¿Quién mató a doña Tatiana?
Una banda de once músicos toca marchas fúnebres afuera del Teatro Municipal. Doscientas personas esperan pacientemente. Cuando están dentro del vestíbulo, algunas toman chuflay de mocochinchi. Va a ser lo mejor de la noche. La puerta de acceso al teatro está extrañamente trancada. Estamos todos apelotonados. ¿Ha comenzado la obra y nadie se ha dado cuenta?
Con la media hora de retraso de rigor, el público entra a la sala principal, decorada como un velorio. Sobre el escenario, un ataúd, dos velas y cuatro sillas. Serán cuatro/cinco personajes en busca de un féretro. “Así quería verte” es la primera frase que el detective privado suelta sobre el cuerpo inerte de doña Tatiana. No habrá rezos del rosario, ni cánticos piadosos, ni comida ni bebida. Solo preguntas a bocajarro.
“Tres muertes” es la quinta obra de teatro de Marcos Loayza. Es una comedia (negra) de suspenso. Como comedia, fracasa (más allá de un par de gracias que se antojan meras concesiones al respetable para soltar risas facilonas y forzadas). ¿Las carcajadas histriónicas de una espectadora de palco formaban parte de la obra? ¿El celular que sonó era de la difunta?
Como obra negra, también fracasa. Como suspenso, simplemente se aplaza; promete pero defrauda; amaga pero no golpea. No es capaz de amoldarse a los estándares del género en construcción y secretos “in crescendo”. Encerrar a cuatro personajes en un espacio (un velatorio, esta vez) para definir quién ha matado a quién es tan viejo como el teatro. El “summum” lo logró doña Agatha Christie con “La ratonera” o “Asesinato en el Oriente Express”. Estar a la altura de la dama del suspenso no es tarea fácil. Traerla al siglo XXI, tampoco.
La habilidad genial de la inglesa recae en mantener el misterio hasta el final, logrando manipular al espectador constantemente, pasando el castigo de personaje a personaje, hasta el clímax final. Nada de esto sucede en “Tres muertes”. La culpa de la decepción (pues había entre el público una confianza ganada a pulso por el autor y el propio elenco) cae en un texto endeble, flacuchento, anémico; el libreto (y dirección) de Loayza no es ni chicha ni limoná.
Todas las malas obras de teatro son iguales, como los velorios. Ni un buen reparto puede levantar al muerto. Raúl “Pitín” Gómez (el detective trucho), Claudia Ossío (la plañidera/llorona, la “Trini” de las canciones), Fernando Romero (Hipólito, el cojudo que se hace al cojudo para terminar como inteligente) y Darío Torres (Limachi, el notario sospechoso) hacen lo que pueden y tratan (estáticamente) con buenas artes de cargar con la muerta. Entre todos la mataron u ella solita se murió. A la obra le pasa lo mismo. Por cierto, hubo también severos fallos en la modulación de la voz del elenco pues en las últimas filas de platea y en gallinero apenas se escuchaba el parlamento de los actores/actriz.
Todos los crímenes (sangrientos) son iguales. Todos los personajes mienten, fingen el dolor con lágrimas de cocodrilo. Es cierto que el diablo está en los detalles; y el gusto en los matices; y la esencia, en los grises. Todo eso se extraña en “Tres muertes”: no hay mentiras verdaderas, los detalles/matices son de brocha gorda y los grises naufragan en la negrura del escenario.
La quinta obra dramatúrgica de Loayza no anhela moralejas, ni da lecciones de moral pero tampoco engancha ni entretiene (de la mitad al final aburre soberanamente). El silencio póstumo/sepulcral de la platea es la mejor/peor crítica. ¿Eran esos silencios parte de la obra? Fue nuestra forma de transmitir nuestro más sentido pésame. Que se reciba la oración. Estamos todos muertos.
Post-scriptum: la obra tendrá una segunda/tercera oportunidad en el Teatro Nuna de la zona sur de La Paz en los dos últimos miércoles de este mes de mayo (24 y 31). Y luego hará una gira nacional.