Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 03 de diciembre de 2022
  • Actualizado 22:11

Ricardo Darín sobre ‘Argentina, 1985’: Me siento en deuda con las nuevas generaciones

En la piel del fiscal Julio César Strassera, el gran actor repasa en esta entrevista -que reproducimos en parte- las claves que convirtieron a ‘Argentina, 1985’ en la película más esperada y celebrada del año en el vecino país. El filme se exhibe en salas cochabambina y de otras ciudades del país

Ricardo Darín sobre ‘Argentina, 1985’: Me siento en deuda con las nuevas generaciones.
Ricardo Darín sobre ‘Argentina, 1985’: Me siento en deuda con las nuevas generaciones.
Ricardo Darín sobre ‘Argentina, 1985’: Me siento en deuda con las nuevas generaciones

En su gran retorno a la pantalla grande, Ricardo Darín se detiene para reflexionar sobre el convulsionado momento local e internacional, en donde la prisa y lo efímero marcan el ritmo de los vínculos. Sin embargo, la agenda y las notificaciones en las redes sociales del actor se disparan por los aires porque Argentina, 1985 (Santiago Mitre) acaba de estrenarse en más de 200 salas de cine a lo largo y a lo ancho de todo el territorio argentino (también está en cines de Bolivia y luego se podrá ver a través de Prime Video, la plataforma de streaming de Amazon) y fue elegida, casi sin sorpresas, por la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de la Argentina para que forme parte de la preselección para competir como Mejor Película Extranjera en los premios Oscar 2023.

Allí, el actor más querido de estas tierras se pone en la piel del fiscal Julio César Strassera, pieza clave y fundamental en el Juicio contra las Juntas Militares, titánica epopeya que puso tras las rejas a los genocidas de la última dictadura cívico-militar en el país, responsables y orquestadores de un plan sistemático de tortura y desaparición de personas.

–En una producción como esta, en la que te toca encarnar a un personaje histórico, ¿cómo se escapa de la caricatura o la mera copia?

Acabás de decir algo que me lleva a pensar por primera vez en algo en lo que creo firmemente, pero que no lo había pensado todavía con respecto a esta película, que es que nosotros fuimos fieles a lo que nos produjo el encuentro de nuestras personalidades con esta historia y con estas dos personas, no personajes; fuimos fieles con lo que nos pasó a nosotros y, a partir de ahí, tuvimos la libertad de encarar el proyecto, de recrearlos sin estar ceñidos específicamente a la cercanía de una caricatura.

–¿Qué siente un actor cuando le llega un rol así, con un alegato como el que te toca representar, emocionante, único?

Mucha satisfacción, porque hay un nivel de entrega, de “vaciamiento”, digamos, que se da cuando vos te mandás en una dirección. Es una forma metafórica de decirlo, porque no es que te vaciás, pero sí le estás entregando un montón de cosas a la construcción de ese proyecto, y cuando vuelve lo que vuelve, se produce en el medio un encuentro que es muy satisfactorio, es la sensación de que nuestro oficio, más allá de otorgarnos la posibilidad de vivir de lo que nosotros queremos, cumple una verdadera función social. Acá nadie está persiguiendo premios, la idea es que toda esta energía circule, que llegue a un lugar y vuelva, y cuando lo hace, como en este caso, te desborda, te sentís pleno. Es una sensación bastante parecida a la plenitud. 

–¿Cómo creés que recibirán la película las nuevas generaciones, que inevitablemente solo tocaron de oído o en los libros lo que ocurría en aquella época? 

Yo creo que hay una serie de valores que están puestos en juego en este relato que son muy interesantes, sobre todo, para los jóvenes, y para nosotros estar a cargo y ser los transmisores de esas cuestiones es un honor. He tenido el privilegio de hablar con algunos de los chicos que ni remotamente vivieron esa época, otros más enterados de la situación, pero, obviamente, no empapados emocionalmente de lo que fue y de todo el dolor que hay detrás de eso, porque no nos podemos olvidar de que estamos hablando de una época de muchísimo dolor. Hay heridas que todavía no cicatrizaron, hablamos de vidas que se perdieron, por eso lo encaramos con mucho respeto, muy enfocados, muy conscientes, y, en lo particular, estoy muy interesado en que esto sea transmitido a las generaciones nuevas para que sepan que la democracia se nutre de un trabajo diario, del esfuerzo de cada uno, de la transparencia, de la honestidad, de lo que está bien y de lo que está mal. Yo a veces me siento en deuda con las generaciones nuevas, porque yo pertenezco a una generación que no resolvió las cosas de la mejor manera; formo parte de un colectivo de personas que, aun con las mejores intenciones –y en otros casos no tanto–, no resolvió bien las cosas, por eso hoy estamos como estamos, en el mundo, no solamente acá. Tengo hijos, sobrinos, hijos de amigos, y a todos les digo que me encantaría que miren hacia adelante, con la esperanza de que ellos son los que van a mejorar todos los errores que cometimos nosotros. 

–Viajamos a 1985 con la película, ¿cómo fue pararse en ese momento, mirar la Argentina de hoy y vislumbrar el futuro?

Es lo que interesa. El contexto y la sensación térmica de ese momento son intransmisibles, lo intentamos, por eso está la película y uno hace lo imposible para reflejar de la mejor manera todo lo que se vivía en esa época. La película está apuntada hacia el futuro; por supuesto que no quiero eludir el presente, pero la verdad es que el presente, este presente, ya es historia, esto que estamos hablando ahora ya pasó; lo que está por venir todavía no pasó, y ahí es donde creo que tenemos que tener puesta la mirada. Por eso insisto en mirar a los jóvenes, que son los que van para adelante, pero es importante que tengan algunos parámetros bien claros: los valores, la ética, la moral, el respeto por los demás, la tolerancia por el que piensa distinto. Ojalá esta historia sirva para poner unos puntitos en esa línea punteada de construcción del futuro. Ojalá.