Opinión Bolivia

  • Diario Digital | lunes, 15 de abril de 2024
  • Actualizado 21:16

Revolución puta

Una lectura de la película dirigida por María Galindo, que se presenta como un manifiesto político fílmico en primera persona, pero sin renunciar a la construcción de un relato poético visual
Revolución puta

Con motivo de un nuevo aniversario del cine boliviano valga recuperar una pieza ignorada por la crítica que, a su vez, nos invita a pensar en los modos de producción, estrategias de exhibición y las funciones sociales de una película en el ecosistema cinematográfico y audiovisual local.  

Revolución Puta, producto de 20 años de trabajo, se estructura en cuatro episodios, autónomos entre sí, donde dialogan distintas estrategias de registro y acercamiento a la realidad intervenida. La intervención se presenta desde los distintos sondeos a transeúntes sobre el trabajo sexual y la prostitución, revelando la doble moral de los entrevistados y, a su vez, en el registro del dialogo intergeneracional de trabajadoras sexuales, en una franca documentación de saberes. También, el despliegue performativo de esta cuadrilla de mujeres ataviadas de rojo supone una de las imágenes más potentes del cine boliviano reciente. Esto en referencia a una estética de la ira y del hartazgo que puede vincularse con el trabajo artístico y cinematográfico de María Galindo y Mujeres Creando. Asimismo, esas intervenciones obligan a pensar la película como un dispositivo movilizador que registra acciones de intervención y, a su vez, en su visionado colectivo supone una intervención. 

Es un cine realizado con bronca, que privilegia la idea por sobre la puesta en escena, un cine que oscila entre el humor, la ironía y la provocación. El mismo se sostiene mediante operaciones cinematográficas sujetas a la voluntad de los cuerpos a ser retratados. Esas decisiones creativas, si bien podrían ser tributarias de la planificación, parecen ser más producto de la negociación y espontaneidad de la puesta en imagen de los cuerpos y sus acciones.

La pieza, protagonizada y a su vez construida por integrantes de las organizaciones Omespro de La Paz y Santa Cruz, cuyo desenvolvimiento cuestiona la noción de autor, ciertamente de moda en el escenario boliviano, actualiza la necesidad de discutir y problematizar la noción misma de autoría y conversar sobre los procesos de creación negociada y/o compartida con las colectividades a ser retratadas. Este modo de producción y de hacer cine encuentra un eco en la convocatoria pública a camarógrafos para registrar la puesta en escena y/o performance de una de las escenas icónicas de Revolución Puta.   

Dicha invitación se extendió a camarógrafos y mirones para darse cita en la plaza San Francisco de La Paz, una convocatoria que fue desbordada por el ingente interés de participar en un proyecto con escasa información, pero convocado por María Galindo. La escena que menciono se compone por dos monólogos, de dos mujeres, situadas en la emblemática plaza. Estos cuerpos femeninos con el rostro cubierto delante de una edificación semejante al palacio de gobierno, desde donde preguntan por su lugar en el Estado, son cuerpos que le importan al Estado, su salud y vulnerabilidad, por tanto, invisibilidad, le importan al Estado, ¿nos importan?  Y, a su vez, estos cuerpos ¿les importan a los operadores del Estado, es decir la policía y los otros custodios del orden estatal, los medios de comunicación? Entre policía y medios opera la mirada policial, aquel ejercicio de poder escópico donde, primero, se identifica, segundo, se tipifica y, tercero, se exhibe a los sujetos criminalizados o diferenciados. Con esa operación visual estatal a través de la policía y los medios de comunicación se localiza y sancionan estos cuerpos que ejercen una profesión. Asimismo, ambas protagonistas, emplazadas en dicha plaza, preguntan y, de esa manera, interpelan a la audiencia y publico si alguna vez escucharon hablar a una puta. La respuesta negativa es contundente.

En el epilogo de la acción se incinera la libreta de salud y, a su vez, la edificación-ilustración del Estado en una alegoría de quema del Estado mismo. La estética de la rabia y la ira ciertamente desconocida en el cine y audiovisual producido en Bolivia toma forma en esa secuencia. 

La incineración alegórica de no solo la rúbrica del Estado en el objeto libreta, sino del Estado en la semejanza con el Palacio en una acción de ocupación del espacio público en La Paz, remite a la vocación performativa de las acciones de Mujeres Creando y María Galindo; por ello, esta obra se exhibe y presenta con acciones performativas de ella y, a su vez, remite a nociones como el cine-acto y/o la imagen acción. El cine como acto, en tanto exhorta a la toma de acciones en la realidad y la performatividad de la imagen como posibilidad de actuar en el mundo por parte de los espectadores no pasivos sino activos, fruto del contacto con la imagen. Quizás, a esto último se deba la quietud y parálisis de la reflexión o la emisión de juicios sobre esta obra por parte de la prensa y crítica, que, como el título lo sugiere, contiene una impronta revolucionaria.   

Revolución puta continúa circulando y exhibiéndose en espacios no convencionales o instituciones del cine, siendo otro elemento de consideración que esta obra permite pensar, precisamente en otro aniversario del cine boliviano. ¿Donde habitan y circulan las imágenes provocadoras del cine reciente producido en Bolivia? 

En otro aniversario de nuestro cine, esta película invita a pensar no solo en la idea de cine boliviano, que Galindo tiende a desechar, sino el cine como construcción colectiva, recuperación de saberes, formas de documentación audiovisual y la imagen como instrumento de interpelación.

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