden estar completamente equivocadas. Sí creo que hay un factor importante, que es la emoción: hay una emoción que parece gatillar la película en la gente. Pareciera ser que esa emoción tiene la fuerza suficiente como para que la gente salga y hable de la película, la recomiende, vuelva a la sala con su madre o con su hija, como ocurrió en tantos lugares, donde las mujeres volvían con otras mujeres de su propia familia pero de otra generación a verla. Algo tiene la película y, por ende, el personaje que hace que mucha gente se vea reflejada en ella. Gloria es un personaje que es muy vital y no tiene miedo a equivocarse. A pesar de todos sus traspiés y errores, tiene la garra para seguir en la vida. Y eso es algo que o bien tú lo tienes bien presente en tu vida y lo reconoces y lo celebras, porque te ves en el personaje, o si lo tienes olvidado, la película te lo recuerda. Más vale ser como Gloria que ser como Rodolfo (su coprotagonista).
Rebelde a los 60
La alusión a su personaje y a su edad motivó la pregunta de un periodista venezolano, que interrogó a Lelio por la frecuente presencia de personajes “mayores”, como el de Gloria u otros, en el cine más de los últimos años. “Quizá el cine está atrapando algo que viene ocurriendo en el mundo, y es que la vida es más larga y se sigue estando vivo”, planteó. “Esa idea de que a los 60 uno se pone las pantuflas y se queda en la casa haciendo crucigramas está muy caduca”.
Con esa hipótesis, el cineasta ingresó de lleno al terreno temático de Gloria, una cinta que cuenta la historia de una mujer chilena de 58 años -la que da el nombre al filme- , madre divorciada y aún trabajadora, quien intenta combatir la soledad asistiendo, cuasi religiosamente, a fiestas para solteros adultos donde captura eventuales parejas sin mayor futuro, hasta que conoce a Rodolfo, un sesentón con el que inicia une relación más seria, la cual, sin embargo, se ve lastrada por la enfermiza dependencia del hombre hacia su exesposa y sus hijas.
Así pues, el personaje de Gloria encarna ese modelo de rebeldía a contracorriente, de rebeldía adulta, que el también director de La sagrada familia (2005) y El año del tigre (2011) considera más transgresor y extraordinario que la rebeldía juvenil. “Para los que nacieron del ‘55 en adelante, que fueron rebeldes e insumisos cuando jóvenes, algo que ocurrió en la segunda mitad del siglo XX, la idea de lo que es realmente estar vivo cambió. Esa gente se está haciendo vieja y hay una nueva manera de ser viejo, que no es necesariamente ser un viejo aburrido, sino que se puede ser rebelde”, apuntó. “Y de hecho, para mí tiene más valor y es mucho más fascinante ver la rebeldía en alguien mayor que en un joven. Yo creo que si un joven no es rebelde, mejor se pega un tiro. Cuando uno ve a alguien de 60 que sigue estando en el centro de la vida, para mí es un logro gigante”.
La fascinación por el personaje de Gloria pronto derivó en la típica curiosidad cinéfila: ¿Existe alguna persona o personas reales que hayan inspirado su traslado a la ficción cinematográfica? “Gloria está basada en mucha gente. Es una especie de Frankenstein de distintas mujeres que yo conozco: amigas de mi mamá, mi mamá, amigas mías. Casi todo lo que pasa, ocurrió”, afirmó. “Son anécdotas y cosas que nosotros (en alusión él y el coguionista, Gonzalo Maza) recombinamos y las mezclamos con ficción. Es una película que surge muy de la ciudad de Santiago. A una amiga mía se le metió a la casa un gato sin pelo durante un año (risas). Y yo pensé que sí eso ocurría, algo debía querer significar, algo debía querer decir. Todavía no sabía qué, pero me parecía interesante mezclar esas cosas reales y, al recombinarlas, forzarlas para ver qué podían decir”.
A esta explicación sucedió, inevitablemente, la puntualización sobre la forma en que la elección de Paulina García para el papel de Gloria tuvo sobre la confección del librote de la película. “Cuando surgió el guión de Gloria, la primera idea que nos planteamos fue hacer una mujer de 60. Y al mismo tiempo, me dije que eso había que hacerlo con Paulina”, dijo. “Yo estaba esperando durante mucho tiempo, años, el rol correcto para llamarle y ofrecer por fin un protagónico en el cine, como se merecía”.
