Opinión Bolivia

  • Diario Digital | jueves, 23 de mayo de 2024
  • Actualizado 17:06

Sanjinés, el soldado sentimental

X‘Los viejos soldados’, decimosegundo largometraje del cineasta boliviano Jorge Sanjinés, está en cartelera del país. En Cochabamba puede verse en los cines Sky-Box, Center y Prime Cinemas

Sanjinés, el soldado sentimental
Sanjinés, el soldado sentimental
Sanjinés, el soldado sentimental

Hay en Los viejos soldados, el decimosegundo largometraje de Jorge Sanjinés (La Paz, 1936), una escena que sintetiza su “Ars Poetica”, que es también su “Ars Política”. Ocurre en la segunda parte del filme que acaba de estrenarse en salas comerciales del país. En ella, Guillermo (Cristian Mercado), uno de los protagonistas, es visitado por dos indígenas mientras le pone un candado a la puerta de su casa. El mayor de los visitantes es el jilakata de la comunidad y le pregunta al hombre venido de la ciudad qué está haciendo. Como la pregunta la hace en su idioma, el aymara, el acompañante indio del jilakata debe hacer las veces de traductor. En el diálogo traducido por el comunario bilingüe, la autoridad indígena le hace entender al k’ara que el candado que coloca es innecesario y hasta una ofensa para los comunarios, ya que en el lugar no existen robos y están de más las medidas de seguridad propias de la ciudad. 

Más allá del romanticismo con que es pintado el mundo rural andino, el arte poético/político del cine Sanjinés reside en el personaje del intérprete, el indio que traduce del aymara al español y viceversa. El actor que lo interpreta no es cualquiera, es Reynaldo Yujra, el mismo que fue protagonista de La nación clandestina, la obra cumbre del realizador paceño. Su presencia en ese papel no es casual ni mucho menos. Es la encarnación del cine, del cine del Grupo Ukamau. En un país como Bolivia, fracturado desde su origen republicano por el desencuentro entre blancos/blanqueados occidentalizados citadinos e indígenas precoloniales rurales, el cine es un vehículo para el encuentro y el entendimiento. Es el vehículo que Sanjinés y el grupo Ukamau emplean desde hace más de 60 años para procurar el reconocimiento y la integración de las dos Bolivias estructuralmente escindidas. 

La escena de marras ilustra también el ejercicio autorreflexivo sobre su obra cinematográfica con el que Sanjinés ha realizado Los viejos soldados. A un lado está el mundo indígena incomprensible de sus primeros filmes (de Ukamau a Fuera de aquí). Al otro, el hombre de la ciudad que, como en sus cintas de los años 90 en adelante (de Para recibir el canto de los pájaros a Los viejos soldados), tropieza en su afán de comprender lo indígena. Y en medio, el actor/personaje de la película bisagra en su filmografía (La nación clandestina), esa que proclama la redención política de la nación en el retorno cultural a la comunidad indígena ancestral.   

Se me podría acusar de injusto o arbitrario por reducir la apreciación de un largometraje a una escena concreta. No debería ser el caso. Si recurro a ella, es porque en su desarrollo encuentro las claves para ubicar el lugar que, a mi juicio, ocupa Los viejos soldados en la obra de Sanjinés. De todas maneras, vale la pena remitirnos al contexto mayor del filme para seguir explorando algunas hipótesis ya formuladas y otras pendientes. 

El contexto al que aludo no es otro que su argumento. El nuevo largo del director de Yawar Mallku parte de su novela homónima, de anunciada publicación, y narra la vida de dos personajes: Guillermo, un joven burgués citadino que, como soldado boliviano en la Guerra del Chaco, le salva la vida a su camarada aymara Sebastián, herido en una refriega con los paraguayos. La experiencia y el tiempo compartido los vuelven amigos. Sebastián (como el Mamani/Maisman de La nación clandestina) ayuda a Guillermo a sobrevivir su arresto por acusar a un coronel de racista y lo acompaña en su escape del campo de batalla. Al llegar a una población libre de la guerra, ambos se despiden, pero no sin antes reconocer que han aprendido mucho uno del otro: el burgués de los valores colectivistas del aymara y este de la voluntad política del otro para cambiar la estructural inequidad del Estado boliviano. Se prometen buscarse y encontrarse más adelante. En contrapunto a la narración localizada en el Chaco, el filme sigue la vida en la población paceña de Sorata y, en particular, en su escuela, donde la directora y una profesora de origen indígena intentan transmitir a sus estudiantes los valores comunitarios del mundo campesino, al tiempo que denuncian el sinsentido de la guerra entre “bolis” y “pilas”. La atención a Sorata no es caprichosa, pues, al poco tiempo, se convierte en el destino de Guillermo tras desertar del Chaco. Ahí comienza a dar clases y escribir sus memorias, y más importante aún, se enamora de la profesora Benedicta (Valkiria de la Rocha), de la mano de quien va descubriendo y perteneciendo el mundo andino del que le había contado Sebastián. Este, por su lado, vuelve a su comunidad aymara para trabajar la tierra, pero pronto es llamado por su vocación política, esa que le reveló Guillermo, y se va a trabajar a las minas, donde encamina su carrera dirigencial. Los dos amigos se persiguen en un país turbulento, tomado por militares socialistas y tiranos de saco y corbata, mientras continúan buscando su lugar en esa nación boliviana de la que no se sienten plenamente parte.

