Una ‘rutina’ de engaño
“El show detrás del show”, debut cinematográfico del argentino-boliviano Enrique Koch Fretes (director y guionista a la vez) es un “engaño a segunda vista” (parafraseando la “célebre” película de los hermanos/familia Benavides de 2016). Si ésta última –“una película simple de alto impacto”-estaba rodada en un solo escenario (un centro comercial con multisalas de cine), la de Koch se ha trasladado al Teatro Municipal de La Paz (más en concreto a las bambalinas donde charlan media docena de comediantes -rama “stand-up”- antes de salir a escena).
Y digo/sostengo que “El show detrás del show” es un engaño entre comillas porque su potencial público (la obra tiene vocación de nicho) es el que acude asiduamente a los espectáculos de monólogos cómicos, los que gustan de ese tipo de humor; a veces divertido/terapéutico, a veces patético, aburrido y facilista (reírse del otro desde la supuesta superioridad no es una broma).
Esos “shows” que muchas veces tropiezan en la misma piedra que el cine “mainstream” de super-héroes: el agotamiento/hastío ante los mismos roles, mismos patrones y calcados estereotipos. Nota mental: la película de Koch arranca con el unipersonal de una de las monologuistas “explicando” que no es una prostituta por trabajar de noche en un boliche “divirtiendo” a hombres y mujeres. Y sigue con los infaltables “chistes” clasistas y regionalistas (“me he criado en la Garita de Lima pero esta noche no ejerzo” y “si sería abogada en Tarija estaría todo el día borracha”).
Y sostengo/digo que es un “engaño” porque la película ha sido promocionada como “la de los standaperos” y el nicho/público cree que va a disfrutar de una sucesión de “sketches” con la “crema y la nata” de los monologuistas cómicos de Bolivia (el elenco usa como gancho a Javicho Soria y Pablo Osorio y cuenta con Anahí Paravicini, Daniela Moscoso y Claudia “La Piña” Peña, “reforzados” por actores/actrices de teatro-cine como Cristian Mercado, Daniela Lema, Ariel Vargas y/o Patricia García).
“El show detrás del show” es una película sobre las relaciones de pareja: narra la ruptura y conflictos de dos parejas en crisis. El “stand up” es un género (cuando está bien hecho y va más allá del cuenta-chistes intranscendente y protestón) que demanda un trabajo previo de guionización y libreto; de calcular tiempos, de escoger el momento idóneo para golpear (“punch”) y de hacer reir con sátira político-social. Todo esto es precisamente lo que le falta en la película de Koch y la tropa de colegas/amigos de profesión (autorretratados como neuróticos y frustrados, contando sempiternos chistes sobre coimas, acentos extranjeros adoptados como propios y adicción morbosa sobre chismes).
Si algo necesita/pide una comedia dramática sobre parejas en pelea permanente (pre-separación o divorcio) es precisamente buenas líneas, tensión dramática, diálogos sugestivos/sugerentes. Uno no puede dejar de pensar lo lejos (lejísimos) que está Koch (mil perdones por la comparación odiosa) de filmes como “Maridos y mujeres” o “Annie Hall” de Woody Allen (por cierto, actor de “stand up” en sus mejores días).
El estilo conversacional (falso e impostado) de Koch -reiterativo y aburrido como el peor monólogo de humor- convierte a esta ópera prima en una película insufrible (dura casi dos horas). La idea, acaso, daba para un “reel” o en su defecto, para un cortometraje, no para un “largo” pretencioso y “simple”. Salpicar con media docena de “sketches” para aligerar el drama no es la mejor de las decisiones pues la película queda naufragando entre ambos/varios propósitos.
No voy a comentar los evidentes fallos de narrativa cinematográfica (propios de un desconocedor de la dirección, el montaje y la misma dirección de actores): la cámara girando veloz de un personaje a otro en defecto del uso del plano/contraplano, los errores de “raccord”, la falta de sincronizaciones de sonido, el bebé que mira frontalmente a la cámara, etc.
Ni tampoco nombraré la surrealista/incomprensible escena con el comediante que agoniza (interpretado por Raúl “Conejo” Beltrán) en otro extravío del filme, rozando el género de protesta/pliego petitorio contra la precarización laboral de los comediantes. Da la impresión (error típico de principiante) que Koch quiere en su debut meterlo todo en su primer filme: drama, comedia, cine social, ensayo/taller sobre cómo hacer monólogos de humor…
El cine boliviano tiene un evidente/gran problema para facturar comedias que no insulten la inteligencia y que jalen al gran público. Nuestro cine tiene más facilidad para hacernos llorar que para hacernos reír. Es nuestra peor “rutina”.