La aclaración sobre los factores que incidieron en la construcción del personaje de Gloria permitieron a los periodistas retornar al cauce de las transgresiones, elegantes pero provocadoras, que propone su filme. Tocó el turno de hablar de las escenas de sexo entre Gloria y sus parejas, que, aun en su naturalidad y ternura, sorprenden por lo inusual de ver en pantalla grande los cuerpos desnudos de hombres y mujeres mayores de 30. “Era una misión de la película filmar esas escenas eróticas de una manera muy directa, y no por eso menos sofisticada o elegante. Era una especie misión de la película decir: sí, estas personas tienen no solo derecho al acceso al placer, sino que el cine tiene el deber de ampliar lo que es posible representar en la pantalla”, aseguró. “No puede ser que sigamos siendo tan infantiles, que cuando la gente más grande se va a acostar en el cine, haya un corte o caiga una prenda, y ahí sea todo eufemístico. Eso es muy ridículo”.
La reflexión sobre la moralidad de sus imágenes, la moralidad de lo que conviene mostrar o no en el cine, un debate tan presente en la modernidad cinematográfica, condujo al director a formular reflexiones de mayor alcance y de indudable pertinencia. “Cuando se trata de gente joven, hay una especie de exceso (en las escenas eróticas) y de apología a la juventud. Eso pasa no solamente en el cine, sino que en la cultura contemporánea. Esa obsesión por la juventud creo que oculta el hecho de que no queremos mirar que envejecemos y, aun más, que estamos muriendo. Por eso, era para mí un deber mostrar eso (las escenas sexuales entre sus personajes cincuentones y sesentones)”.
Aprovechando que Lelio se mostraba animado dando cuenta del sustento discursivo en que se asientan sus elecciones formales, el periodista de este medio lanzó una hipótesis, a falta de mejores preguntas.
- Esta suerte de transgresión que hace el filme, al reivindicar la representación de las personas en camino a la vejez, deriva, al final del filme, en una nueva, cuando ensaya una reivindicación de la soledad y del encuentro con uno mismo. (Alerta por spoiler del desenlace del filme). La escena en que Gloria baila sola, pero con un grado de consumación que no experimenta cuando baila con una pareja, es muy ilustrativa de esto…
Creo que tienes razón. La película es bastante circular. Comienza con ella en medio de la pista de baile y termina en medio de la pista, pero el lugar espiritual en el que ella está es muy distinto. Primero está mirando hacia afuera con sus lentes, buscando la fuente del placer o del sentido afuera de su jurisdicción, y al final ella baila sin lentes, quizá algo ciega al exterior y encontrando una especie de sentido o de placer o llámale como quieras que viene de adentro. Ahí hay algo que para mí es crucial. Para mí, ese plano final es una especie de apología de la libertad individual, pero también de lo que significa realmente estar vivo. Porque ella ya no está bailando necesariamente con otra persona. Como que la vida baila a través de ella. Ella está vaciada y es como si fuera la vida la que la mueve, lo que es muy distinto de estar buscando en el otro la razón de ser.
La vitalidad del cine chileno
Mientras alrededor bullían otras varias entrevistas grupales, que dejaban escuchar los vozarrones de David Trueba o Javier Cámara y los flashes que abrumaban a Derbez, los organizadores nos advirtieron que nos quedaban apenas cinco minutos más para dialogar con Lelio. La advertencia nos puso ansiosos y nos obligó a disparar las típicas preguntas de cierre de entrevista, entre ellas las muy previsibles e inútiles realizadas por el suscrito.
-¿En qué proyectos trabajas actualmente? ¿Cómo cambió tu carrera el estreno de Gloria?
Vivo en Berlín desde antes de Gloria. Fue una coincidencia que coincidiera con la selección y el premio en la Berlinale (a Mejor Actriz para Paulina García). Se abrieron muchas puertas. Solo puedo decir que estamos trabajando para usted.