Si me he extendido más de la cuenta en el relato de la película, es porque su trama novelesca, generosa en acciones, giros y desplazamientos, así lo demanda. (Y ojo que ni siquiera he desvelado su desenlace a fin de no irritar a eventuales “anti-spoilers”.) El detalle de la narración es también útil para abordar una cualidad nada menor de Los viejos soldados: la recapitulación en primera persona de la filmografía de Sanjinés y el Grupo Ukamau. En su largo número doce, el octogenario cineasta viaja a través de su obra, deteniéndose en algunas de sus estaciones más memorables. 

Así, por ejemplo, las acciones en el Chaco remiten a su etapa más reciente, la de los grandes despliegues de producción en Insurgentes (2012) y Juana Azurduy, guerrillera de la Patria Grande (2016). La representación, entre bucólica y conflictiva, de Sorata recuerda a los desencuentros culturales que socavan los paisajes rurales inmaculados de Para recibir el canto de los pájaros (1995) y Los hijos del último jardín (2004). La vida en las minas, violentada por el sacrificado trabajo en los socavones y la amenaza militar contra la organización sindical, invoca inequívocamente secuencias de ¡Aysa! (1965) y El coraje del pueblo (1971). El ethos colectivista que adopta la vida de Guillermo en la comunidad aymara, que vale tanto para las deliberaciones políticas como para los rituales festivos, retrotrae inexorablemente imágenes de Yawar Mallku (1969), El enemigo principal (1974), Fuera de aquí (1977) y La nación clandestina (1989). 

Todas estas facciones son perfectamente reconocibles en la obra de Sanjinés. No lo es tanto una que asoma de a poco en Los viejos soldados y que, a la larga, se consolida más determinante para fijar el tono de la película. Hablo, pues, del rostro sentimental de su filmografía. Y es que no temo equivocarme al afirmar que su más reciente película es la más sentimental que ha hecho en décadas. Acaso, sus precedentes más cabales sean ¡Aysa! y Ukamau, por más que filmes como La nación clandestina, Para recibir el canto de los pájaros o Juana Azurduy… revelan algunas pinceladas de una afectividad romántica infrecuente en sus títulos más canónicos. De hecho, no es secreto que Sanjinés renegó, dentro y fuera de su obra, de las concesiones melodramáticas que se permitió en sus primeros filmes. A ellas les atribuía una complicidad funcional con los modos de representación hegemónicos, esos con los que, a su entender, el cine estadounidense y europeo tendían a privilegiar la aventura individual(ista) antes que el destino colectivo. Pues bien, sesenta años después, el realizador ya no parece tan avergonzado del sentimentalismo de sus personajes, que es obviamente el suyo.  

En Los viejos soldados, la ternura se expresa en el romance que se teje entre Guillermo y Benedicta, pero, sobre todo, se manifiesta en la inextinguible amistad que traban Sebastián y Guillermo, aun cuando durante la mayor parte de la narración viven separados. La admiración y cariño que se profesan desde su encuentro en el Chaco nunca fenece pese al paso del tiempo y la ausencia. La voluntad con que se buscan y extrañan exhibe una emotividad rara vez vista en el cine de Sanjinés y en el cine boliviano todo. Es cierto que su comunión personal habla de algo más que de una amistad masculina: habla del violento encuentro entre las dos Bolivias, de la segregación estructural que las separa y de su solitaria e incansable voluntad por reencontrarse para volver a abrazarse. De eso y de otras cosas habla la relación entre el burgués y el aymara, pero sin renunciar a la humanidad que evoca el afecto entre dos hombres que otrora pelearon, huyeron y se salvaron juntos.  