La vaguedad de su respuesta motivó a otra periodista a insistir con el tema, consultando si el realizador tenía “nuevas ideas y proyectos”. La torpeza de la interrogante desató una poco sutil broma de Lelio: “Gloria es mi última película y me retiro”. Apagada la carcajada grupal de la mesa, al cineasta no le quedó otra que ratificarse. “Tengo varios proyectos, estoy trabajando en varias cosas al mismo tiempo y no sé cuál será la primera que va a hacerse, así que, por ahora, no puedo decir mucho”, sentenció.
Aprovechando el desconcierto y el temor compartido por el inminente cierre de la entrevista, este periodista se acordó de algunas preguntas que tenía preparadas, algo ya alejadas del más reciente largo del también director de Navidad (2009) y más vinculadas con su percepción sobre el estado actual del cine chileno y su relación con sus predecesores.
-Haces parte de una generación del cine chileno que tiene una notoriedad impresionante, especialmente en el ámbito de los festivales. Están Pablo Larraín, Sebastián Silva y tú, por nombrar a algunos. ¿A qué atribuyes este gran momento que atraviesa el cine chileno, que le ha quitado visibilidad incluso a cinematografías con más tradición, como la argentina?
En 2005, en el Festival de Cine de Valdivia, aparecen las primeras películas de esta generación. Y eso habla un poco de que lo que está pasando ahora, con este nivel de visibilidad más mundial, que es el producto de años de trabajo de toda una generación. Diría que es un proceso que comienza en 1990 con la recuperación de la democracia y la reconstrucción del cine chileno, que había sido prácticamente aniquilado por el Gobierno militar. De 1990 a 2005 hay 15 años en que se hicieron los primeros cortometrajes, en que se volvieron a abrir las escuelas de cine, en que se construyó el sistema de fondos y apoyos públicos, en que se reencantó a la empresa privada, etc. En 2005 aparece la gente joven, que empieza a hacer sus primeras películas, así que, por ejemplo, No (Pablo Larraín, 2012) y Gloria (2013) son nuestras cuartas películas. Desde afuera pareciera que ha sido algo repentino, pero desde adentro nosotros lo hemos vivido con mucha naturalidad. Es curioso, porque, de pronto, hay mucha hambre por hacer cine, y te encuentras con gente que quiere hacer películas y te pregunta cómo se hace, porque no tienen ni idea. Eso también nos pasó como el ‘95, cuando estábamos estudiando y conocí a Pablo, a Sebastián. Teníamos un país que era mucho más moderno que su cine y queríamos hacer un cine que esté a la par de lo que éramos como sociedad. Me parece que, en los noventa, el cine que se estaba haciendo en general, con algunas honorables excepciones, tendía a sentirse un poquito anticuado. Y era importante que las cosas volvieran a hablar. Porque si el cine no habla, no dice algo sobre lo que somos y no lo dice de una manera eléctrica, mejor quedarse tomando solo.
-¿Cuál es la relación de Sebastián Lelio con la tradición más conocida del cine chileno, esa que encarnan Patricio Guzmán, Miguel Littin y, en menor medida, Raúl Ruiz, entre otros?
El joven Ruiz, el joven Littin y el joven Guzmán, esos del cine chileno de los sesenta y setenta, son mis ídolos. Para mí, son maestros e hicieron un cine lleno de vida. Ha habido una especie de movimiento pendular que, de alguna manera, ha hecho que la generación mía retome muchas cosas que ocurrieron en el cine de estos autores. El nuevo cine chileno, el primero, fue un cine completamente moderno y hay mucho que redescubrir de ahí. Es como que los hijos tienen más simpatía por los abuelos que por los padres.
Con la atención más dirigida a que lleguen los organizadores a cortar la entrevista, a modo de conjurar el incómodo silencio instalado en la mesa, la compañera que hacía unos minutos desató la mofa de Lelio, se mandó otra pregunta “de manual para entrevistas a cineastas”: ¿Qué es para ti el cine? Algo sorprendido, y, acaso, nuevamente tentado a dar rienda suelta a su sentido del humor, el cineasta se contuvo, aunque no del todo, y ofreció un desenlace feliz a la entrevista, casi tan feliz como el que tuvo horas más tarde su paso por los Premios Platino. “A veces, es una fuente de mucho placer y, en dos segundos, de mucha angustia (risas). Pero, sobre todo, es una manera de estar en la vida, una nave en la cual uno se sube y atraviesa la vida”, concluyó.
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