Quienes han seguido la carrera de Jorge Sanjinés, deben intuir que Los viejos soldados tiene evidentes ecos de su historia personal. Por simplificar la cosa, puede adivinarse en Guillermo un alter ego del realizador, que se enamora de Benedicta (alter ego de Beatriz Palacios, compañera de vida y de trabajo de Sanjinés) y del mundo andino al que ella pertenece y al que él se integra sorteando su blanquitud citadina de origen. Su viaje personal es el inverso al del tradicional blanqueamiento de los indígenas en un país racista como Bolivia. A este sustrato personal puede atribuirse, al menos en parte, el indisimulado sentimentalismo de esta nueva película. Un indisimulado sentimentalismo que cabe también asociar a la vejez autoconsciente con que el realizador ha filmado su decimosegundo largo.

Desde su propio título, la vejez es una condición que Sanjinés asume sin vergüenza ni (auto)condescendencia para poner en escena la historia de su cine y de su vida (si acaso son cosas diferentes) a lo largo de 110 minutos. Don Jorge se sabe un viejo soldado del cine boliviano y se rodea de otros como él –César Pérez, su director de foto, que tiene un cameo entrañable, o Cergio Prudencio, autor de la música– para reivindicar su lugar en la historia cultural del país. Lo hace consciente de sus propias limitaciones e imperfecciones, algunas de ellas crónicas, otras provocadas por los estragos del tiempo. Lo hace sin ánimo de esconderlas ni disimularlas, con la dignidad de un veterano de mil batallas que ya no necesita demostrar nada a nadie. 

Mientras veía Los viejos soldados, me acordé del pasaje de un libro de Geoff Dyer, en el que, entre otras cosas, reflexiona sobre los rastros de la vejez en el acto creativo. La cita alude a una novela crepuscular del escritor inglés James Salter, uno de cuyos personajes es el marinero Phil Bowman, y dice: “Cualquier escritor joven de talento podría contar la historia de la vida de un hombre o una mujer, desde la juventud hasta la vejez, a través del tiempo y la historia. Sin embargo, carecería de dos de las ventajas de Salter: los signos de mengua o vacilación del control narrativo, que también son prueba de una fe inquebrantable en la fortaleza de esta capacidad disminuida; y la convicción, igualmente inquebrantable, de la conciencia impenitente de la vejez que impregna la historia de Bowman”. Al releer el fragmento, me siento tentado a cambiar “escritor” por “cineasta”, “Salter” por “Sanjinés”, “Bowman” por “Guillermo” y, de súbito, me encuentro con la mejor lectura involuntaria de Los viejos soldados. 

Sanjinés ha completado su nueva película con plena conciencia de sus 87 años, de las insuficiencias y de sus excesos, esos con los que más de una crítica habrá de ensañarse. Pero, no menos importante, ha completado su nueva película maximizando las cualidades que también derivan de la vejez. Porque envejecer no debe ser una experiencia romántica, pero tampoco es una enfermedad incurable. El cineasta ha encontrado en ella la madurez suficiente para abrazar la sentimentalidad de la que había renegado por tanto tiempo y en la que finalmente se ha reencontrado con su cine, con su país y consigo mismo. La misma madurez que lo ha llevado, si no a rectificarse, al menos a matizar convicciones en otro tiempo inconmovibles. La más evidente es la que reconoce que la ciudad no siempre opera como un monstruo corruptor del indio, cosa inaceptable en su obra precedente y que en Los viejos soldados está más que sugerida (con la historia de Sebastián).

No faltará el que reclame el optimismo con que se cierra Los viejos soldados. Es comprensible. En la Bolivia de hoy, donde indios y k’aras intercambian insultos, escupitajos y golpes mientras discuten el destino de la nación adentro de un hemiciclo, la imagen de un blanco aindiado y de un indio empoderado estrechados en un abrazo fraterno resulta improbable e inverosímil, más propia de la ciencia ficción que de este Estado dizque Plurinacional. Por eso mismo, la escena final de la película se me antoja tan audaz como poco complaciente. En un país infectado de odios antiguos y rejuvenecidos, nada más revolucionario que la fuerza de voluntad de dos hombres para buscarse hasta encontrarse. En un mundo entregado al pesimismo de un fin de época, nada más revolucionario que un viejo soldado sentimental, armado de ideas para pelear sus guerras y atrincherado en un optimismo que aún cree en la posibilidad del encuentro entre distintos.